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Actualizado el 01/12/2017
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Millennials en el Ejército

Autor: Matías Sánchez Jiménez y Javiera Sánchez Bruna

El Ejército es una institución jerárquica, llena de reglas que prepara con rigor para la guerra y para la paz, que en Chile carga con un estigma por su historia reciente. Las nuevas generaciones, por su parte, se supone que desconfían de la autoridad, no les gusta que los obliguen, les cuesta el compromiso y son esclavas de sus teléfonos. ¿Cómo conviven esos dos mundos?

Millennials en el Ejército

“¡Abróchese las botas! Rápido. ¿Quién falta? ¡Usted!”, ordena un sargento a un pelotón de 150 jóvenes en la Brigada de Operaciones Especiales (BOE), ubicada en Colina. “Firme. De fre. Mar. A la dere.”, entona de nuevo. Rápidamente el grupo comienza a marchar, todos sincronizados y sin errores.

Entre los que desfilan está Alans Delgado (22), un soldado de Tropa Profesional (SLTP), de tercer año, que al salir de cuarto medio con un título de técnico en Telecomunicaciones realizó el Servicio Militar y postuló a esta unidad. Su padre, un suboficial mayor en retiro, fue su inspiración para postular. “Quería ser como él, una persona correcta y con buenos valores”.

Cada día, Delgado tiene media hora tras el almuerzo para revisar su celular. “En la mañana, mi polola me dice buenos días y recién a las dos de la tarde le puedo devolver el saludo”, cuenta. “El que decide ser militar sabe que tiene que dejar de hacer cosas y eso es lo que uno valora cuando entra”, agrega.

El uso limitado de aparatos móviles y computador es una de las características del régimen interno del Ejército. Otras son el aislamiento familiar, los estrictos horarios para cada actividad, las horas de estudio obligatorias y la poca privacidad que tienen los reclutas quienes además renuncian a la televisión, se levantan a las seis de mañana y tienen códigos para vestirse. Cosas que suenan extremadamente poco millennial. Pero aun así, cada año, más de diez mil jóvenes postulan al Ejército.

Soldados en ejercicio.

Soldados en ejercicio.

Marchando con Anthrax

Hay tres instituciones a través de las cuales se puede llegar al Ejército: Soldado de Tropa Profesional, Escuela de Suboficiales y Escuela Militar. Cada una tiene sus propios requisitos y exigencias. Son distintas al Servicio Militar que sólo dura un año y no asegura un cupo en estas instituciones.

Para ser Soldado de Tropa Profesional (SLTP) hay que ser menor de 25 años, soltero, sin hijos y haber cursado al menos hasta octavo básico. El año pasado postularon 356 personas, casi un tercio de ellas, mujeres, de las cuales sólo quedaron cinco —el Ejército abre cupos de acuerdo a las necesidades de la institución— y 115 hombres. Todos los SLTP son contratados por cinco años no renovables y reciben cerca de 300 mil pesos mensuales, monto que varía de acuerdo a la zona a la que son enviados.

Quienes llegan hasta ahí lo hacen buscando un trabajo y son asignados a oficios especializados como administrativos, armas o logística, donde tienen opciones en recursos humanos, manejando tanques o haciendo labores de ingenieros. Tienen horario de oficina y al terminar quedan libres para hacer otras actividades, entre ellas, estudiar. Pueden vivir fuera de la institución, pero otros, como Delgado, cuya familia es de Concepción, se quedan en la brigada.

El teniente coronel José Pereira (44), encargado de reclutamiento de SLTP, asegura que cada año aumentan sus postulantes y que los recién llegados siempre son distintos. “Yo soy de la generación X y los de hoy son Y, entonces las cosas van cambiando, por ejemplo en cómo contestan o que se cuestionan más las cosas”, dice.

¿Y cómo se enfrentan a esas situaciones?
El Ejército se tiene que acomodar porque nuestros “clientes”, por llamarlos de alguna forma, son los jóvenes. Los suboficiales tienen que trabajar con otras generaciones y si no conversamos con ellos, estamos en serios problemas. La gente se tiene que adaptar.

Pereira dice que más de alguna vez ha recibido comentarios de otras jefaturas sobre las actitudes de los millennials. “Me imagino que los jóvenes también deben pensar ‘de dónde sacaron a estos dinosaurios’”, dice y explica que para demostrarles que él no es un “prehistórico”, se preocupa de contarles que además de militar también es persona, que tiene una cuenta en Facebook y que le gusta la música. “La semana pasada estuve en un concierto de Anthrax y nadie se lo imagina. Acá todos quieren escuchar reggaeton mientras se entrena, pero les digo que pongamos un poco de metal y me miran con caras de impresionados”, cuenta. “También los pongo a prueba y les digo que cómo es posible que no sepan que Steve Harris es el bajista de Iron Maiden. Así entras en una dinámica donde se dan cuenta de que no eres tan desactualizado como ellos creen”, agrega.

Estos soldados son los que, por ejemplo, estuvieron resguardando los locales de votación en las últimas elecciones, y por eso muchos se quedaron sin sufragar porque deben priorizar su deber militar. Hay que recordar que según la Constitución, “las Fuerzas Armadas y Carabineros, como cuerpos armados, son esencialmente obedientes y no deliberantes”, lo que significa que no pueden expresar públicamente su tendencia política, lo que no implica que no la tengan. Pese a que ellos no hablan de esos temas, pertenecer al Ejército tiene una carga por la historia reciente del país, y hay quienes relacionen a sus integrantes con el pinochetismo.

La mayoría de los entrevistados dicen que esos hechos sucedieron en una época que a ellos les resulta lejana y aseguran que su enseñanza dentro de la institución no está cargada a ninguna ideología y en general no ahondan mucho más.

Alans Delgado y Martín Rodríguez.

Alans Delgado y Martín Rodríguez.

Sin emojis ni WhatsApp

Desde que era niño que Martín Rodríguez (24) quiso pertenecer al cuerpo de paracaidistas. Él es de Quinta de Tilcoco, a 45 minutos de Rancagua, y cuando estaba en primero medio dejó el colegio para ayudar a su familia. “Quería ser distinto porque la vida de campo es muy sacrificada. Se trabaja horas y horas pelándose el ajo, como decimos allá, y terminas adolorido. Eso lo veo hoy en mi familia”, dice.

A pesar de su interés por entrar al Ejército, el día que tenía que presentarse al reclutamiento para hacer el Servicio Militar no llegó: “Se me confundió la fecha y de puro volado no fui”, reconoce, por lo que tuvo que esperar otro año para postular. Actualmente lleva cinco años como SLTP y ahora está postulando a la Escuela de Suboficiales, fue nombrado hijo ilustre de su comuna y el alcalde constantemente lo invita a realizar charlas para alentar a los otros jóvenes a unirse.

“La Escuela de Suboficiales es la escuela matriz del personal de planta del Ejército, somos la columna vertebral”, explica el capitán Luis Gfell (35), jefe del departamento de admisión. “Acá es más exigente porque somos una institución de formación con nivel de estudios técnicos”, agrega.

Durante dos años los postulantes son preparados para desarrollar liderazgo y habilidades básicas de un soldado. En el último año pueden escoger una especialidad en armas, que incluye telecomunicaciones, como radio operador en tiempos de guerra, infantería o caballería blindada, entre otras. También están los servicios donde se pueden dedicar al transporte, manejando vehículos de apoyo del Ejército, entre otras. “Si mañana hay un conflicto, ellos van a ser los que irán a la guerra. Aquí no te preparas para otra cosa”, explica el capitán Gfell.

Mientras están estudiando, el Ejército les entrega el uniforme, los materiales y 30 mil pesos mensuales para útiles personales y transporte. Ellos viven y duermen dentro de la escuela, y a diferencia de los SLTP, no pueden salir del lugar. Tras finalizar reciben el grado de cabo de Ejército, son destinados a unidades militares en todo el país por un sueldo cercano a los 350 mil pesos.

Capitán Luis Gfell en ejercicios de piscina.

Capitán Luis Gfell en ejercicios de piscina.

En el 2016, la Escuela de Suboficiales recibió 7.192 postulaciones, y seleccionaron a 398 hombres y 90 mujeres en el curso regular a los que se sumaron las 120 personas que llegaron desde el cuerpo de Soldados de Tropa Profesional.

El capitán Gfell explica que cada vez le cuesta más convencerlos de unirse al Ejército. “La juventud no está acostumbrada a recibir órdenes, a que se les hable en un tono diferente y asumir situaciones”. El acceso a las redes sociales también se ha vuelto un tema. No está permitido usar móviles durante el día y en los recreos tienen disponibles computadores comunitarios. “Ahí corren a meterse a Facebook o Instagram, están todo el rato en eso”, cuenta su superior.

José Luis Errázuriz (23), de primer año, no es el único militar en su familia, ya que su abuelo es suboficial en retiro. Él cuenta que al principio le costó el régimen interno, especialmente por la distancia con su polola, pero con el tiempo se ha acostumbrado a su nuevo ritmo de vida y que cuando sale de franco los fines de semana —lo que significa que tiene días libres— y se junta con sus amigos civiles, le sorprende lo pegados que están a sus celulares. “Les digo que se aburran. No ando tomándome selfies ni nada, estoy ahí para estar con ellos”, se queja.

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José Luis Errázuriz en Escuela de Suboficiales.

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José Luis Errázuriz de civil.

Errázuriz reconoce que desde que entró a la institución este año su vida ha cambiado mucho: se levanta a las seis de la mañana y tiene 30 minutos para enrollar su cama, ducharse y vestirse, toma desayuno y parte sus clases a las ocho y media. “Igual de repente me dan ganas de salir porque soy joven, pero después pienso en que tengo que cumplir mis metas, en ser el mejor”, dice.

 

¿Te han dicho que te estás perdiendo tu juventud?
Sí, pero es vivirla de otra manera, a la forma de uno. Tengo 23 años y encuentro que viví bastante mi juventud afuera. Otros la pasan en fiestas y tomando, pero yo la vivo aquí y esto es lo que me gusta, me siento cómodo acá dentro.

El capitán Gfell explica que hoy los jóvenes tienen muchas más alternativas para estudiar en universidades e institutos profesionales que en el Ejército, lo que también hace más difícil el reclutamiento. “Cuando doy charlas, lo primero que me preguntan es ‘¿cuánto gana usted?’ y les digo la cifra de un recién egresado y siempre me responden: ‘Okey, muchas gracias’”.

Dentro de la institución existen jóvenes que ya pasaron por otra carrera, como Rocío Esparza (24), de primer año, quien mientras preparaba su examen final para graduarse de sicóloga en la Universidad Católica de Temuco, postuló a la Escuela de Suboficiales. “Me surgió la inquietud y mis características personales se adecuan al régimen que llevo acá y viviéndolo me convencí”, dice.

Sólo cuando ya había mandado sus papeles le contó a su mamá que quería entrar al Ejército. Estudiar en la universidad “generó un gran costo y sacrificio por parte de mi madre, entonces dejar todo era un riesgo muy grande”, dice y explica que aunque a su mamá le costó asumir su decisión, ella “debía entender que era lo que yo quería para mi vida”.

Aun así, en ese primer intento de entrar al mundo militar quedó fuera porque tenía problemas a la vista y sólo logró ser admitida tras operarse de su miopía y astigmatismo.

A escondidas, cada tarde

Según la octava Encuesta Nacional de Juventud, un 48 por ciento de los jóvenes menores de 20 años ya son activos sexualmente, cifra que contrasta con una regla del Ejército: están prohibidas todas las expresiones de cariño dentro de las dependencias militares. Por lo tanto, iniciar una relación en un recinto donde no se pueden dar ni la mano no es sencillo. Pese a eso, Pablo Celedón (20) y Scarleth Munizaga (19), ambos de primer año, pololean desde mayo. “Aquí no se puede coquetear mucho, es complicado pero uno sabe… mientras no hagas nada acá adentro, no hay drama”, cuenta con algo de vergüenza Celedón.

Scarleth Munizaga y Pablo Celedón son pololos. Dentro de las unidades militares no pueden demostrar afecto.

Scarleth Munizaga y Pablo Celedón.

“Ellos tienen un manual que dice lo que pueden y no pueden hacer. Ahora, cuando nadie los ve, sólo ellos saben qué cosas pasan”, dice entre risas el capitán Gfell.

La pareja cuenta que dentro de la institución evitan todo tipo de demostración, a pesar de que tienen casi todas sus clases juntos. Los fines de semana, cuando salen de franco, generalmente se van juntos a las casas de las familias de alguno de los dos. “Afuera no nos comportamos muy diferente que adentro, sólo tenemos más contacto físico”, dice Munizaga, quien además cuenta que estar juntos los ayuda a entregarse apoyo en los estudios.

El reglamento también exige que sus integrantes cumplan con requisitos de presentación personal: no están permitidos tatuajes en lugares visibles, tampoco piercings y a la primera persona que visitan al ingresar es el peluquero.

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Soledad Rodríguez.

A Soledad Rodríguez (20), de primer año, no le gustó tener que cortarse su largo pelo hasta los hombros y tener que llevarlo tomado tal como establece el reglamento. Parecido le pasó a Celedón, quien nunca antes había usado un uniforme porque a su colegio en Villarrica iba con ropa de calle, y se tuvo que despedir de su melena. Según Gfell, para las mujeres llevar el pelo suelto es sinónimo de máxima libertad por eso cuando se las topa en la calle, siempre lo llevan así.

¿Quién manda a quién?

“Quieren todo inmediato, son insistentes y no saben esperar las etapas”, explica la capitán Mabel Sánchez (33), jefa de admisión de alumnos de la Escuela Militar, refiriéndose a lo exigente que son los solicitantes que ha recibido en los últimos años. “Es una generación que no cierra ciclos”, agrega y dice que muchos desisten del proceso a medio camino y ni siquiera informan que no seguirán.

El año pasado postularon 2.922 jóvenes, 700 mujeres y 2.222 hombres. Sólo fueron aceptados 37 mujeres y 166 hombres. “Acá, ellos van a mandar, a ser líderes de grupos y por eso reciben una educación integrada”, agrega la capitán.

Se supone que la Escuela Militar educa a la elite de la institución y por eso entrar ahí tiene más requisitos: PSU rendida (incluyendo la específica de historia y ciencias) y 500 puntos mínimos en ponderación. Además, al igual que en una universidad o instituto, hay que pagar por pertenecer a ella: 11 UF (unos 300 mil pesos). “El financiamiento es mucho más accesible ahora, se pueden obtener créditos y becas que antes no existían o eran mucho menos”, explica Natalia García (28), alumna de cuarto año, que está estudiando con CAE y que anteriormente estudió nutrición. Dado que la Escuela Militar está reconocida por el Ministerio de Educación, los estudiantes pueden optar a los mismos beneficios que un alumno universitario. También existen becas internas por puntaje PSU, rendimiento académico y deportivo.

Hay un límite de edad para postular, 25 años, pero antes de cumplirlos los interesados pueden intentarlo cuantas veces quieran. Luca Prato (22), de primer año, lo logró a la tercera. La primera no quedó por un problema físico que corrigió con kinesiología. Después estudió literatura y lengua inglesa en Estados Unidos por un año, y al regresar no aprobó el test sicológico.

¿No te dijeron que quizás era una señal?
Sí, mucha gente. Pero esto era lo que en verdad quería hacer y si eso conllevaba que postulara cinco veces, las cinco veces lo iba a hacer.

Los estudios que se siguen ahí incluyen ramos de formación militar y académica, para lo que tienen convenios con universidades, como la Mayor, del Desarrollo, Católica y de Chile. En algunos casos, los profesores llegan hasta el recinto en Américo Vespucio, pero en otros casos, por ejemplo los ramos dictados por la UC, son los cadetes los que van en metro hasta el Campus San Joaquín. Sin embargo, no tienen contacto con alumnos civiles en las salas y deben comportarse tal como si estuvieran en la Escuela Militar a la que deben volver apenas terminada la clase.

Además, tienen horas asignadas de estudio y reforzamientos si están débiles en alguna materia, algo que Ignacia Matus (18), alumna de primer año, agradece. “En el colegio igual era media desordenada porque tenía muchas horas de práctica de equitación, en cambio, acá tengo mis tiempos definidos y me ha ayudado a ordenarme”, explica.

Luca Prato, Ignacia Matus, Natalia García y Gonzalo Muñoz. Cadetes de la Escuela Militar.

Luca Prato, Ignacia Matus, Natalia García y Gonzalo Muñoz.

Gonzalo Muñoz.

Gonzalo Muñoz.

Gonzalo Muñoz (22) sí que sabe de orden. Él es el alumno con más antigüedad de toda la institución, que en jerga militar significa que es el que ha tenido las mejor notas en sus cuatro años de estudio. Eso lo convierte en subalférez mayor, grado que lo pone a cargo de todos los alumnos del instituto y le permite darles órdenes para que cumplan con el reglamento. “Entrar al Ejército me ayudó a tener más personalidad para dirigirme a un grupo de personas. Si estoy con mis amigos, yo soy el que saca a bailar a un grupo de chiquillas o el que se queda conversando con los papás en el living, mientras todos están callados”, dice Muñoz, hijo de un suboficial mayor en retiro.

Decidió unirse al Ejército cuando estaba en primero medio. “Siempre me gustó trabajar con la gente, siempre me he considerado con ciertos dotes de liderazgo, de generar cambios en las personas”, asegura. Rindió la PSU, ponderó 770 puntos y quedó seleccionado en derecho en la Universidad de Chile. “Quizás como abogado me iba a desempeñar bien, iba a ser una persona feliz, pero no me iba a sentir pleno”, cuenta.

Su posición lo obliga a ser especialmente cuidadoso con su comportamiento y sus opiniones. “Siempre he sido bien apolítico, a pesar de que la Constitución nos obliga a serlo, pero antes no dudaba en darle like a un estado en Facebook que hablara a favor o en contra de una postura, ahora debo restringirme porque pueden creer que todos los militares piensan así”, cuenta.

A Prato varios conocidos le preguntaban por qué quería entrar al Ejército, cuando tiene una carga asociada a la dictadura y las violaciones a los derechos humanos. “Es el estigma que queda en la sociedad, pero hay que darse cuenta que hoy no es el mismo Ejército que hace 44 años atrás. Ingresé porque quiero ser un aporte para la institución, lo que no tiene nada que ver con su pasado”, dice él. Opinión que comparte Matus, quien dice que “somos una nueva generación que no está pendiente de lo que sucedió en el pasado para recalcarlo en todo momento”.

Al egresar de la Escuela Militar salen con el grado de alférez y recibirán un sueldo cercano a los 860 mil pesos y pasan a formar parte de la planta del Ejército. Con el tiempo, y de acuerdo a su desempeño, irán ascendiendo en el escalafón. El subalférez mayor Muñoz sueña con llegar arriba a lo más alto y ser comandante en Jefe. “Si entras a la escuela es para mandar gente, mientras más arriba estés jerárquicamente, más vas a mandar y más cambios puedes generar en la sociedad”.

¿Nunca has sentido ganas de no cumplir las órdenes?
Muchas veces, pero entiendo que estamos en una institución jerarquizada y así como a veces no quiero cumplir una instrucción, en algún momento yo voy estar a cargo y el subordinado tendrá que entender que, le guste o no, estamos aquí para cumplir órdenes.

 

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