Cuando la televisión enloqueció

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"Nadie pudo responder a tiempo. La crisis dejó de ser una amenaza para volverse real; tenía que ver con lo que pasaba en la pantalla, con las historias que se contaban, con cómo la televisión podía llegar a un público que huía de ella. Esa huida fue una estampida. Cuando se fue el público también huyeron las ideas, el riesgo, la capacidad de improvisar con recursos precarios", dice el escritor y crítico de televisión de La Tercera, Álvaro Bisama en este ensayo sobre el estado actual de los canales.




"Teníamos un panel de economía que era brillante", así definió Julio César Rodríguez a quienes salían en una foto que circuló gracias a la explosión mediática del caso de Rafael Garay. En la imagen, sacada de un viejo late de Rodríguez, aparecían sentados juntos Marcel Claude, los hermanos Antonino y Franco Parisi y el citado Garay. La imagen tenía cierta capacidad predictiva. Si se descontaba a Claude, caído en desgracia por asuntos financieros luego de una penosa campaña presidencial, tanto los Parisi como Garay habían conseguido volverse celebridades gracias a la televisión, un medio donde explotaron como estrellas impensadas para luego convertirse en agujeros negros capaces de comerse toda la luz a su alrededor.

O hasta implosionar y devorarse a sí mismos. En las últimas semanas, el caso Garay pareció tomarse la pantalla en un relato lleno de peripecias. En Garay, ahora sabemos, habitaba una legión; se trataba de alguien capaz de vivir varias vidas a la vez. Recordemos, fue el economista que dio un despacho matutino borracho para un móvil de TVN y que supo capitalizar eso para instalarse en las pantallas como un especialista. Como los Parisi, se trataba de alguien cuyo mejor mérito era explicar de manera didáctica a los espectadores cómo moverse en el mercado de las finanzas. Había un valor antisistémico ahí, pues en el límite del populismo su virtud descansaba en decir lo que los otros anhelaban escuchar, volviendo simple lo complejo, transfigurando los discursos técnicos en bonsáis de consignas.

Porque Garay entendía lo que la tele significaba, tanto para él como los otros. Antes de borrarse, de desaparecer, dio varias entrevistas donde confesó tener una enfermedad terminal. Con ellas preparó el terreno para su salida de escena. Así cerró el círculo con una cortina de humo y se esfumó de un modo casi romántico, volviéndose una silueta difusa en un continente lejano. El truco funcionó. En un lapso de apenas unas pocas horas la historia del moribundo que había decidido borrarse del mundo se convirtió en la persecución frenética de un fantasma. La tele, que era el medio que lo había canonizado automáticamente, salió a buscarlo para regresar casi con las manos vacías.

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Como pocas figuras recientes, Garay entendía su poder. Sabía que cualquier cosa que se dijese en cámara quedaría impune, que ahí daba lo mismo lo que hiciese, ya fuese abrir su corazón, inventarse diez pasados distintos o contar las vidas ajenas como si fuesen la suya. Lobo suelto en el corral, supo que ahí no había límites, que nadie iba a preguntar nada y que en ese lugar todo lo falso podía ser verdadero y como tal, inapelable. Basta volver al momento donde le cuenta a Martín Cárcamo que entró a la planta nuclear de Fukushima a realizar un rescate y que quizás ahí estaba la razón de su cáncer al cerebro.

La paradoja acá es que todo lo penoso es también divertido. La historia de Fukushima no le había pasado a Garay, sino al periodista Iván Núñez. Núñez fue a Japón a cubrir el terremoto y visitó Fukushima, pero no pudo avanzar más allá de un control de seguridad. Garay lo escuchó, supo que algo le faltaba de modo que la relató de nuevo para sí mismo, volviéndola algo mejor y dramático. Algo televisivo. Picaresca devenida en policial, su caso hizo que esa chilenidad profunda que sólo la tele puede revelar, brillase en todo su esplendor. Porque el caso de Garay, antes que reflejar los peligros de la movilidad social que provee la cultura del espectáculo -como alguien apuntó- simplemente puede leerse como una radiografía bizarra del estado de nuestra televisión ahora mismo.

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Testigos del desastre

La crisis estaba ahí, pero nadie la estaba viendo. La tele es una disciplina hecha de puro presente, un lugar que se felicita a sí mismo, un parque temático que no existe hacia afuera pues el pasado apenas existe, es una referencia que se borra de inmediato y cualquier futuro es incierto. Un año en tevé es apenas un parpadeo. Pero los problemas estaban a la vista. Los datos ahí son trivia, pero también algo más, acaso señales, pistas, tendencias. Ahora es posible descubrir algunas: la transformación del periodismo de investigación en la persecución de gasfíteres y falsos mendigos (En su propia trampa) o en videogames (Alerta máxima); el cambio de rostros de un canal a otro sin demasiado sentido (con el fichaje de Viñuela en TVN a la cabeza); el colapso complejo de áreas dramáticas que no sabían hacia dónde ir o qué historias contar (el aporte de Alex Bowen en TVN fue hacer que todo se viese tan miserable como fuese posible); los reality shows como culebrones eficaces capaces de citarse a sí mismos (Mundos opuestos); la muerte de la vieja farándula (el final de Alfombra roja y En portada); la repetición casi paródica de programas de política agotados (Tolerancia Cero, Estado Nacional); y los últimos estertores de viejas glorias viejas ideas como Sábado Gigante o Buenos días a todos.

Pero no. No se notaba. No había como saberlo. Hasta las turcas. Que Primer plano le dedicase un episodio completo a Las mil y una noches, la telenovela que Mega usó como punta de lanza para su resurrección como canal y que se tomó el prime time, también podría haber sido una señal importante. El culebrón fue un éxito instantáneo. Había costado dos pesos, los guiones eran traducidos por un vendedor de kebabs de Bellavista y en pocos meses su impacto cultural fue tan grande que Michelle Bachelet bautizó como Onur, el protagonista, a Álvaro Elizalde, entonces secretario general del gobierno. Aquel chiste demostraba su alcance. Las turcas se parecían a las telenovelas de antaño; se basaban en conflictos hechos con premisas imposibles, eran melodramas que se estiraban hasta exprimir toda emoción. Sí, eran lentas y huían de las modas de las nocturnas, no hablaban de crímenes ni eran comedias sexuales. Resultado: arrasaron el prime de modo inesperado, se volvieron una moda, aceleraron para poner en evidencia el colapso.

Nadie pudo responder a tiempo. La crisis dejó de ser una amenaza para volverse real; tenía que ver con lo que pasaba en la pantalla, con las historias que se contaban, con cómo la televisión podía llegar a un público que huía de ella. Esa huida fue una estampida. Cuando se fue el público también huyeron las ideas, el riesgo, la capacidad de improvisar con recursos precarios. El juego de las sillas musicales de los altos ejecutivos empezó para no detenerse. Empezaron los despidos. Desapareció cualquier clase de claridad. TVN se perdió en el camino. UCV se convirtió en un lugar cuya parrilla era dominada por emprendedores como Juan Carlos Valdivia, que podían estar al aire muchas horas al día en varios programas distintos. La Red colapsó y mató a su departamento de prensa. Chilevisión explotó hasta el cansancio el periodismo amarillo, los dating shows sexuales y la chimuchina del Festival de Viña. Secretos en el jardín, uno de los mejores culebrones locales de esta década, pasó desapercibido en el 13, mal programado, a la deriva en una parrilla que apenas entendía cómo armarse.

Ver televisión dejó de ser un ritual viejo. Dejó de ser fácil. Se volvió frustrante, confuso, extraño. Demasiados signos en disputa. Ser espectador podía llegar a ser doloroso. Significaba volverse testigo del desastre, de un delirio sin límites. Sólo Mega pareció sobrevivir, amparado en las turcas y con un área dramática que convirtió a Pituca sin lucas en el modelo a seguir: rostros conocidos, historias familiares, muchos niños, algún conflicto de clase y un paisaje real donde situar todo. Nada muy terrible ni extremo, sólo algo que nadie había hecho en mucho tiempo: respetar el formato, volver a lo básico.

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Cuando la tele permeó a la política

A estas alturas es posible percibir que eso quería el espectador: algo que borrase toda incertidumbre, que despejase cualquier clase de confusión. Había una tensión ahí: la crisis de la tele replicó la de la política. Era algo natural, quizás. Los dos eran espacios que tenían en suspenso su propia legitimidad, pues ambos se habían soñado como relatos que aspiraban a que una comunidad se encontrase en ellos. Ya no era posible. Ya no es posible: el caso Caval, que involucró a la nuera y al hijo de la Presidenta, terminó de quebrar la ilusión de esa representatividad que la Nueva Mayoría usaba como argumento para sus reformas. La tele permeó a la política para permitir comprenderla: la Presidenta era un rostro y como tal, era susceptible de ser involucraba en escándalos inverosímiles, haciendo que pudiésemos leerla a ella y a quienes la rodeaban (su familia, los ministros, los socios imposibles e impresentables de su nuera) como personajes de un culebrón impensado cuyo rating comenzó a caer en picada.

El efecto de lo anterior fue imborrable. La ausencia de distancia entre la ficción televisiva y la realidad de la política se acrecentó. Ambas compartían los mismos modales, hablaban con el mismo lenguaje, compartían los mismos problemas. Bala loca, la serie de ficción de CHV, fue uno de los pocos lugares donde ese lazo, que estaba a la vista y paciencia de todo el mundo, fue leído con cuidado. Mejor explicación de la trama del poder local que gran parte de los análisis de los politólogos de la plaza, la serie fue uno de los lujos de este año. Extrema y feroz, carecía de compasión hasta con sus propios personajes porque estaba en ella la descripción de las redes del poder local en una síntesis inédita. Al centro del debate estaba justamente el modo en que los medios representaban la realidad y cuáles eran las transas y los acuerdos que usaban para sacarle filo a ese acto. Que el final fuese agridulce, con el periodista-héroe comenzando una carrera senatorial, sólo acrecentaba la ironía de lo que se narraba, subrayando la posición ambigua y molesta que el show usaba para describir a la sociedad chilena. Era imposible no percibir que Bala loca entendía a cabalidad el estatus frágil de la política en relación a lo televisivo, una fragilidad que usaba para sabotear su propia moral usando sus contradicciones de un modo tan sofisticado como punzante.

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Bala loca se emitía a poco más de un año en que la presidenta Bachelet despidiese a Rodrigo Peñailillo, su ministro e hijo político, por medio de una entrevista con Mario Kreutzberger. El animador, en ese momento, estaba en crisis y el canal no sabía qué hacer con él, más allá de darle un segmento, en medio de la fiebre de los casos Penta y Caval, para que conversara con los presidentes Lagos, Piñera y Bachelet y, con eso, pudiera ahondar en la pregunta sobre el lugar hacia el que se dirigía el país. Don Francisco era perfecto para eso. Lo había hecho mil veces, estaba más allá de bien y el mal y poseía la sabiduría de un dinosaurio y la astucia de un cazador experimentado. Pero ya sabemos lo que pasó. Piñera, Lagos y Kreutzberger hicieron de sí mismos; cumplieron con sus roles al lado de un globo terráqueo que quizás parecía salido de alguna vieja emisión de Creaciones o algún programa similar de los 80. Todo fue predecible, todo fue perfecto hasta que Bachelet fue a la última sesión y dijo que ese mismo día le había pedido la renuncia a todo su gabinete. El momento fue delirante pero coherente con los tiempos, acaso un espectáculo a la altura. Un show que dejó colgado al espectador a pesar de que éste ya venía preparado para lo bizarro: se había acostumbrado a ver el streaming del proceso judicial al Grupo Penta, unas transmisiones que poseían el magnetismo apabullante de cualquier casa estudio, como si ver por televisión el juicio representara una forma alternativa de justicia, haciendo del espectáculo una forma de reparación simbólica.

Por supuesto, días después de la entrevista a Bachelet la tensión seguía en el aire. La ceremonia del cambio de gabinete donde la Presidenta despidió a Peñailillo estuvo llena de angustia, poblada de una colección de silencios que podían ser leídos en clave. De nuevo, no había distancia entre la tele y la política. Como en la season finale de una serie, cada detalle, por pequeño que fuese, concentraba lo que había sucedido en los capítulos anteriores, pero a la vez proyectaba el futuro de la trama. La caída del ministro del Interior sólo era eficaz si la veíamos por televisión, si podíamos relacionarla con ese momento de todo reality donde algún participante abre un portón y camina en silencio rumbo al olvido.

Momentos como éste son importantes pero no inéditos. Ahora mismo, miramos la tele como si fuesen los destellos de un formato que palidece mientras lucha contra su propia extinción. Todo está conectado. Una cosa remite a la otra y ahí, en las imágenes de ese hombre que abandonaba La Moneda como si fuera un set de televisión, estaba concentrada la crisis de legitimidad que hoy invade nuestra vida pública, los cambios en relación al cuerpo y el lenguaje, los últimos episodios de la historia de nuestra identidad. Todo eso estaba ahí, a la vista, aparecía y brillaba en nuestras pantallas con un fulgor deforme. La tele ya no era la nueva plaza pública, sino más bien una naturaleza muerta donde reposaban los residuos de nuestro cambio de piel, la resaca del hecho de que la política se hubiese vuelto un espectáculo en el momento en que las pantallas se atomizaron y la crisis de la industria permitió tanto el delirio como la improvisación. Hace cinco o seis años nadie lo hubiese pensado. Cualquier obsolescencia era sólo una fantasía, todos los futuros lucían brillantes. Ahora que los espectadores se han fugado y el rating ya no dice mucho; puede pensarse como un negocio que trata de hacer equilibrio sobre un abismo.

Abajo no hay red. Abajo hay pura entropía; algo que gente como Rafael Garay (que también fue candidato a senador por el PRO) sabía pues los rastros más perennes que dejó son las imágenes de sí mismo que sobreviven en los archivos televisivos; su única identidad, la que quiso construir en la pantalla. Ahí todo es banal, aunque ahora se trate de una banalidad distinta, de una banalidad que aspira a tapar su propia falta de futuro, que se esfuerza por parecer otra cosa, aunque en el centro no exista más que un vacío triste. Ese vacío es quizás un estudio de televisión sin gente, un decorado con las luces apagadas, un cementerio de luces de colores. El espectador se pasea ahí como si visitara un museo inminente, un museo lleno de imágenes a las que debemos una y otra vez devolverles el sentido.

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