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Actualizado el 29/09/2017
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Conociendo a Violeta

Autor: Marisol García* / Foto: Marcelo Segura / Ilustración: Luis Albornoz

En la semana central de las celebraciones por el centenario de Violeta Parra aparece Después de vivir un siglo, la más contundente de las biografías escritas hasta ahora sobre la mayor creadora popular chilena. El periodista Víctor Herrero rastrea en ella nuevos datos y desmiente impresiones que circularon por décadas sin revisarse.

Conociendo a Violeta

Puede uno imaginar la inicial extrañeza de Víctor Herrero cuando, hace casi tres años, la invitación a un almuerzo lo dejó frente a un encargo de trabajo inesperado. El periodista repite ahora un gesto de perplejidad cuando recuerda la impresión que le causó descubrir que a los ojos de una gran editorial era él el investigador adecuado para ocuparse de la mayor biografía escrita hasta ahora sobre Violeta Parra.

“Conozco a Violeta Parra. Me encanta Violeta Parra. Pero… yo soy periodista político, de economía. Mi tema es el poder. No soy de ese mundo”, fue lo primero que respondió.

La tarea para el reportero de investigación y profesor de la Universidad de Chile —cuyo libro previo, Agustín Edwards Eastman: una biografía desclasificada del dueño de El Mercurio (2014), probó su disposición a trabajos de largo aliento— nacía sin embargo desde una premisa inteligente: la gran creadora popular chilena no había sido abordada como un sujeto histórico, vinculada a los procesos recientes y el mapa de convivencia social en Chile. Retratada hasta entonces en libros escritos desde la cercanía familiar, el análisis especializado o la admiración sin datos comprobados, Violeta Parra debía tener, al fin, una biografía capital. Si es que, claro, Víctor Herrero se convencía de que podía ubicarla bajo su radar de trabajo y “sumergirme culturalmente en el personaje”.

—Ahora me doy cuenta que fue acertado pensar que al no ser yo un especialista podía tener una mirada más desprejuiciada —resume, justo en los días en que Después de vivir un siglo comienza a distribuirse en librerías—. Creo que fue una ventaja parecida a la que tuve con el libro de [Agustín] Edwards, quien tampoco era alguien que me marcara personalmente, por haber yo crecido afuera, por no tener a El Mercurio encima, porque por supuesto no soy del mundo de la oligarquía; pero, a la vez, sintiendo hacia su figura una carga emocional fuerte. Claro que aquí miraba desde otro lado: soy hijo de exiliado, y recuerdo a mi padre escuchando en la casa a Violeta Parra y diciéndome de niño, en Alemania: “¡Eso es música! ¡Ésa es una gran mujer!”.

Cuando Herrero al fin se decidió a emprender la tarea, dejó de escuchar sus canciones por un tiempo: “Son demasiado potentes, y te pueden quizás llevar a caer en facilismos, en adjetivaciones de más, en todo eso de ‘¡la genio!’ que intenté mantener a distancia”, explica. Al reparar en los incontables libros, artículos y tesis que existen sobre Violeta Parra, el periodista sintió como si un cerro de documentación se le viniese encima. Lo que siguió fue, entonces, “leer e investigar, leer e investigar”.

En el libro, la conexión que haces entre ella y su tiempo es permanente. Violeta Parra representa fenómenos sociales amplios del siglo XX en Chile, como la migración campo-ciudad.

En eso soy muy de la escuela de periodismo gringo y británico: una buena biografía es la de un personaje en su contexto. La primera pregunta que me hice al iniciar el trabajo fue: ¿por qué Violeta Parra surge cuando surge? ¿Podría haber existido treinta años antes o después? Con grandes personajes tendemos a creer que su genialidad aparece de todos modos, que las fechas de nacimiento de Pablo Picasso o Neruda no importan; y no estoy de acuerdo con eso. Siempre intento meterme de verdad en la época que investigo. Por ejemplo, compré todo tipo de revistas antiguas y me di cuenta de que en esos años estaba lleno de avisos de productos de belleza para el cutis. Violeta Parra creció con su cara con marcas de viruela. No puedo sacar una conclusión inmediata sobre que algo así pudo haberla insegurizado, pero sí me ayuda a ver que el estereotipo físico de mujer era uno en el que ella no encajaba.

Periodista Víctor Herrero.

Periodista Víctor Herrero.

Para ti y para mí, una referencia histórica importante es el golpe de Estado de 1973. Para ella, todavía lo era la Guerra Civil del 91. O la dictadura de Ibáñez, que vivió de niña. Cuando ella viaja sola desde el sur a la Estación Central, el año 34, llega entre muchos migrantes a esta ciudad de Santiago que se empieza a hinchar con la industrialización, el comercio…

Y eso va a tener efectos musicales, también, con el fomento de una música huasa que estiliza el campo chileno para la ciudad, cosa que ella no deja de combatir.

Exactamente. Y también políticos, con el auge de los movimientos obreros, campesinos, de la izquierda como la entendemos hoy en día, lo cual también juega un papel en su biografía.

Varias veces en el libro incorporas ideas que circulan sobre Violeta Parra, incluso algunas escritas en otros estudios y biografías, para aclararlas o derechamente desmentirlas.

Intenté ser cuidadoso. Más que desmentir otros trabajos… simplemente investigué [sonríe]. Y me di cuenta de que muchos libros previos sí abordaban aspectos puntuales de su obra, desde una mirada especializada pero repitiendo datos biográficos a cuyo origen nadie había vuelto para saber si eran realmente así.

Por ejemplo, queda la impresión que lo de la absoluta pobreza de la familia durante su niñez no fue tal.

En realidad Violeta Parra viene de una familia que puede asociarse a la pequeña burguesía de ciudades de provincia, con tenencia de tierras. No era gente acaudalada pero no era gente pobre. Es cierto que son nueve hermanos y que el padre se farrea gran parte de lo que ha heredado. Hay un momento en que efectivamente ellos caen en la pobreza; pero fue por un período corto. Su madre, Clarisa Sandoval, a los dos años de la muerte de su marido Nicanor se casa con un hombre de un apellido que indica cierta clase social… y que tenía un automóvil. Hoy casi no hay fuentes para investigar estas cosas, pero sí son datos que indican y precisan algo.

¿Circulan muchos malos entendidos sobre Violeta Parra?
Me doy cuenta de que su obra permite abordarla desde diferentes lados: está la campesina, la universal, la política, la sentimental… Están “Arriba quemando el sol” y están las tonadas que puedes escuchar en la Semana de la Chilenidad del barrio alto, y entonces es como si hubiese una Violeta Parra para todos los gustos. En la biografía no me hago cargo de eso. Trabajé lo más seria y honestamente posible para que luego cada uno se forme una opinión sobre quién era esta mujer.

El libro termina el día de su suicidio. No entras a la interpretación póstuma de su figura.
No. Todo eso de que por ejemplo sea “la madre de la Nueva Canción Chilena” es una construcción posterior a su muerte.

… o “la primera rockera”.

¡Ah, es que eso sí! Mira “Arriba quemando el sol”: son dos acordes, nada más… impresionante, ni Sex Pistols [sonríe].

Ilustración de Luis Albornoz.

Ilustración de Luis Albornoz.

Entre las ideas antipáticas instaladas sobre su muerte está lo de un suicidio motivado por el quiebre con Gilbert Favre. “Se mató por amor”, se ha dicho y escrito un montón de veces. Explicarlo así, someterla a ella a una desesperación tan simple y sentimental, también dice mucho de cómo Chile ha querido entender su personalidad.

Ésa es otra construcción póstuma. Al investigar, me di cuenta de que todo eso de la mujer que se mató por amor es una imagen que comenzó a crearse en 1977, para el décimo aniversario de su muerte.

¿Tan así?
La dictadura tenía que nombrarla de alguna manera. Y encontré muchas notas en diarios que repetían lo mismo: la genio, sufriente, que se mató por amor. Eso es despolitizarla. Así la abordas sin que incomode. Creer que Violeta Parra se mató por un quiebre de amor es no entender al personaje. Ella es mucho más compleja que eso. Pasó muchos años de soltería sin problemas. Y además le encantaban los hombres…

Citas en el libro a Margot Loyola: “No le gustaba la permanencia, sus relaciones duraban lo que ella quería que duraran; me decía que se cansaba con un mismo hombre, que tenía necesidad de ir conociendo siempre hombres nuevos”.

Era una mujer sufriente por el amor, sí. Hubo quiebres que la dejaron abatida. Pero creer que su felicidad pasaba por un hombre es no entender a Violeta Parra. Incluso estando con Gilbert, en muchos momentos ella optó por su trabajo creativo. Y partía de viaje, y así pasaban mucho tiempo separados.

El segundo de los cinco capítulos del libro tiene un título elocuente: “Violeta y una misión”. Su decisión creativa y de divulgación es total. No es una mujer que tenga proyectos: lo que tiene es trabajo.

Creo que una de las genialidades de Violeta Parra es que supo interpretar el gran espíritu y las grandes transformaciones (y también las grandes pérdidas) de su época para convertirse en una figura capaz de llevar la antorcha de la tradición hacia adelante. Olfateó esos cambios antes que los demás.

Aportándole además luego a esa tradición una voz propia.

Exactamente. Se puede discutir hasta el infinito si los genios nacen o se hacen. Creo que Violeta Parra se fue haciendo. Una de las sorpresas que me llevé fue descubrir que hasta los 35 años ella en realidad no era la Violeta Parra que ahora conocemos. Era una cantante más, de boliches; una aspirante a artista. Pero de pronto descubre que hay un folclor en las afueras de la ciudad que se está perdiendo. En ese ejercicio de rescatarlo, seriamente, y traspasarlo, se convierte en una mujer universal. Y eso fue entre los 35 y los 49 años.

Lo hace, sin embargo, con mucho esfuerzo. Es duro.

Pero pensemos cómo era Chile en los años cincuenta y sesenta. Y ella era una mujer tan apurada, tan ansiosa, tan segura de su misión, que donde estuviera iba a sentir que tenía poca retribución.

¿La tenía?

Si uno lo piensa fríamente, en 1966 el alcalde de La Reina le entrega un terreno entero para que levante la Carpa y su proyecto de Universidad del Folclor. ¿Cuántos folcloristas podían conseguir entonces algo así?

Es un lugar común describirla como una artista que no fue reconocida en Chile sino en Europa. Pero aquí tuvo un contrato de trabajo para realizar investigaciones en la Universidad de Concepción. Su discografía salió por Odeon. Tuvo tres programas de radio…

… y en radios grandes. Otra cosa es “el pago de Chile”. Efectivamente, hay momentos en que ella no tiene reconocimiento, como lo que le pasa en la Carpa, pero tal vez el peor desprecio se dé en la posteridad, porque no podemos negar lo que hicieron 17 años de dictadura y apagón cultural. Refiriéndose al país que la rodeó en su tiempo, un integrante de Quilapayún me dijo: “Chile le dio todo lo que le podía dar”. Ahora, para alguien como Violeta Parra incluso todo eso es poco.

Los vínculos que ella establece también son los de una mujer que se forma a sí misma hasta quedar de igual a igual con personajes de mucho prestigio.

En el libro están mencionados todos los grandes nombres del arte chileno de su tiempo, y es porque Violeta estaba cerca suyo. O sea, no es la outsider, no es la mujer que toca sus canciones y nadie comprende, sino que se relacionó con la elite de la cultura. Desde Nemesio Antúnez a Sergio Larraín; Gastón Soublette, Margot Loyola, Alfonso Letelier, Enrique Lihn, Pablo de Rokha, Alejandro Jodorowsky… los grandes productores radiales. No es la mujer ajena que fue “acogida” por ese círculo: fue parte de él.

No se había escrito antes lo que cuentas sobre el tratamiento siquiátrico que ella seguía al momento de su muerte. Describes en el libro un diagnóstico de trastorno bipolar que estaba siendo tratado con calmantes. ¿Te sorprendió saberlo?

Estaba el dato de su primer intento de suicidio por ingesta de pastillas, que apareció en la prensa, en 1966, y se podía concluir que cómo iba entonces ella a conseguir barbitúricos. Al investigar, uno se va dando cuenta de que en su trabajo había momentos de euforia, a mil, y luego la caída en estados depresivos. Cuando llegué a una fuente que trabajó con el siquiatra que la atendía y me habló de este diagnóstico me calzó. Y eso no le pone ni le quita a su personalidad, al contrario.

“Uno tiene que mandar sobre la muerte” es una frase suya.

Creo que ella es muy consciente de que Las últimas composiciones es su obra cumbre. Ahí está su última entrevista, a René Largo Farías, en enero del 67, cuando al fin reconoce que tiene “canciones enteras”, lindas, maduras; y que ha llegado a su meta de fundirse con el público…

Es, entre otras cosas, un disco que la muestra en un arco de ánimo muy amplio. No es la despedida ni mucho menos la amargura: es la profundidad.

Cuando intentamos ordenar nuestras ideas sobre estos genios sobresalientes, buscamos que sean vidas lineales, en las que todo se explique. Y eso es no entender cómo somos los seres humanos. “La Violeta era muy agresiva con algunas personas, y muy cariñosa con otras…”, te dicen. Bueno, como todo el mundo. Siento que eso de obligar a Violeta Parra a ser una figura consistente no es sólo una injusticia con su persona, sino también con su obra. Porque su obra es muy multifacética.

Después de vivir un siglo aparece a tiempo y en medio de profusos homenajes: el próximo miércoles 4 de octubre Violeta Parra hubiese cumplido cien años. Los anunciados fastos en La Moneda y el despliegue de actividades de tributo en Chile y el extranjero esta semana guardan, estima su biógrafo, un deber ineludible pero también un riesgo: “Creo que Violeta se hubiera espantado con su institucionalización. Ella siempre le dijo a sus hijos: ‘Lo que hago es para el pueblo de Chile, no para mí ni para ustedes’. Es como si no le estuviéramos haciendo caso a lo que Violeta Parra quería para su obra: que fuese una obra viva y que perteneciera al pueblo. Al pueblo, en el sentido más amplio de la palabra”.

* Marisol García es periodista de investigación en música popular chilena. Editora de Violeta Parra en sus palabras. Entrevistas 1954-1967 (2017, Catalonia/CIP-UDP).

Ilustración de Luis Albornoz.

Ilustración de Luis Albornoz.

LA BIOGRAFÍA MAYOR

Después de vivir un siglo, de Víctor Herrero, no es sólo la única biografía de Violeta Parra que se publica este año de centenario (también se han reeditado hace poco antiguos textos de Patricio Manns y Fernando Sáez), sino también la más extensa y detallada de las muchas que existían hasta ahora sobre la autora. El apartado de libros biográficos con su nombre en el título es llamativamente diverso en orígenes y fuentes, pues incluyen libros de dos de sus hijos (El libro mayor de Violeta Parra, de Isabel Parra; y Violeta se fue a los cielos, de su hermano Ángel), otros dos de sus hermanos Lalo y Roberto, media docena de publicaciones nacidas como trabajos académicos, y valiosos intentos por encauzar su obra literaria por terrenos biográficos, como lo hecho por Paula Miranda en La poesía de Violeta Parra y el reciente Violeta Parra en el Wallmapu  (este último en coautoría con Allison Ramay y Elisa Loncon). Cartas, recuerdos, testimonios de cercanos (como los del valioso Violeta Parra. El canto de todos) e incluso discutible especulación semificcional (como la de Yo, Violeta, de Mónica Echeverría) nutrían hasta ahora el apartado de biografías sobre la sancarlina, que con el nuevo libro de Herrero gana en multitud de nuevos datos de referencia. Quien quiera indagar en todos ellos no puede olvidar que, primero, hay una largada obligada en las Décimas autobiográficas que la propia Violeta Parra escribió por su cuenta, y que —increíblemente— no encontraron editor interesado sino hasta tres años después de su muerte.

 

EL RECUERDO DE ÁNGEL PARRA

¿Es éste un libro con la colaboración de la familia de Violeta Parra?

Nunca fue pensada como una biografía oficial ni autorizada por la familia. Como investigador, era un trabajo ético mínimo contactar a los familiares más relevantes: Nicanor Parra, su hermano mayor y clave en varios momentos de su trayectoria, y sus dos hijos.

Al primero, Víctor Herrero lo visitó en su casa de Las Cruces hace un año y medio junto al editor Vicente Undurraga para comentarle del proyecto. Pasaron el día conversando, y “salí con la sensación de que daba su venia al trabajo, que le parecía interesante, que de algún modo nos dejaba con un: Adelante, muchachos”, dice.
Con Isabel Parra, la hija mayor, compartió un café en el Museo Violeta Parra: “Fue simpática, contó un par de anécdotas, pero luego ya no volví a tener otro encuentro con ella. Le escribí varias veces para que conversáramos, pero su respuesta era que no tenía tiempo, que estaba muy agitada con el trabajo en el Museo, que me deseaba buena suerte. Está en todo su derecho, por supuesto, pero lo lamento profundamente, porque podría haber sido un gran aporte”.

De la familia, fue Ángel Parra el colaborador más estrecho de Víctor Herrero. El periodista recuerda cinco o seis jornadas enteras caminando con él por París, a principios del año pasado, visitando lugares de conciertos y de residencia importantes en el trayecto francés de su madre. Vinieron luego entrevistas por teléfono y dos últimos encuentros en Santiago, en la última visita del músico antes de su muerte, en marzo: “Se abrió muchísimo, mucho más allá de lo que él mismo había publicado antes en [su libro] Violeta se fue a los cielos. Fueron horas y horas de conversar no sólo sobre Violeta, sino también sobre él. Quedaba agotado después de nuestras conversaciones. Y yo también. Él ya había recibido su diagnóstico de cáncer”.

¿A qué atribuyes esa confianza?
Tuve la doble suerte de que le había gustado mi libro sobre Agustín Edwards, y también que su esposa, Ruth, una periodista jubilada que alguna vez trabajó en Le Nouvel Observateur, creo que entendió que mi investigación era en serio, y la alentó. Por otro lado, y esto es una impresión muy personal, sentí que él veía nuestros encuentros como sus últimas entrevistas extensas, a fondo. De los hijos de Violeta, Ángel fue siempre el que tuvo un mejor trato con los periodistas. Y creo que entendía, y lo fue incorporando cada vez más claramente, que con la obra de su madre no caben los secretismos, porque ella es universal.

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