Las claves del cambio que alista el Papa para la Iglesia chilena

El primer encuentro del Papa con los obispos, en el cual Francisco les entregó el documento de 10 páginas sobre el estado de la Iglesia chilena. Foto: Vatican Media

La histórica dimisión de los obispos adelanta, según expertos, el mayor cambio del episcopado chileno desde la transformación conservadora de Angelo Sodano.


“Estamos haciendo historia”. El comentario del sacerdote español Jordi Bertomeu, tras resignarse al acoso que durante cuatro días había sufrido de parte de los periodistas chilenos que hacían guardia en la puerta de la Casa del Clero, en Roma, dejó claro que lo que sucedía al interior de los muros vaticanos no era algo habitual. “Están pasando cosas muy importantes aquí”, agregó, aún algo incómodo frente a los micrófonos. Y tras la insistencia de porqué se había reunido con los obispos chilenos, respondió riendo. “Yo vivo en la Casa del Clero, son ellos los que vinieron a mi casa”.

El “hito histórico” adelantado por Bertomeu quedó ratificado minutos después de las 12.30 del viernes 18 de mayo en Roma, cuando los obispos Juan Ignacio González y Fernando Ramos, en su calidad de voceros designados de la Conferencia Episcopal, anunciaron en la sala Pío X lo que ya era un secreto a voces: que los prelados presentes en Roma habían ofrecido sus dimisiones al Papa.

“Hemos puesto nuestros cargos en las manos del Santo Padre para que libremente decida con respecto a cada uno de nosotros”. Un terremoto inédito en la historia de la Iglesia Católica que adelanta, según diversos vaticanistas, el más profundo cambio en el episcopado chileno desde la transformación conservadora impulsada por el cardenal Angelo Sodano, cuando fue nuncio apostólico en Chile entre 1978 y 1989.

“El Papa plantea un escenario de cambio radical y para eso hay que ir al fondo, no basta cambiar personas”, sostiene Andrés Beltramo, autor de La reforma en marcha, aunque se da por descontada la salida de figuras como el obispo Juan Barros. Además, según él, el Papa sabe que en la crisis chilena “se juega la credibilidad de su pontificado, porque una cosa es hablar de tolerancia cero en el documental de Win Wenders y otra es aplicarla”.

El proceso que terminó con el mayor terremoto en la historia de la Iglesia chilena había comenzado el 13 de mayo, cuando los últimos obispos chilenos llegaron a Roma en respuesta a la convocatoria del Papa, completando así los 34 que participarían en las reuniones -31 obispos en ejercicio y tres eméritos, Manuel Donoso, Francisco Javier Errázuriz y Juan Luis Ysern-. La opinión generalizada de la prensa extranjera acreditada en el Vaticano era que los obispos chilenos venían a ser “reprendidos” por el Papa. Y, el sábado 12 de mayo, un duro comunicado del director de la sala de prensa vaticana, Greg Burke, vino a confirmar esa percepción. En él, el Papa llamaba a los obispos a “discernir sobre las responsabilidades de todos y cada uno” frente a lo que consideraba “heridas devastadoras” de la Iglesia. “Es duro”, comentó la biógrafa del Papa, Elisabetta Piqué, en medio de una percepción extendida de que algunos de los prelados seguían sin entender la magnitud de la crisis.

En medio de este ambiente y a causa del hermetismo que rodeaba los encuentros, la prensa chilena instaló un virtual campamento temporal frente a la pequeña puerta de la Casa del Clero, esperando a que algún obispo develara el secreto de las reuniones. La pregunta obligada era “cómo está el ánimo”, y la respuesta inevitable: “muy esperanzado”. Pero la percepción de desconcierto y de inquietud se repetía entre los prelados.

El 15 de mayo, al iniciarse el encuentro de tres días, la primera señal no fue buena. Ese día la reunión duró solo 40 minutos y el Papa les dio un texto para que reflexionaran y volvieran a reunirse el día siguiente. El documento de 10 páginas había sido escrito por el Papa y contenía, según se conoció después, duras conclusiones del informe del arzobispo Charles Scicluna y un descarnado análisis del episcopado chileno, donde Francisco no solo expresa “preocupación” por la actitud de algunos prelados sino que insiste que “algo en el cuerpo eclesial (en Chile) está mal”.

A partir de ese momento, en grupo e individualmente, los obispos leyeron y discutieron el texto, algunos incluso quedaron fuertemente conmovidos. Así, con una dinámica de retiro y terapia grupal los obispos fueron hablando frente a un Papa que los escuchaba con atención, en silencio, y solo hacía sencillas acotaciones.

“Ha sido un experiencia muy fuerte”, “están pasando cosas muy importantes”, comentó luego Bertomeu, convertido en la “vedette” de la semana. El funcionario de la Congregación para la Doctrina de la Fe y uno de los autores del informe Scicluna, si bien no estuvo en los encuentros, fue decisivo en su preparación y tenía claro lo que vendría. “Será importante lo que se comunique porque la Iglesia chilena necesita pasar página”, dijo antes de que concluyera la última reunión. “De esto se sale en comunión, no se salvará nadie solo”, adelantando así lo que luego se concretó: la inédita dimisión en masa de los obispos que, según el vaticanista Andrés Beltramo, permitió relevar “la crisis de fondo de la iglesia chilena”, cuya solución, agrega, demorará algún tiempo, “aunque ahora la pelota está en poder del Papa”.

Francisco, según coinciden diversos vaticanistas en Roma, podría tardar entre una y dos semanas para dar las primeras señales sobre qué renuncias aceptará; aunque los expertos insisten en repetir que el Pontífice dejó claro que habrá medidas de “corto, mediano y largo plazo” que van más allá de cambios de nombre. ¿Cuál será el tenor de esas medidas? La clave, dicen, está en el documento que les dio el martes y en otro que ha sido la carta de navegación de su pontificado: el texto final del encuentro de la Conferencia Consejo Episcopal Latinoamericano en Aparecida. “El Papa tiene un plan de largo plazo, de cambio cultural”, dice Beltramo.

En el documento que entregó a los obispos el martes, el Pontífice valora la Iglesia chilena de la década de los 70 “que supo dar pelea cuando la dignidad de sus hijos no era respetada”. Además, propone cambios que apuntan a terminar con lo que califica de ”psicología de la elite” que genera “círculos cerrados”, y llama a “promover la participación de todos los integrantes de la comunidad eclesial”, lo que sugiere una mayor apertura a los laicos. Son esos elementos, dicen, los que marcarán los cambios “estructurales” que busca concretar y los que, también, definirán el perfil de quienes dirigirán ese cambio. Y en este proceso algunos prelados que trabajaron cerca del Papa en el documento de Aparecida, como Cristián Roncagliolo, corren con ventaja.

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