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Actualizado el 09/12/2016
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La autoeducación de un activista

Autor: Francisco Aravena F. / Fotos: Marcelo Segura

Pablo Astudillo tiene más futuro que trayectoria en la ciencia, pero está preocupado del asunto a una escala mayor. Acaba de publicar el ensayo Manifiesto por la ciencia, la pieza más reciente en una carrera que convive con sus afanes en el laboratorio: la de propagandista o agitador de la ciencia.

La autoeducación de un activista

Es cosa de gustos, o de personalidad, o de vocación. Pablo Astudillo es de esos que prefiere mirar más hacia adentro que hacia arriba. Eso ha marcado su educación científica: siempre le interesó el microscopio y no el telescopio. Le importa más saber cómo interactúan nuestras células que las fuerzas que gobiernan a los cuerpos celestiales. De modo que cuando habla de desigualdad, habla justamente de esa misma. Dice, “cómo es posible que tengamos una de las mayores capacidades de observación astronómica del mundo, y que cuando trabajas en biología celular te tengas que pelear el microscopio, porque no tenemos esa capacidad de observación hacia adentro”.

Porque eso es lo que le interesa. Es la pregunta que lo llevó a ser biólogo, que gobernó su tesis, que marcó su investigación en los dos años de posdoctorado en Manchester de los que acaba de volver: cómo funcionamos, cómo se comunican unas células con otras y cada una con el entorno. Cómo y por qué responden a qué señales. “Las células no viven flotando en un espacio vacío, tienen interacciones con sus tejidos, con sus vecinas, establecen estructuras, y eso es un tema muy lindo, porque se trata de cómo conversan las células entre sí y entender ese tipo de conversaciones”.

Él no conecta las dos cosas, quizás porque es demasiado modesto y temeroso de que alguien piense que le está dando mucha importancia a su trabajo que, en su estándar, recién está comenzando. Pero el paralelo entre su interés científico y su dimensión social parece evidente. Aun cuando él falle en ver la conexión, el microscopio y el telescopio conviven en su mismo edificio. En otras palabras, Astudillo ha aprendido que los científicos también pueden ser como células, y que está en ellos conversar con el entorno, crear estructuras y hacerse entender. De otra manera, cree, la ciencia en este país nunca va a salir del mal lugar en el que está.

“El estado actual de la ciencia chilena es desalentador, tanto en términos de inversión y cantidad de investigadores, como en su institucionalidad y políticas públicas, o en su impacto en términos productivos”. Es lo que escribe Astudillo en su ensayo Manifiesto por la ciencia. Un nuevo relato para la ciencia en Chile, publicado hace algunas semanas por editorial Catalonia y la Fundación Ciencia y Vida. Es categórico, claro, certero, porque así es en este ensayo que sabía que quería escribir, pero que imaginó repartiendo en fotocopias y en archivos en formato PDF de mano en mano a quien quisiera escuchar, hasta que se topó con el interés y el empujón de Ciencia y Vida. Y así, con ese libro, este biólogo ha dado un paso más para convertirse en algo que nunca pidió ser: un activista.

El origen
El problema era el de muchos: las becas de apoyo de posgrado. Fue lo que hizo que Astudillo levantara la vista y viera que también otros más compartiendo su preocupación. Terminaba 2010 y los científicos jóvenes parecían estar despertando para movilizarse. Astudillo se acercó a un grupo que no conocía, en la Asociación Nacional de Investigadores de posgrado, y de pronto empezó a pasar menos tiempo hablando de proteínas y células y más de movimiento, de concientización, de campaña, de estructura y de un petitorio que se resumía en el título que lo bautizó todo: Más ciencia para Chile. “Partimos casi diez personas, más o menos”, recuerda Astudillo, quien desde entonces no pudo dejar de participar. Por entonces la directiva del movimiento -donde además estaban Katia Soto, Tomás Norambuena, Carlos Blondel- se reunía en cafés, salas de clases y en living-comedores. Cualquier lugar que los soportara mientras robaban tiempo a sus vidas, a sus investigaciones y a sus trabajos con delantal.

¿No temiste que esto iba a significar una distracción de tu objetivo científico?
Sí, por supuesto. Pero como yo lo veo, todos debiéramos hacer esto. O sea, esta “distracción” debería pasar a formar parte del rol que jugamos. No sólo tenemos que preocuparnos de lo que hacemos en el laboratorio o en el campo tomando muestras, sino que debería ser parte de lo que hacemos diariamente: crear conciencia, comunicarnos con las personas, mostrar cómo se realiza hoy la ciencia, el apoyo que necesitamos.

Me imagino que cuando vas a un laboratorio y dices “preocupémonos de explicar por qué necesitamos apoyo”, no eres el más popular…
Depende un poco de la generación a la que uno le hable. La más joven entiende que tenemos que hacerlo. Incluso las generaciones con mayor trayectoria puede que al principio lo hayan visto con algo de recelo o de miedo, pero ya lo asumen. Y uno ve que en las noticias ahora aparecen hablando de estos problemas, escriben cartas, van a la radio. Obviamente también salen los jóvenes, pero me atrevería a decir que en menor medida.

¿Los más jóvenes empujan a los más viejos a dar más el paso?
Sí. Los mayores reaccionan a este movimiento, al trabajo que vienen haciendo agrupaciones más jóvenes. Y me parece bien, sería grave que fuéramos sólo los jóvenes.

El frente de batalla
En la votación del presupuesto de este año, en primera instancia se rechazó el presupuesto para la ciencia por insuficiente. Lo que se terminó aprobando no fue tanto más, pero fue más. ¿Qué te parece?
Lo que ha pasado con la discusión del presupuesto es interesante, que haya voces que digan que lo que invertimos como país es bajo. Pero es algo que viene en la discusión desde hace mucho tiempo; lo que necesitamos son acciones más concretas. Lo que yo no quiero que ocurra es que empecemos a caer en un ciclo de diagnósticos. Una de las cosas que yo menciono en mi libro es que hemos pasado por varias épocas de diagnóstico, donde se hicieron análisis, la comunidad científica hizo el suyo, el mundo político hizo el suyo… y no podemos volver a eso, no podemos estar toda la vida haciendo comisiones y análisis de cuál es el mejor proyecto. En algún momento se tiene que tomar una decisión. Este gobierno, por ejemplo, se pudo haber ahorrado la comisión que hizo y haber enviado un proyecto para que se discutiera. Sigue siendo un balance positivo, pero yo creo que ya llegamos al punto en que no podemos seguir haciendo comisiones.

Ahora quedó el compromiso de mandar el proyecto del ministerio antes del fin de enero…
Esperemos que de una vez por todas tengamos ese proyecto, para que lo conozcamos y se puedan hacer aportes. Ojalá que se cumpla ese plazo, porque ya se ha postergado varias veces.

En tu libro criticas el relato economicista para justificar la ciencia. Pareciera que todo progreso en el presupuesto en esta área pasa por convencer con palabras sobre desarrollo e innovación. Pero no porque la ciencia sea un valor en sí mismo.

Es un tema bien complejo y en otros países pasa lo mismo. Probablemente pasa por una manera de pensar que está muy arraigada en el mundo político hoy en día: el tratar de justificar todo en términos de fallas de Estado o fallas de mercado. En el caso de la ciencia es preocupante porque de alguna manera limita el campo de lo posible. Cuando pones ese tipo de trabas, que algo, por ejemplo, tiene que tener una aplicación concreta, o tiene que tener un correlato en lo productivo, vas amarrando de manos a la propia investigación y me parece que no es la manera en que la ciencia progresa. Pero obviamente esto es un ensayo y estará sujeto a debate.

Tú llamas a la construcción de un nuevo relato. ¿Cuál?
Lo que propongo es que tenemos que rescatar ese valor de la ciencia no sólo como algo que contribuye a la productividad, sino que es algo que ayuda a mirar al mundo de una forma distinta. Cuando conoces tu mundo y puedes hacerte nuevas preguntas, como dice Brian Cox, que es uno de mis divulgadores favoritos, puedes tomar mejores decisiones, porque conoces del mundo. Temo que esa manera de pensar es a veces marginada o ridiculizada. Te dicen “tenemos que aterrizar el discurso” y eso se traduce en “cómo esto contribuye al crecimiento económico, a la productividad”. Creo, eso sí, que en los últimos dos años se ha ido matizando. Se está ampliando un poco la mirada. Pero esa debería ser la base, contarles a las personas que la ciencia puede contribuir a más cosas que simplemente cómo crece el país. No sacamos nada con crecer si después no sabemos cómo utilizar los recursos. Es ahí donde la ciencia puede hacer un aporte bien concreto.

Vienes de pasar dos años en Manchester, ¿qué te gustaría copiar o adaptar de Inglaterra?
Hay muchos científicos chilenos en Inglaterra y cada uno opinará distinto. Pero hay dos cosas que me gustaría copiar. Primero, que a la ciudad que vayas, grande, hay un museo de ciencias. Cada ciudad te cuenta su descubrimiento, quiénes son sus científicos locales y cómo la ciencia ha impactado en su desarrollo local. En Chile podríamos hacer lo mismo, en Concepción, Santiago, Valparaíso, Arica. Otra cosa es la divulgación en televisión: uno puede prenderla y en horario prime se está dando un documental, prácticamente todos los días. Eso me gustaría verlo acá. Harían un pequeño aporte.

¿Qué te gustaría que la gente hiciera después de leer tu libro?
Que sintiera ganas de trabajar por estos temas, y tuviera disposición a conversar.

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