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Actualizado el 03/10/2009
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Violeta Parra, de dicha y quebranto

No era una mujer de medias tintas. El músico uruguayo Alberto Zapicán lo supo de entrada. A mediados de 1966 fue a trabajar a la carpa de Violeta Parra en La Reina. Después de oírla cantar por primera vez, ella le preguntó sin rodeos: “¿Qué te creís, huevón, recién llegado y no aplaudes?”. Fue un inicio rudo, pero con los días las asperezas darían lugar a la pasión. “Casi delante de todo el vecindario, y a la luz del azul más azul que el azul, recibí de él un beso. No de un hombre: de un león hambriento era ese beso”, escribe ella. “Me dolió ese beso y me dolieron todos los que recibí después, que me llevaron a la cama tres veces, para mejor conocimiento de ese león”.

La carta está dirigida a Osvaldo Gitano Rodríguez, uno de los protagonistas de la Nueva Canción Chilena. Inédita hasta hoy, es recogida en El libro mayor de Violeta Parra, editado por su hija Isabel y publicado por primera vez en Chile. Compuesto de manuscritos, testimonios y fotos, el volumen será presentado mañana en la Feria del Libro de Vitacura, con motivo del cumpleaños 92 de Violeta Parra.

Artista enorme, talentosa y corajuda, mujer apasionada, cariñosa y a menudo terrible, Violeta Parra es un personaje difícil de aprehender. A más de 40 años de su muerte aún persisten mitos en torno a su vida. Uno de ellos era su relación con Zapicán, a quien le dedicó una de sus canciones (El albertío) y quien la acompañó en el disco Ultimas composiciones. La carta recogida en El libro mayor… deja poco margen al misterio: tras la partida del suizo Gilbert Favré, su eterno enamorado, con el que mantuvo una relación tortuosa, Violeta encontró compañía, apoyo y consuelo en Zapicán.

Integrado por materiales valiosos, sobre todo las cartas de Violeta a Favré, el libro  abre algunas puertas, pero cierra otras. Aunque lleva el subtítulo Un relato biográfico y testimonial, en él no aparece la palabra suicidio. No hay referencias a su primer intento, en enero de 1966, cuando se cortó las venas tras la partida de Favré. Ni al disparo del 5 de febrero de 1967.  Violeta, simplemente, muere.

“¿Y por qué tendría que salir?”, pregunta Isabel Parra. “Eso no se puede abordar. Y me parece inadecuado que me preguntes por eso. Este no es un libro sensacionalista”, dice la cantautora y presidenta de la Fundación Violeta Parra.

Es verdad: el libro es ante todo un homenaje. Una celebración de la obra y creatividad de la autora de Gracias a la vida. Acaso por eso, no habla de su matrimonio con Luis Arce y tampoco indaga en una de las penas del alma de Violeta Parra: la muerte de la hija de ambos, Rosita Clara, de nueve meses.

SE FUE A LOS CIELOS
El sábado 29 de junio de 1955, Violeta Parra fue a la Plaza Baquedano. Estaba radiante. La noche anterior había ganado el premio Caupolicán a la mejor folclorista del año. Era el primer reconocimiento a su trabajo. Y feliz, en la mañana  partió con Luis Arce, su segundo marido, a hacerse un retrato con un fotógrafo de cajón, abrazada a la estatuilla.

Pero la dicha daría lugar al quebranto. El Partido Comunista la invitó al Festival de la Juventud en Varsovia y Violeta decidió asistir. A Luis Arce no le gustó la idea: su hija Rosita Clara tenía sólo seis meses. Pero para Violeta era una oportunidad imperdible: la de difundir su obra en Europa.

Dejó a la niña al cuidado de su marido y de su hijo Angel, de 12 años. Viajó a Polonia y a la URSS y pasó a Francia. Allí recibió la noticia: Rosita Clara había muerto de neumonía. Violeta escribe décimas cargadas de culpa (Versos para la niña muerta), pero se queda en Europa.

El libro mayor menciona el episodio, pero no da detalles. Quien sí relató ese capítulo fue Fernando Sáez en La vida intranquila, biografía escrita a contrapelo de la fundación. Curiosamente, Angel Parra también lo recrea en su libro  Violeta se fue a los cielos. La última imagen que guarda es esta:  “Luis (Arce) y su hermana Flora en un enorme ascensor del hospital Arriarán, en una camilla demasiado grande para su pequeño cuerpo, el cadáver de Rosita Clara”.

Aquello fue el fin del matrimonio con Arce. “Otra mujer en esa época no deja al marido a cargo de la guagua”, dice la escritora Mónica Echeverría, quien preparala novela biográfica El milagro de Violeta Parra. Con fecha para 2010, en ella tocará las pasiones y dolores de la artista. Y su complejo carácter: “Tenía un genio endemoniado. Era muy mal hablada, mandona con los hombres y eso influyó en sus amores”.

“NO SOY CENSORA”
Entre las cartas de El libro mayor… falta la más importante, la despedida que Violeta le dejó a Nicanor. ¿Por qué no está? “Pregúntale a Nicanor”, dice Isabel. El antipoeta guarda una gran correspondencia con su hermana, pero asegura que la carta final se la prestó a Isabel. “Ella debió haber sacado copia”. Otro misterio.

Violeta Parra encarna, así, una paradoja: es una figura central de la cultura popular, pero hay que componerla a pedazos, como un puzzle. El biógrafo Fernando Sáez y la cineasta Tatiana Gaviola chocaron con la negativa de la fundación. Lo mismo le ocurrió a Jorge Leiva (Actores secundarios) cuando filmó el capítulo  de Grandes chilenos: no pudo ocupar música de Violeta.

A Isabel Parra no le gusta el tema. “Yo no soy ninguna censora. Si alguien quiere investigar la vida de la Violeta, que lo haga, pero que no descanse en nosotros”, dice. “¿Por qué teníamos que participar en el negocio de Grandes chilenos? La Fundación existe para preservar y difundir la obra de Violeta Parra, no para gente que quiere sacar provecho”.

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