Hugo Herrera

Hugo Herrera

Dr. en Filosofía y Prof. titular Instituto de Humanidades, UDP. Su Twitter es @HugoEHerrera.

Opinión

“Facho pobre”, “pije progre”

Foto: Andrés Pérez

El ministro Eyzaguirre ha tratado de arribistas a las clases medias emergentes por querer educar mejor a sus hijos, e intentó privar de legitimidad y recursos a la precaria ventaja de “los patines”, expresión que termina aludiendo al incierto resultado de su esfuerzo.
La discreta juventud dorada local -Revolución Democrática, Jackson & Cía.- se dedicó también a tratar de poner fin a los parciales éxitos de esas clases medias. Había que acabar con la “alienación” que produce el mercado. Buscaron, entonces, en espuria alianza con la Nueva Mayoría, concentrar el control de las instituciones educacionales y sus recursos en manos del poder político-partidista. De paso, dejaron a la escuela y a la universidad en una crisis económica y otra de libertad, de las cuales difícilmente ellas podrán reponerse.
Esos agentes de políticas progresistas “desde arriba” y “para otros” -las clases medias y pobres- muestran que, junto al tan manido “facho pobre”, hay algo así como un “pije progre”.
Es usualmente alguien de “buen” colegio y preponderantemente santiaguino (en provincias, dada la mayor dificultad de la segregación urbana, él es menos frecuente). Carece de lo que el gitano Rodríguez -hombre de provincia- llamara “el miedo inconcebible a la pobreza”, pues nuestro personaje nunca la vio auténticamente; cuanto más, se ha acercado controladamente a ella, dentro del marco del dispositivo al que se llama usualmente “trabajo voluntario”.
En algún momento de su biografía, nuestro individuo repara (¡y quién con alguna lucidez no lo ha hecho!) en la banalidad e indolencia de los ricos (“tan imbéciles como los pobres”). Se le despiertan, entonces, “las ganas de igualar”.
Lo hace sin fusiles ni metralletas (“juegan a luchar”). Afortunadamente, estamos ante el agente de políticas pacíficas; frente a la encarnación de lo que Carl Schmitt llamara “romanticismo político”; a una subjetividad conmovida con su experiencia personal y ocasional del mundo, que actúa -¿desarraigadamente?- sobre esa incierta base.
Sus medidas son aptas, por abstractas, por carentes de aplomo en lo concreto, para deshacer, no, en cambio, para generar eficazmente transformaciones enriquecedoras y pertinentes. Ha sido incapaz, por ejemplo, de dejar la escuela y la educación superior en dirección hacia niveles de calidad e integración comparables a los de sistemas educativos efectivamente avanzados.
Junto a los inconvenientes que genera la economía de mercado, además de las falencias propias de nuestra versión autóctona de la misma, ella ha producido, empero, también, un efecto invaluable: las clases medias en Chile son, por primera vez en la historia, mayoritarias.
Es difícil exagerar la importancia de este hecho. Las clases medias traen moderación a la vida de los países. Son grupos que, pese a sus problemas, tienden a hallarse integrados. Además, lo más importante: coinciden con la expansión de una cierta plenitud existencial, muy distante del hambre y el frío.
Esos nuevos grupos plantean también una exigencia relevante, que pone bajo presión a los sistemas políticos y económicos. Se les ha de garantizar ciertas condiciones comunes y razonables de existencia (extensibles, por cierto, a los más pobres y a los sin la fuerza para manifestarse).
Dado el paso que los aleja de la pobreza material y cultural, los nuevos grupos medios mantienen el miedo a volver a una condición no sólo de precariedad, sino vergonzante. Esas inquietudes tienen el carácter abismal que adquieren los asuntos humanos cuando se ha traspasado la dimensión de lo necesario y se ha comenzado a respirar el aire de la distancia y la dignidad social del que goza la burguesía.
El “facho pobre” no es un aguerrido fascista. No es “facho”. Y aspira a un modo de existencia y a un reconocimiento que, en principio, no se distingue del asumido por sus floridos críticos, sólo que sabe, en concreto, de dónde viene y el abismo sobre el que se cimbra su trabajosamente conseguido estatus. No es, en verdad, ya “pobre”.

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