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Actualizado el 06/09/2014
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Un día en Santiago medieval

Autor: Pedro Arraztio

Se visten de caballeros, aldeanos y cazadores como si estuvieran en la Europa del siglo XIII. La semana pasada se congregaron en el VI Encuentro Medieval de Santiago, diversas agrupaciones que recrean históricamente una época de espadas, escudos, lanzas y armaduras. Un evento que cada año tiene más participantes.

Un día en Santiago medieval

Sábado, dos y media de la tarde. Un caballero y un mongol se bajan del vagón en el metro Toesca. Espada al cinto, mazo al hombro. Se acomodan el casco de hierro y las capas de piel animal (hace calor) y caminan como pueden hacia las afueras de la estación. Mientras esperan el verde del semáforo, el caballero (seguramente de alguna orden específica) le comenta a su compañero mongol que la próxima semana tiene prueba de cálculo pero que, aunque no ha tenido tiempo de estudiar, no está “tan urgido”. En la esquina, una especie de mago-alquimista de la época del oscurantismo se come un completo y, desde más allá, sobre un escenario, un macizo barbón que recuerda a Gimli de El Señor de los Anillos canta “Noo, noo, noo, se entusiasmen, esto es prueba se sonido nooomás”, mientras su banda, vestida con capas, mallas y botas de cuero toca los instrumentos.

Por los alrededores caminan aldeanos, arqueros y caballeros. Hay tiendas de herrería que exhiben lanzas y escudos y, en pequeños cuadriláteros delimitados con cuerdas y banderines, hay guerreros que practican estrategias de combate con espadas de palo. No es el Bosque de Sherwood, sino que la esquina de Santa Isabel con Dieciocho, en Santiago Centro.

Ahí, en la Plaza Las Heras, se desarrolla el VI Encuentro Medieval de Santiago, un evento que reúne a grupos de representación histórica de todo Chile fascinados con los personajes y forma de vida de la Edad Media.

Aunque la feria se realiza una vez al año, estas reuniones son cada vez más frecuentes. Sólo basta con ver el calendario reciente: hace un mes hubo una similar en La Reina y una semana atrás otra en la medialuna de Rancagua.

Apoyados en una banca del parque, dos vikingos y un caballero de la Orden Teutónica conversan apaciblemente. “Es que históricamente no sería preciso”, dicen cuando se les pide simular una pelea para una foto. Al rato se relajan, posan para la cámara, ponen cara de aguerridos y logran la atención del público que los llena de flashes. “Mi reparo con la prensa es que son poco rigurosos. Dicen ‘las cruzadas de los vikingos’ y aberraciones así que nunca pasaron. A mí siempre me confunden con templario, porque también llevan una cruz en el pecho, pero nada que ver”, se queja Patricio, de 31 años, quien viste el traje de teutón.

Emil, uno de los vikingos, es estudiante de ingeniería y viene de Curicó. Dice que en regiones también hay muchas agrupaciones medievales y que, para él, esto está lejos de ser un juego: “Nosotros mismos nos fabricamos nuestros trajes. Hacer uno como el que llevo cuesta alrededor de 500 mil pesos”, señala.

Por su parte Joaquín, el otro vikingo, dice que su vestimenta corresponde a la de un aldeano y cazador danés, y que por eso lleva más pieles que armadura. “Igual participo de los combates medievales. A mi mamá le gusta que lo haga, pero mi papá me dice que en cualquier momento me van a volar todos los dientes”, declara paradójicamente el estudiante de prevención de riesgos.

Los combates, efectivamente, se ven algo violentos. El elemento estrella de este encuentro es “la arena”, espacio rodeado de galerías donde los guerreros del medioevo de diferentes lugares y periodos históricos se enfrentan “a muerte”. Un animador, al más puro estilo de la película Corazón de caballero, presenta a los luchadores y arenga al público a gritar: “1,2,3… ¡Medieval!” para dar inicio a la lucha. “Mira, hijo, cómo pelean”, le dice un padre espectador al niño que lleva cargado en los hombros. Los golpes de las espadas de metal en los escudos suenan fuerte y la galería se manifiesta lanzando un “¡Uhhhh…!”, al unísono. “No, hijo, si están jugando a que pelean”, rectifica el padre al ver que el menor comienza a asustarse.

“Es un riesgo controlado. Nunca aplicamos el total de la fuerza en las estocadas”, comenta Guillermo, perteneciente al Centro Medieval y Renacentista de Chile. En estos momentos no podrá pelear, porque anda con muletas y bota ortopédica. Una lesión acontecida, precisamente, entrenando para el evento. Para él, la esgrima olímpica, esa con florete y protecciones blancas, es como “jugar a la pinta con antenitas”, y dice que este tipo de peleas “es mucho más entretenido, porque no combates pensando sólo en pegar primero, sino en preservar la vida. No es por puntos. Cuando te dan, pierdes”.

Si hay algo que diferencia a las peleas que aquí se ven a las propias de la Edad Media, es la equidad de género: hombres y mujeres pelean por igual. “La espada es un igualador. No hay ningún problema en que un hombre pelee contra una mujer. El boxeo se divide por categorías, aquí con la espada eso no ocurre. Gana el más hábil no más”, explica Guillermo.

Pero no todo son luchas en la feria ni en el mundo medieval chileno. En el encuentro también hay campesinos preparando guisos en calderos, aldeanas trabajando en los telares, juglares tocando música. Si hubiera existido algo así como la “Expo Mundial de 1200”, sería como esto: los pueblos más temidos de Europa y Asia mostrando lo mejor de su cultura.

“La gente piensa que los vikingos eran asesinos y saqueadores, pero no. Para la época no asesinaron más gente que el cristianismo”, comenta Darío, defendiendo la cultura que representa su agrupación, llamada Aurok. Su idea no es sólo vestirse y pelear como vikingo, sino que reconstruir de la manera más fiel posible todas sus costumbres. Por eso le enseña a un grupo de espectadores a jugar tablut, una suerte de ajedrez nórdico “que muestra las estrategias de combate vikingas. Eran menos lineales que las romanas, que eran las que usaban la mayoría de los pueblos medievales”, relata. Pero su interés no llega sólo ahí. Dice que el konunrg (término utilizado para denominar al rey en nórdico antiguo) de la comunidad tiene una parcela en la Isla de Maipo, donde cultivan la tierra con técnicas antiguas. “Intentamos volver a un estilo de vida mucho más saludable. No como la sociedad actual, donde importan más las apariencias que el valor de las personas”, comenta.

 

Un poco más allá, una joven perteneciente al Clan Cruithne (un grupo que recrea el estilo de vida de los celtas británicos) termina de trabajar unos utensilios de cuero. “Nos juntamos todos los sábados frente al Café Literario de Providencia. Allí confeccionamos nuestros trajes y los que pelean entrenan”, relata, y agrega que consiguen el dinero para los materiales a través del pago de una mensualidad.

Aunque la feria medieval se enmarca en el concepto de recreación histórica, también hay cabida para otros personajes como los elfos y hobbits de El Señor de los Anillos, que también ocupan un lugar importante en la feria. “Nos regimos estrictamente por las descripciones que aparecen en los libros de Tolkien. Hacemos arquería y esgrima con la mayor fidelidad posible a las novelas”, dice Diego, arquero perteneciente a la agrupación recreacionista Montaraces de Ithilien.

Más allá, un imitador del pirata Jack Sparrow, de Los piratas del Caribe, se pasea con un cofre recolectando monedas y un Wally de carne y hueso camina con su bastón y lentes redondos entre los caballeros. “¡Allí estai, Wally, te encontré!” es la reacción de la gente que parte rauda a fotografiarse con él.

El público está entusiasta. La pequeña plaza está repleta y hay filas de espera para aprender a disparar con arco y flecha o para adquirir algunas técnicas básicas de manejo de la espada. “Aquí la gente que viene pelea también, para eso tenemos estas de plástico”, explica un instructor mientras muestra una que no se ve para nada liviana. “¿Quieres participar?”, pregunta. Declino amablemente. Dicen que caballero que arranca sirve para otra batalla.

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