Promesas incumplidas en La Araucanía
El nuevo cambio de intendente -el tercero en lo que va de este gobierno- es una muestra más del abandono y falta de conducción que afecta a esta región.

Por tercera vez en lo que va de esta administración -un hecho ciertamente insólito-, el intendente de La Araucanía es removido por el gobierno. En esta ocasión asumió una militante socialista, rompiendo la tradición de que el cargo lo ocupara un DC. Aun cuando la figura del jefe regional en general no reviste mayor implicancia, en el caso de esta región -una de las más rezagadas del país en cuanto a indicadores sociales, y golpeada además por un severo cuadro de violencia producto del conflicto indígena- la rotación de autoridades cobra especial relevancia, pues sugiere que la zona ha caído en una suerte de abandono y carece de conducción política. Así, todo se encamina a que La Araucanía pasará al registro como una de las grandes promesas incumplidas de la Nueva Mayoría.
La indiferencia por la suerte de esta región resulta especialmente extraña, porque en el actual programa de gobierno los problemas de La Araucanía aparecían en un lugar destacado; con el correr del tiempo, sin embargo, se hizo cada vez más evidente que nunca hubo un plan integral, y los escasos anuncios han sido de limitado alcance.
Pese a la abundancia de sus recursos naturales y a la riqueza cultural que posee, La Araucanía es hoy en día una de las zonas más rezagadas del país. Así, por ejemplo, en el primer trimestre de este año la actividad tuvo una caída de 2,7% -en relación con igual período del año pasado-, en tanto su tasa de desocupación en el trimestre móvil marzo-mayo se ubicó en 7,8%, por sobre el promedio nacional. Elocuente es que sea la región con mayores niveles de pobreza según ingresos, alcanzando una tasa de 23,6% (Casen 2015).
Existe un diagnóstico consensuado de que el histórico conflicto indígena que afecta esta región ha sido un factor preponderante en su rezago. En la medida que grupos radicalizados siembran el temor mediante la violencia -que en ocasiones alcanza características de terrorismo-, y cuando la política de entrega de tierras a comunidades indígenas ha sido cuestionada desde todos los frentes, es evidente que no existen las condiciones para reactivar su aparato productivo ni mucho menos la voluntad de generar un gran acuerdo político, el cual permitiría avanzar hacia soluciones más estructurales. Las expectativas cifradas en el plan que anunció el gobierno en junio de este año, terminaron completamente defraudadas con una propuesta de escaso alcance tanto en seguridad como en desarrollo económico, a pesar de que para esos fines se había nombrado una comisión asesora presidencial.
Puesto que bajo el mandato de la Nueva Mayoría no fue posible avanzar en soluciones para esta región, las esperanzas están puestas ahora en el gobierno que asuma en marzo próximo. Sin embargo, es alarmante comprobar que hasta ahora ninguna de las candidaturas parece tener un programa integral que aborde en su verdadera dimensión el drama que vive esta región. El país espera que en los poco más de cuatro meses que restan para las elecciones, el tema de La Araucanía adquiera el protagonismo que merece y no se vuelva a repetir un hecho tan bochornoso como tener cuatro intendentes en un lapso inferior a cuatro años.
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