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Actualizado el 16/12/2016
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Alan antes y después de la tortura

Autor: C. Zamorano, L. Ayala, F. Velásquez e I. Bazán

El niño de 13 años asesinado en Temuco por una pareja sufría de asperger, lo que lo hacía ser más efusivo y cercano. Alan Pena vivía en un hogar del Sename desde el que escapaba para vivir con uno de sus supuestos captores, con quien vendía calendarios en las micros. El día en que fue torturado, tal vez por el síndrome, Alan se mantuvo indiferente a los golpes.

Alan antes y después de la tortura

Todo comenzó con un quiebre. Alan tenía 11 años cuando sus padres se separaron. Su madre, Jennifer Aguilera (30), se fue a vivir a Viña del Mar luego de divorciarse, hace un par de años. Ahí se estableció con una nueva pareja y comenzó a trabajar como asesora del hogar. Oscar Pena (32), el padre, quedó solo junto a Alan y sus otros dos hijos, dos mellizos de nueve años.

La vida para Oscar, el padre, se hizo complicada tras la separación. La dificultad fundamental se originó en Alan, quien empezó a experimentar síntomas de asperger. El niño se hizo incontrolable para su padre: se empezó a escapar de la casa y ya no lo podía cuidar. Esto y la atención de los mellizos hicieron que, desde su punto de vista, su situación se volviera insostenible. Y lo que hizo para aliviar su carga fue esto: pidió que Alan ingresara a una de las residencias del Sename en Temuco.

Oscar Pena, comerciante de hierbas medicinales y abuelo paterno del niño, relata parte de esa historia: “El papá lo iba a ver (al centro del Sename), le llevaba ropa, salía con él y sus hermanitos. Pero tenía esa enfermedad que no tiene filtros, quería ser libre y hacer las cosas a su manera”. Y agrega con orgullo: “Era un niño inteligente que cursó hasta octavo básico, salió campeón de ajedrez, incluso le ganó a sus profesores en la escuela Manuel Montt. Ahora estaba siendo tratado por psicólogos y con medicación. El niño era libre pero feliz, cariñoso con todo el mundo”.

Por el asperger, Alan quedó con tratamiento psicológico, pero el propio abuelo admite que muchas veces no se tomaba sus medicamentos. El 29 de noviembre se registró un nuevo episodio de lo que generalmente ocurría con Alan en la casa Alborada, el centro del Sename desde donde escapó. Estaban todos los niños de la casa de acogida en una actividad de la universidad Santo Tomás, sede Temuco. Alan aprovechó la oportunidad para escapar, aunque decidió volver al día siguiente. Ese mismo día, el 30 de noviembre, volvió a salir. Esta vez no regresó. Nadie lo volvió a ver con vida después de ese último escape.

En el funeral de Alan, que empezó en la parroquia San Antonio y terminó en el cementerio de Padre Las Casas, y al que llegaron unas 200 personas, hay globos blancos y mucha gente llorando. Alrededor de 20 niños que compartieron casa con Alan en Alborada se ven muy afectados. Ninguno quiere hablar.

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Una fábrica de humitas en Temuco, 01.30 horas. Johana Mora, la madre de la niña de cinco años que habría sido abusada por Alan, le dice a su jefa algo bastante más fuerte: que su hija había sido violada. Mora le señala que no va a denunciar a Carabineros, ya que el agresor es un menor de 13 años, por lo que lo justicia no haría nada al respecto. La jefa le responde a Mora que regrese a casa, que vea cómo está su hija y que la traslade a un centro asistencial. Le pide a un empleado de la fábrica que la lleve en vehículo.

Lo que ve el empleado, de apellido Bravo, en el domicilio de Johana Mora, en el sector de Pedro de Valdivia, es esto: la niña de cinco años acostada con un ojo en tinta. Luego, aparece el padre de la niña, Pablo Morales, quien dice “al huevón lo tengo amarrado en la otra casa”.

Bravo es llevado a la otra casa, a unos 30 metros en la parte posterior de la vivienda de Morales y Mora, donde estaba Víctor Chanqueo, de 18 años, quien vivía ahí. Bravo dice que vio al niño amarrado y que salió inmediatamente para luego hacer la denuncia a Carabineros.

Cuando estaba en eso, Bravo dice que recibe una llamada de Mora, la madre de la niña.

“El cabro chico ya era”, le dijo Mora a Bravo, según antecedentes de la investigación. Luego, Mora le pidió a Bravo que fuera a echarle una mano, porque “el cabro chico era”.

La pareja de carabineros que llegó al lugar encontró a Alan debajo de la cama, envuelto en un cobertor, además de sangre sobre el colchón de la misma cama, un cinturón y un martillo. La pareja y Chanqueo fueron detenidos a las 08.05 horas.

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Alan pasó por cuatro colegios en seis años. El 2009 entró al primero básico de la Escuela Manuel Montt, donde fue reprobado con un promedio general de 4.4. En el establecimiento declinaron referirse sobre su ex alumno, pero lo recordaban perfectamente. En el Manuel Montt se mantuvo dos años más, hasta que en 2012 entró a tercero básico en la Escuela Particular Wenceslao Valdivia. Al año siguiente pasó a la Escuela Particular Estrella de Belén, ligada a la Iglesia evangélica, donde reprobó cuarto.

En el Estrella de Belén se declararon impactados con lo ocurrido. Se enteraron por las noticias y de inmediato recordaron a Alan. En ese tiempo estaba con su familia y no en el Sename. Recuerdan que tuvieron varios problemas con el niño, era un caso que no habían vivido con ningún otro estudiante, debido a que mostraba actitudes de acoso hacia las niñas. En el colegio recomendaron a sus padres llevarlo a un psicólogo o psiquiatra, porque a ellos se les escapaba de las manos las actitudes del chico. La madre de Alan trató de conseguir hora en el consultorio de Pedro de Valdivia, y en el colegio intentaron acelerar el proceso porque era un caso urgente. A la mamá le preguntaban si estaba llevando al niño al psicólogo, pero nunca obtenían respuestas certeras. Finalmente, le hicieron clases especiales solo para que pudiera terminar el año. Nunca tuvo problemas de violencia con otros compañeros, no estaba apartado de sus compañeros hombres y no pasaba como un niño distinto al resto, salvo por sus conductas sexualizadas con algunas compañeras. Su abuelo, Oscar Pena, dice que Alan era extremadamente cariñoso y que esas conductas podían ser vistas como inapropiadas.

Eso pudo haber llevado a Johana Mora, la madre de la niña, a llevar las cosas al lugar equivocado. En sus declaraciones, dice haber escuchado un diálogo entre su hija y su hermana de seis años que apuntaban a un cierto abuso de Alan. Mora revisó a su hija, además de interrogarla. Lo único tangible para las policías es el ojo morado de la niña, pero la madre afirma que también vio ronchas en sus partes genitales.

La creencia de que la justicia no existe para un niño de 13 años llevó al matrimonio a capturar a Alan. Todo indica que fue torturado a golpes e incluso a martillazos durante 12 horas. Alan no habría respondido mayormente a los golpes. Una tesis es que su condición de asperger hizo que no le importara mayormente la tortura que estaba sufriendo, al menos no lo exteriorizaba. A su vez, esto habría llevado al matrimonio a responder con aún más violencia, hasta que Alan dejó de respirar. Muere por asfixia. Primero, lo intentan con una bolsa y luego con un cojín.

En ese proceso, los padres dicen que fueron ayudados por Chanqueo, el hombre que dormía en la casa donde Alan fue asesinado. Chanqueo, por su parte, dice que Alan se quedaba a dormir con él cuando estaba fuera del hogar Alborada y que juntos vendían calendarios en la calles de Temuco, pero niega haber participado en las torturas y en el asesinato del niño. Hubo consumo de drogas (cocaína) y alcohol durante la tortura, según uno de los imputados, aunque no se ha acreditado que hayan actuado bajo la influencia de estupefacientes.

El informe sexológico encargado por la fiscalía local arrojó que la niña no fue violada, aunque aún se investigan otros tipos de abuso. La niña tendrá que pasar por un peritaje psicológico para establecer si hubo efectivamente abusos. Según informó el tribunal de familia a la fiscalía, el niño de 13 años tenía conductas sexualizadas producto de situaciones de vulneración. No está claro si era por parte de algunos de sus padres alcohólicos u otro adulto que pudo conocer en la calle.

La pareja y Chanqueo pasaron a prisión preventiva por el tiempo que dure la investigación. El único que tiene antecedentes policiales es Pablo Morales, el padre de la niña supuestamente violentada, quien tiene una condena por narcotráfico.

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Oscar Fabián Pena, el padre de Alan, dijo escuetamente en el cementerio de Padre Las Casas: “Muchas gracias por todo el apoyo y sé que todo lo que dicen de mi hijo es mentira, está comprobado, no voy hablar de eso nada más”.

Aun así, quedan abiertas las dudas de por qué un niño que está en un hogar del Sename puede llevar una vida en la calle cuando lo desee. Ximena Olate, directora del Sename de La Araucanía, explica: “Los niños que están protegidos, están protegidos, no están privados de libertad. La única condición para la privación de libertad es la comisión de un delito, y en mayores de 14 años, por lo tanto, esa no es la condición de ningún niño en situación de protección. Eso sí, cada situación, cada día, cada evento público o no público, para nosotros, es un minuto de revisión”.

La familia de Alan, a través de su abuelo, informó en el funeral que presentaron una querella con la que esperan conocer detalles de la investigación. La iglesia y después el cementerio estaban llenos de conocidos de Alan. Y la sensación general era de shock e impotencia.

Ana Villanueva, vecina del niño fallecido, dijo: “Iba a mi negocio a comprar dulces y ahí él hacía sus travesuras. Es una tristeza muy grande. Lo conocía desde niño y no creo que haya hecho lo que se le acusa”.

Por su lado, Inés Rodríguez, vecina de Pedro de Valdivia, donde ocurrió el crimen, recordó a Alan: “Era un lindo niño, no le hacía daño a nadie. Lo conocí en las micros vendiendo calendarios, muy alegre, respetuoso. A mí me decía ‘mamita, cien pesitos los calendarios’. Se notaba un chico amoroso y a este niño inocente lo mataron sin haber visto pruebas, lo hicieron sufrir tanto. Pido a la justicia que se haga justicia de verdad”.

Otra vecina, de nombre Inés, añade: “Que haya terminado de esa manera lo hace un mártir y eso tienen que pagarlo. Ojalá la justicia limpie el nombre de ese niño, porque lo ensuciaron mucho sin saber. Esto le puede pasar a un nieto, una hija, un vecino, a cualquiera, porque nadie está libre de esto. De una vez por todas, basta”.

Oscar Pena, el abuelo, ve a la gente pasar y se conmueve con la cantidad de personas que llegaron a despedir a Alan. “Para nosotros, la impresión mejor es que el niño quedó absuelto, que no había cometido ningún delito y fue inocentemente sacrificado”. Pena hace una pausa y, entre sollozos, cierra: “Nos arrebataron a nuestro nieto y fue sacrificado y martirizado”.

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