Ernesto Ottone

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Reportajes

Columna de Ernesto Ottone: ¿Y si la socialdemocracia no estuviera muerta?

Son muy pocos los campos donde los países con una fuerte influencia socialdemócrata no están a la cabeza de la convivencia humana. Por lo tanto muerta, lo que es muerta, no está.

Ese es el subtítulo en castellano de un libro pequeño pero sustancioso editado el año pasado en Francia que estudia la experiencia sueca y lleva por título El modelo sueco, escrito por Wojtek Kolinoswsky.

Ese libro hace un análisis meticuloso del recorrido de la socialdemocracia sueca que se mantuvo en el gobierno de manera ininterrumpida y democrática entre 1932 y 1976 para regresar al gobierno entre 1982 y 1991, después entre 1994 y el 2006 para volver a ser elegida nuevamente en el año 2014 hasta hoy.

Suecia en ese periodo histórico pasó de ser una sociedad todavía pobre, rural y desigual a una sociedad avanzada moderna e igualitaria, con altos niveles de confianza que privilegia el diálogo al enfrentamiento y con una gran capacidad de adaptarse a los cambios de las relaciones sociales.

El subtítulo del libro es particularmente interesante porque hay diversos pensadores y analistas muy respetables que consideran que la socialdemocracia que tantos méritos acumuló en la historia europea contemporánea está prácticamente sin vida, apenas subsistiendo o al menos que perdió su “impulso propulsivo”, como dijo con elegancia Enrico Berlinguer, el gran político italiano refiriéndose a comienzo de los años ochenta a la Unión Soviética y los socialismos reales, los cuales se desmoronarían pocos años después.

Alguna razón tienen los que así piensan si miramos el mapa del poder político europeo.

Es evidente que los partidos políticos socialdemócratas o socialistas que reconocen sus raíces históricas en la versión reformadora del movimiento obrero de fines del Siglo XIX no están pasando por su mejor momento.

La crisis financiera del 2008 a la que en Europa se sumó la crisis de la deuda pública tuvo un efecto nefasto para esos partidos, sobre todo los que estaban en el poder, pero también para los que encabezaban la oposición.

Ellos habían retomado fuerzas a fines de los años noventa después de haber perdido relevancia a manos de la revolución conservadora de los ochenta.

La “tercera vía” les había dado un impulso para ponerse al día con los cambios ocurridos en la economía mundial y adecuar el Estado de Bienestar a las nuevas realidades.

Sin embargo, cegados por el ciclo positivo de crecimiento económico fueron incapaces de visualizar y detener el proceso de desregulación financiera que acunó la crisis, y pagaron duramente por ello.

Prácticamente desaparecieron en Grecia y en varios países del este europeo, perdieron fuerza en España, en Austria y en Alemania.

Después de diversos avatares lo hicieron también en Italia y Francia, y la lista de derrotas es demasiado larga para enumerarlas una a una.

Todavía no sabemos cuán sólido es el actual repunte en Inglaterra y Portugal.

Donde están mejor parados, sin estar del todo indemnes, es en los países nórdicos, donde han jugado históricamente un papel central en la construcción de un Estado social que ha conjugado virtuosamente una economía de mercado, niveles altísimos de libertades individuales, conquistas civilizatorias, un buen funcionamiento del aparato público y sociedades igualitarias.

Son muy pocos los campos donde esos países, con una fuerte influencia socialdemócrata, no están a la cabeza de la convivencia humana.

Por lo tanto muerta, lo que es muerta, no está, aunque tampoco tiene una salud rozagante, sino más bien luce algo macilenta y mustia.

Pero esta realidad marchita no es exclusiva de ella, los problemas que presenta la socialdemocracia son en parte los que atraviesan todos los partidos del arco democrático, socialcristianos, liberales o conservadores, y responden a la crisis de la representatividad en la era de la información.

Era en la cual se generan los cambios en la tecnología de la comunicación que permiten al ciudadano ejercer una suerte de democracia continua al poder intervenir en cualquier momento y desde cualquier lugar para manifestar sus opiniones, desacuerdos, emociones y broncas al margen de los canales institucionales, disminuyendo así el rol de los partidos políticos.

Ello hace que estos vean debilitado su rol de mediación y sean desbordados por movimientos efímeros, por las redes sociales, o formas varias de populismo, personalismos y mesianismos, que interpretan estados de ánimos más bien pasajeros y no generan corrientes de opinión y lealtades más constantes en el tiempo.

Si a ello sumamos los defectos que estos partidos han ido acumulando en prácticas malsanas, corporativas y corruptas que perjudican la confianza social, podemos explicarnos la situación actual que abre las puertas a los populismos de izquierda y derecha.

La decadencia socialdemócrata es entonces parte también de la decadencia más general del “ethos democrático”.

Ahora, en lo que concierne más específicamente a la socialdemocracia, habría que reseñar la particular fuerza con que la afectó el fin de la sociedad industrial, la caída de la significación política del sujeto obrero y del sindicalismo, con quien tuvo una relación simbiótica desde su surgimiento, sobre todo en los treinta años gloriosos de la postguerra.

En verdad esa socialdemocracia de la sociedad industrial ya no tiene bases para reproducirse como tal en el futuro.

Ella “o algo que se le parezca”, como decía el gran historiador inglés Tony Judt, sólo tendrá sentido si es capaz de interpretar a un sector suficientemente amplio de la ciudadanía y encontrar las respuestas adecuadas a un mundo que cambia vertiginosamente, pero que crecerá de manera más incierta que en el pasado con nuevos desafíos como los problemas derivados del envejecimiento de su población, las desigualdades que tienden a acrecentarse, aun cuando la pobreza tienda a bajar; la existencia de una mayor individuación y una nueva realidad donde los aspectos culturales y éticos constituirán un eje muy central de la acción social. Un mundo donde el cambio climático y sus efectos ya están instalados y en el cual no sabemos los efectos laborales y societales que generará la digitalización, la robotización y las biotecnologías.

¿Por qué pensar en la socialdemocracia o “algo que se le parezca”, incluyendo experiencias como la de Macron en Francia, como una componente importante y deseable de alternativa política para construir el futuro?

Hay razones históricas para pensarlo. Si bien la socialdemocracia tiene como toda fuerza política con una larga vida páginas poco gloriosas, también está ligada a las conquistas más importantes alcanzadas en el plano democrático, en la protección de los derechos humanos y el impulso de los derechos sociales. Su balance en el logro del bienestar económico también es notable.

Pero al margen de ello, hay algo de esa experiencia que se mantiene extremadamente actual y dice relación con el método político, que se requerirá en el futuro para producir cambios que expandan la libertad individual, y la igualdad social de manera pacífica, libre y reforzando la democracia.

Lo que está vivo y resiliente de cara al futuro es su opción por una metodología democrática y gradualista y un tono sereno para impulsar los cambios que prefiera amplios acuerdos a las polarizaciones y rupturas de la convivencia ciudadana.

Esa es la madre del cordero.

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