Ernesto Ottone

Ernesto Ottone

Reportajes

Ernesto Ottone: Ni bendito ni maldito

"Haría bien entonces el nuevo gobierno en tener en cuenta tanto las luces de la saliente administración para mantenerlas, mejorándolas por cierto, como sus sombras para corregirlas y alentar para ello amplios acuerdos con la oposición en el respeto de una sana adversidad democrática".


La democracia navega en aguas difíciles en el mundo, sus instituciones y reglas viven con dificultades los embates de los cambios vertiginosos de las nuevas tecnologías de la comunicación, de una economía incierta, de desigualdades crecientes y una geopolítica marcada por los conflictos.

Por ello deberíamos mirar con una cierta satisfacción la forma pacífica, serena y natural con la que se está efectuando en nuestro país el paso de un gobierno de una orientación política a otro de un signo diferente.

Los medios deben esforzarse para armar un espacio noticioso conflictivo en un ambiente estival, donde tanto los que se van como los que llegan han tomado vacaciones, para felicidad de los subrogantes.
Ello implica que más allá de problemas que acompañan siempre a la vida pública, existe una ausencia de tensión dramática que ridiculiza cualquier discurso catastrofista tanto sobre lo que está terminando como sobre lo que va a comenzar.

La democracia chilena enfrenta muchos desafíos , defectos y límites , pero posee la virtud cívica de contar con un amplio acuerdo ciudadano en torno a que el sistema democrático es y debe continuar siendo, con las mejoras necesarias, el lienzo donde se diseña el ejercicio del poder.

No tienen espacio en Chile aquellos que no aceptan la finitud de cada período presidencial y se ponen cargosos, como sucede en otras latitudes. Ello no es poco, ha sido el fruto de una construcción cuidadosa y sólida que ha generado el ánimo calmo con que se prepara la transmisión del cambio que se avecina.
Es en este marco que se deben analizar las virtudes y defectos del gobierno que encabezó la Presidenta Bachelet durante estos cuatro años.

Más allá de su gestión, es necesario decir que fueron años difíciles, con un mal ciclo económico y en los cuales cristalizó una crisis de confianza ciudadana, al igual que en otras democracias en el mundo, provocadas por el conocimiento público de hechos de corrupción y abusos en instituciones públicas y privadas que generó un creciente desprestigio tanto en el ámbito público como en el societal. Uno de esos escándalos estalló demasiado cerca de la Presidencia, dañando su imagen.

Estos problemas no son atribuibles a la voluntad gubernamental, pero le complicaron la tarea y no siempre fueron enfrentados con la eficacia requerida.

Al finalizar el gobierno, por más buena voluntad que se tenga, es difícil considerar que está terminando del todo bien, al menos en lo que respecta a su gestión política.

Lo hace con su coalición de apoyo desarmada, reducida y con la moral muy baja, con un modesto apoyo ciudadano, pues las mediciones poselectorales, si bien muestran una cierta mejoría, suelen reflejar una suerte de bonhomía de la opinión pública por lo que ya no existe, son como los elogios al difunto y no dicen mucho sobre el apoyo a la gestión del gobierno. Para empeorar la situación, coincide con una pelotera entre instituciones públicas a las que no estábamos acostumbrados.

De allí que Ni bendito ni maldito, nombre con el que se presentó en Chile la película clásica Elmer Gantry, dirigida en 1960 por Richard Brooks, pueda ser un título adecuado para sintetizar la acción del gobierno que concluye.

No puede dejar de ser crítico el balance de un gobierno que comienza su gestión con una mayoría cómoda, con una oposición de la derecha muy debilitada y con una coalición, al menos en apariencia, más amplia que los anteriores gobiernos de centroizquierda y que termina con una correlación de fuerzas completamente inversa.

Si concordamos en que las reformas propuestas por el gobierno eran necesarias, lo que falló para explicar tan pobre resultado hay que buscarlo más bien en el cómo se llevaron a cabo, en el espíritu con que se impulsaron, en la metodología utilizada para el cambio.

Es claro ahora que hubo una cierta bulimia de propuestas que atentó contra la rigurosidad y la calidad de los proyectos.

Un exceso del verbo acompañado de la impericia del acto provocó idas y venidas, incertidumbres innecesarias, inseguridades en la ciudadanía, incluso en quienes serían directamente beneficiados.
Ello abarcó buena parte de la puesta en práctica de la reforma de la educación, la reforma tributaria y también en otras iniciativas que provocaron un ruido de truenos ensordecedores, pero a los cuales no siguió ningún relámpago o apenas una lucecita de luciérnaga sin trascendencia.

En algunos momentos parecía que más que una estrategia de gobierno se trataba de abutagar al Congreso con un abigarrado número de propuestas a ser acumuladas de manera contable.

Todo ello fue debilitando la acción del gobierno, los intentos de cambio se estrellaron contra una cierta tozudez discursiva menos sensible a las reales preocupaciones ciudadanas y más preocupada de las presiones de la izquierda radical de fuera y dentro del gobierno, cuya lealtad en el primer caso nunca existió y en el segundo se ha vuelto cada vez mas lábil.

Todo lo anterior ensombreció las conquistas y logros reales del gobierno. Se podría discutir sobre lo acertado o no de la gratuidad universal de la educación, pero la gratuidad progresiva, ya lograda para estudiantes que la requieren, mejoró sus vidas. El sistema electoral que hoy tenemos es más abierto y competitivo. La fiscalidad, más allá de sus aspectos barrocos, es hoy más progresiva que ayer. Se ha avanzado en una sociedad más igualitaria y secular, y si bien al desarrollo económico le faltó atención y centralidad, aspectos como el de una política energética avanzada perdurarán en el futuro. Por supuesto, la lista de aciertos sectoriales es más larga.

No es justa la visión de que este gobierno dejó a Chile al borde del abismo, como tampoco aquella que considera que mas allá de su discurso este gobierno continuó, en lo esencial, la administración de aquello que los doctrinarios de todo tipo denominan “el modelo”, como si tal cosa existiese como una realidad monolítica e intransformable. Ello no ha sido así bajo este gobierno, como no lo ha sido bajo ningún gobierno de la centroizquierda en relación a los desafíos que les correspondió enfrentar a cada uno de ellos en su período.

Lo que ha quedado más a maltraer después de este gobierno, producto de su ilimitada ambición y limitada destreza, ha sido el concepto mismo de un proyecto reformador que perdió prestigio y debe ser completamente repensado y reconstruido para retomar una empatía con la ciudadanía.

Ello requiere una renovación profunda, que por el momento no se percibe en los discursos partidarios, más bien se ve desorientación e intenciones inútiles de pegamentos aritméticos.

Sin embargo, el país que recibe el nuevo gobierno, con todos sus problemas y dificultades, continúa siendo un país vigoroso y consolidado en su progreso, con una opinión pública mayoritariamente sensata y alejada de los extremos.

Haría bien entonces el nuevo gobierno en tener en cuenta tanto sus luces para mantenerlas, mejorándolas por cierto, como sus sombras para corregirlas y alentar para ello amplios acuerdos con la oposición en el respeto de una sana adversidad democrática.

“Dixit et salvavi animan meamm” (lo dije y salvé mi alma), escribió Marx al finalizar su crítica al programa de Gotha.

Sus críticas diferían en mucho de las mías en su importancia y contenido, pero su cita latina me viene como anillo al dedo.

Seguir leyendo