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Actualizado el 18/09/2015
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Tres visitas papales en tres momentos en la historia de Cuba

Autor: La Tercera

Francisco llega mañana, a dos meses del restablecimiento de relaciones con Washington; Juan Pablo II fue cuando aún estaba en el poder Fidel, en los años del "período especial" tras el fin de la URSS; y Benedicto XVI fue recibido por Raúl Castro, cuando ya había echado a andar parte de sus reformas económicas.

Tres visitas papales en tres momentos en la historia de Cuba

Papa Juan Pablo II, 21 al 25 de enero de 1998

Fidel Castro ya había logrado superar la caída de los regímenes socialistas de Europa Oriental, incluida la propia Unión Soviética, su principal aliada y fuente de abastecimiento. Se mantenía firme, pese a que la isla seguía sufriendo los embates del “período especial” y a los recientes coletazos de los enfrentamientos con el gobierno de Estados Unidos, especialmente tras la promulgación de la ley Helms Burton (1996), que aún amenaza con demandas a todas las compañías extranjeras que negocien con Cuba. A su vez, el Papa Juan Pablo II se había convertido en uno de los actores esenciales para poner fin a la Guerra Fría en Europa. En los meses anteriores a la llegada de Juan Pablo II, el gobierno cubano hizo algunos gestos a la Iglesia Católica: permitió el ingreso de 60 religiosos a la isla, autorizó misas al aire libre, permitió que el cardenal y arzobispo de La Habana, Jaime Ortega, se dirigiera al país por televisión, la Navidad de 1997 fue celebrada como feriado nacional por primera vez desde 1969 y el mensaje navideño del Papa fue publicado en la portada del periódico oficial Granma. Quedaban atrás los peores días del enfrentamiento del gobierno de Fidel Castro contra los católicos, como cuando en 1961 fueron expulsados del país 131 sacerdotes. Ya en 1991 se había levantado la prohibición para que católicos fueran miembros del gobernante Partido Comunista de Cuba. Durante su visita Karol Wojtyla visitó las ciudades de La Habana, Santiago de Cuba, Santa Clara y Camaguey; pronunció 12 discursos y homilías, y se reunió con el Presidente Fidel Castro en el Palacio de la Revolución, en una entrevista de aproximadamente 45 minutos. 

“Que Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba para que este pueblo pueda mirar al futuro con esperanza”, dijo Juan Pablo II a Fidel Castro a su llegada a la isla, una frase que aún resuena.

Benedicto XVI, 26 al 28 de marzo de 2012

El viaje de Benedicto XVI se produjo en un contexto completamente distinto al de Juan Pablo II. Habían pasado más de cinco años desde que Fidel Castro había delegado el poder (el primer personero extranjero que llegó a Cuba en esas convulsas semanas de 2006, fue el entonces secretario de Estado vaticano, Tarcisio Bertone) y su hermano Raúl Castro ya había solidificado su gobierno y había impulsado una serie de reformas, para reducir el tamaño del Estado y permitir la proliferación de las actividades económicas independientes. Así, se subió la edad de jubilación, se cerraron los comedores obreros, se eliminaron los topes salariales, se autorizó el pluriempleo y se restableció el cobro por resultados. Las relaciones con la Iglesia iban viento en popa con reuniones cada vez más frecuentes entre Castro y el cardenal Ortega y otros miembros del clero cubano. Tanto así que Ortega comenzó a oficiar de mediador e incluso de emisario. La Iglesia tuvo un rol destacado en la liberación, entre 2010 y 2011 de 126 presos políticos, la mayoría de los cuales aceptaron exiliarse. Entre esos estaban los últimos 52 del “Grupo de los 75” disidentes encarcelados durante la represión de la “Primavera Negra” de 2003. Benedicto XVI llegó a Cuba como “peregrino de la Caridad” por ser ese el Año Jubilar por los 400 años del hallazgo de la imagen de la patrona del país, la Virgen de la Caridad del Cobre. En esa ocasión, Joseph Ratzinger -quien un año después renunciaría al Papado- se reunió con el Presidente Raúl Castro y también con Fidel. En Cuba, Benedicto XVI dejó mensajes en defensa de las libertades, reclamó más espacios para la Iglesia Católica, criticó el embargo de EE.UU. y abogó por la reconciliación de los cubanos de dentro y fuera del país. “Que Cuba sea la casa de todos y para todos los cubanos”, dijo el Pontífice en su discurso de despedida en La Habana.

Papa Francisco, 19 al 22 de septiembre de 2015

Jorge Mario Bergoglio llegará a Cuba aun con el impacto del restablecimiento de relaciones entre La Habana y Washington, en un proceso de acercamiento donde tuvo un papel destacado. Y ese nuevo clima de entendimiento, anunciado en diciembre, ha disparado la llegada de turistas, especialmente visitantes estadounidenses, a pesar de las restricciones vigentes. Se trata de un período donde los vientos de cambio se sienten con fuerza desde 2008 (más de medio millón de cubanos ejerce el trabajo autónomo o “cuentapropismo”), pero que se redoblaron con la reforma migratoria que puso en vigor el gobierno de Raúl Castro en enero de 2013, que eliminó el permiso de salida y la exigencia de una carta de invitación que durante medio siglo frenó los viajes de los cubanos al exterior. Además esa legislación permitió la “repatriación”, es decir, que aquellos cubanos que se instalaron afuera pueden regularizar sus papeles en la isla y así no perder sus derechos sobre las propiedades familiares. Tanto el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos como la nueva ley migratoria parece haber cumplido la frase de la visita de Juan Pablo II. El viaje del Papa Francisco coincide con la celebración del 80° aniversario del inicio de las relaciones diplomáticas entre Cuba y la Santa Sede. 

Todo ello cuando la revolución ya tiene 57 años, con un régimen comunista y aún con un Castro en el poder. La visita del Papa muestra que ‘Cuba está de moda’, ya que hasta allí llegaron en los últimos meses el Presidente de Francia, Francois Hollande, y el secretario de Estado norteamericano, John Kerry. 

Sin embargo, el gobierno cubano sigue cuestionado en materia de derechos humanos, aunque algunos disidentes reconocen que durante el período “raulista” la represión contra los críticos podría definirse como de baja intensidad.

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