Carlos Peña: “La tensión entre liberalismo y conservadurismo es la clave de la futura fisonomía de la derecha”

Asegura que en su primer mes en La Moneda, Sebastián Piñera ha liderado un gobierno “más político” que en su anterior mandato, aunque aún está por verse cuál será el sello de su administración.


A la hora de analizar el primer mes del Presidente Sebastián Piñera en La Moneda, el rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña, subraya que, a diferencia de su primer mandato, hay menos énfasis en “la eficiencia, el 24/7 y las parkas rojas” y más preocupación de “construir una agenda que haga sentido en la ciudadanía”. Dichos que apuntan a destacar el carácter “más político” de una gestión que, según el abogado columnista de El Mercurio, podría verse amenazada por un conservadurismo que, acusa, “a estas alturas resulta un simple error intelectual”.

¿Qué impresión general le deja el primer mes de este gobierno de Sebastián Piñera?
Hay cosas que se han señalado y vale la pena subrayar: se trata, desde luego, de un gobierno más político que el primero. Decir que es más político es también decir que se trata de un gobierno que, hasta ahora, parece menos centrado en la personalidad del Presidente y más en los partidos; menos en sus desplantes a menudo circenses, y más en las ideas y propósitos; menos en la simple apelación a la eficiencia, el 24/7 y las parkas rojas, y más preocupado en cambio, al menos hasta ahora, de construir una agenda que haga sentido a la ciudadanía. Tengo la impresión de que el Presidente Piñera esta vez está siendo más consciente del papel que posee: ser el único Presidente de derecha reelecto en lo que pudiera llamarse la historia política del siglo XX y lo que va del XXI y, por lo mismo, uno que debe estar a la altura de esa circunstancia. Pero, claro, un mes es demasiado poco tiempo para saber si lo logrará, hasta ahora el conservadurismo parece empeñado en impedírselo.

¿Hay un sello, una identidad que ya se pueda percibir en estas primeras semanas?
No lo advierto, y si hay el empeño por poseer uno, parece más bien débil. Hasta ahora parece ser un “gobierno de agenda”, por llamarlo así, un gobierno que enarbola temas, cuya identidad anhela ser radicada en temas que se juzgan urgentes, como infancia, seguridad, etcétera; pero es probable que la construcción de un sello requiera algo más. Finalmente el sello de un gobierno debe ser algo que apele a la ciudadanía, no es una simple marca que lo haga reconocible. Y, por supuesto, lo que el gobierno de Piñera no debe hacer, en mi opinión, es intentar encontrar un sello de lo que tradicionalmente se entiende por derecha: alergia al Estado, creencia de que la política se agota en la eficiencia, etcétera. Tengo la impresión que los temas tradicionales de la derecha -desde el conservadurismo moral a la alergia al Estado- no tienen espacio hoy en la sociedad chilena. Y la razón del triunfo de Piñera fue que al menos en la campaña los olvidó. Y en vez de eso hizo un esfuerzo de reconocimiento a los nuevos grupos medios.

¿Le parece correcta la apuesta de Piñera por convocar a cinco grandes acuerdos nacionales, mediante comisiones de trabajo integradas por expertos y parlamentarios?
Recuerdo que en la literatura a esos esfuerzos suele llamárselos “democracia consociacional” o algo semejante. La expresión es de Arend Lijphart. Ese tipo de democracia tiende a relativizar a la regla de la mayoría y Lijphart mostró que era eficaz en sociedades atravesadas por varios clivajes y donde no hay muy fuertes consensos básicos. Entonces las fuerzas políticas hacen esfuerzos por avanzar mediante acuerdos cruzados, esgrimen el consenso como la regla de oro de la política y eluden los temas radicalmente conflictivos. En otras palabras, ese tipo de estrategias buscan el acuerdo por fuera de las instancias donde impera la regla de la mayoría y tienen por objeto relativizarla, a pesar de que se presentan eufemísticamente como trabajo prelegislativo. En algún sentido esa fue la estrategia con que se gobernó Chile a comienzos de la transición -el propio Piñera la lideró en su sector- y tenía por objeto evitar la confrontación que ponía en peligro el sistema ¿Es eso de veras necesario ahora? No del todo. Por supuesto el diálogo siempre es necesario en la democracia, pero a condición de que no sea una forma de suprimir la política y de relativizar la regla de la mayoría.

En términos políticos, la convocatoria ha recrudecido las diferencias en la extinta Nueva Mayoría y en el Frente Amplio. ¿Hay posibilidad de rearme de la oposición en el corto plazo?
Mire, el problema de la política hoy en Chile no es que la oposición no se haya rearmado o tenga dificultades para hacerlo. El gran problema hoy es la pérdida de sentido que experimenta la izquierda, especialmente la de tinte socialdemócrata, que parece estar anonadada por una derrota que era obviamente previsible. Lo que hace falta entonces, más que una oposición -después de todo hacer oposición no es muy difícil-, es la construcción de una alternativa que haga de la izquierda o la centroizquierda un sector no solo capaz de moralizar la vida pública, reduciéndolo todo a ambiciones, abusos, voracidad por el lucro, etcétera, sino capaz de interpretar y brindar reconocimiento a los nuevos grupos que configuran la estructura social chilena, a esas fuerzas soterradas que las animan y que hasta ahora, si bien de manera superficial, la derecha está haciéndolas suyas. Ese es el problema principal hoy día, no hacer oposición sino erigir una fuerza política con sentido, no un simple conglomerado capaz de movilizar intereses o alentar quejas, sino una fuerza política capaz de orientar las voluntades de largo plazo.

Los primeros problemas del gobierno han estado vinculados a la denominada “agenda valórica”. La Moneda, en un principio, evitó fijar postura sobre un debate que ha marcado la agenda pública, como lo es la ley de identidad de género. ¿Qué refleja esa posición, que luego corrigió, respecto al proyecto político que busca implementar Piñera?
Bueno, era muy previsible. El gran problema de la derecha es ese conservadurismo que a estas alturas resulta un simple error intelectual. Con todo, los últimos acontecimientos -a propósito de la ley que permite el cambio de sexo registral- han mostrado que Piñera tiene la voluntad de no permitir que el conservadurismo modele la llamada “agenda valórica”. Esa tensión entre una orientación más liberal y el conservadurismo es la tensión básica de la derecha, y en la manera en que se resuelva está la clave de su futuro. Una derecha que piense que la tarea de la política es tutelar la intangibilidad de un cierto orden natural no tiene ningún futuro. Pero no cabe duda que para parte de la derecha ese conservadurismo que no tiene que ver con la legitimidad de su forma de vida, sino con el propósito de que inspire la ley que atinge a todos, es casi parte de su identidad. En Chile la derecha está teñida de un conservadurismo que ha llegado a ser casi identitario, aunque tengo la impresión que está en retirada. Como casi siempre ocurre, las nueva generaciones contribuirán a ello.

Los detractores de la iniciativa dicen que el tema no es prioritario, que no está en el programa de gobierno y que afecta a un universo reducido de personas. ¿Son razones suficientes para que el gobierno se margine de fijar una definición?
Obviamente que no, por varios motivos. Desde luego, es absurdo pretender que lo que no está en el programa debe ser excluido. Algo así recuerda las peores torpezas en que incurrió el gobierno de la presidenta Bachelet: conferirle al programa el carácter de un contrato sacro, inmutable frente a la evidencia y las nuevas circunstancias. Y el argumento de que afecta a un número pequeño de personas es una tontería y una muestra de ignorancia: los derechos básicos (porque de eso se trata en este caso) están para proteger a las minorías. La libertad de expresión existe para decir cosas que a la mayoría le molestan, la no discriminación para que las minorías y el individuo no sean normalizados por lo que la mayoría juzga mejor o correcto. En suma, que se trate de minorías es justo la razón de por qué hay que ocuparse de ello.

Este debate da cuenta de que la derecha conservadora sigue siendo fuerte, y que los liberales no logran contrarrestarlos del todo. ¿Cuánto puede complicar ese escenario a Piñera?
Ya le dije: la tensión entre el liberalismo como disposición a comprender los cambios culturales de la modernidad y el conservadurismo como la voluntad de sujetarlos o resistirlos, es la clave de la futura fisonomía de la derecha, y cómo se resuelva determinará la capacidad que tenga de interpretar de veras a las mayorías. Pero esa tensión durará harto tiempo todavía y no es fácil resolverla. La derecha, y también parte de la izquierda, suelen estar animadas por creencias más que por razones.

¿Coincide con quienes perciben a un Piñera más derechizado que lo que expresó en campaña, o incluso que lo que su propia historia política ha revelado?
Bueno, sorprenderse porque Piñera se comporta como de derecha es bien absurdo ¿Acaso esperaban que fuera de pronto de izquierda o de centroizquierda? No, Piñera es de derecha. Lo que ocurre es que la derecha está mostrando la complejidad que la constituye y en cuya resolución radica su futuro. Los rasgos que hacen de Piñera un sujeto de derecha son una cierta forma de concebir la vida social como un ámbito entregado ante todo a la familia, y en el espacio público a los incentivos; la creencia de que la eficiencia es un valor final; concebir la política social como animada por un espíritu compasivo y no por los compromisos de una sociedad universalista donde cada uno tiene título para ciertos bienes básicos, etcétera. En todo eso Piñera es de derecha.

El diseño de gobierno de Piñera privilegió el protagonismo de un círculo de estrecha confianza personal. ¿Qué refleja eso respecto al tipo de gobierno que busca impulsar Piñera? ¿Qué riesgos conlleva un modelo de este tipo?
Bueno es un rasgo propio de la derecha, y una parte central de los defectos que exhibe, una cierta endogamia y la construcción de confianzas, más que en torno a un proyecto político, en derredor de los negocios y la comensalidad. En eso Piñera no es una excepción. Desde ese punto de vista la derecha no es muy moderna: la modernidad exige una cierta confianza abstracta en las reglas y los procesos, no fundar la confianza en la experiencia personal o familiar.
Piñera ha explicitado que uno de los objetivos de su segundo gobierno es proyectar a la derecha en el poder. Tanto él como sus ministros y adeptos hablan de estar ocho o doce años en La Moneda.

¿De qué depende que eso se concrete?
Bueno, convengamos, mal que nos pese, que la oportunidad la tiene, especialmente por la falta de una izquierda capaz de ponerse a la altura de las transformaciones de la sociedad chilena. Pero para lograrlo requiere interpretar a los nuevos grupos medios, conferir reconocimiento a ese nuevo sujeto de la vida social chilena. Lo he dicho varias veces. Si el siglo XX tuvo por objeto la llamada “cuestión social”, consistente en incorporar al proletariado a la estructura social y reconocer sus intereses, en el siglo XXI el desafío es una nueva cuestión social: el viejo proletariado son hoy los nuevos grupos medios cuyas trayectorias vitales e intereses son los que hay que incorporar.

Educación

En Educación, la agenda ha estado marcada por la decisión del TC en torno al artículo 63 de la Ley de Educación Superior. ¿Qué le pareció el actuar del gobierno en esta materia? ¿Tenía margen para fijar una postura que no fuera tomar palco?
No, sería absurdo pedirle al gobierno que corrigiera o impidiera una decisión del Tribunal Constitucional. Si el gobierno pudiera hacerlo el Tribunal Constitucional dejaría de ser un Tribunal Constitucional. Y después de todo, no vale la pena engañarse: la decisión del Tribunal Constitucional, a mi juicio errada, era, con toda certeza, la que el gobierno anhelaba.

El fallo reabrió el debate en torno al rol del Tribunal Constitucional. ¿Se puede pensar en un TC distinto o derechamente en eliminar su existencia?
Mi opinión es que la existencia del control constitucional es razonable en una democracia; aunque de ahí no se sigue que él deba tener la fisonomía que hoy tiene el Tribunal Constitucional. El tribunal ha cometido en algunos de sus fallos un error severo. En vez de ser un “legislador negativo”, es decir un órgano que dice lo que no puede ser ley, en muchas ocasiones -como en el caso del Sernac o el reciente sobre el artículo 63- acaba en los hechos diciendo cómo deben configurarse las instituciones. Veo también en los miembros del Tribunal Constitucional una concepción algo exagerada de su propio papel. Las declaraciones del presidente Aróstica relativas al Poder Legislativo lo prueban.

¿Qué expectativas tenía con Gerardo Varela? ¿Qué impresión le ha dejado su debut?
Por supuesto no tenía expectativa alguna. En política las expectativas se tienen de los gobiernos, no de las personas. ¿Impresión de su primer mes? Misterio. Hasta ahora ha mostrado más sentido del humor que disposición a explicar sus ideas acerca del sistema educativo. Pero ya tendrá tiempo de hacerlo.

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