Héctor Soto

Héctor Soto

Abogado por formación y periodista por oficio, ha ejercido por décadas la crítica de cine y fue editor de las revistas Capital, Mundo Diners y Paula. En la actualidad es editor asociado de Cultura de La Tercera y también columnista político del diario. Dirige el Diplomado de Escritura Crítica de la UDP y es panelista del programa Terapia Chilensis de radio Duna. Es autor del libro "Una vida crítica" (Ediciones UDP, 2013).

Reportajes

Pasaje de vuelta

Hasta aquí, Piñera está haciendo un gobierno congruente con su perfil de político centrista. Desde la ortodoxia, la acusación recurrente es que la derecha no sabe defender sus posiciones y que termina claudicando siempre ante la izquierda. Lo que cuesta entender son las expectativas de que Piñera sea el hombre llamado a dar esa pelea, porque nunca fue la suya y él tampoco prometió que lo sería ahora.

Posiblemente, el factor que más está descolocando a la izquierda en la actualidad es que Sebastián Piñera no está haciendo un gobierno ortodoxo de derecha. Se puede entender su desconcierto y decepción si eso es lo que esperaba y quería. Hoy por hoy, incluso, son más abundantes las críticas que se le hacen a La Moneda desde las huestes de José Antonio Kast por no ser lo bastante derechista en temas, por ejemplo, de impuestos o de familia, que las que se le puedan formular desde la lógica de posiciones moderadas.

Que esto sea una incomodidad y una sorpresa para la izquierda anclada a lo que fue la Nueva Mayoría no habla más que de la fuerza que alcanzaron los ideologismos en el gobierno anterior. Porque el Presidente, después de todo, no ha cambiado mucho. A diferencia de Bachelet, que entre su primera administración y la segunda tuvo un vuelco espectacular, Piñera sigue siendo el mismo. En toda su trayectoria pública, Piñera fue siempre más bien un político de centro que, no obstante haberse asociado a la derecha en los inicios de la transición (porque coincidía con ella en materias de orden, de iniciativa privada, de estado de derecho y en un cierto conservadurismo cultural), nunca puso en duda sus convicciones sobre el rol regulador del Estado en la economía, sobre la pertinencia de la solidaridad como factor necesario para la cohesión social o respecto de la necesidad de generar consensos políticos amplios, con grupos ciudadanos de pensamiento muy distinto al suyo.

Hasta aquí el gobierno ha sido congruente con ese perfil. Desde la ortodoxia, la acusación recurrente es que la derecha no sabe defender posiciones y que termina claudicando siempre ante la izquierda. Lo que cuesta entender son las expectativas de que Piñera sea el hombre llamado a dar esa pelea, porque nunca fue la suya ni tampoco prometió que lo sería. La gente lo intuye bien y eso explica, entre otras cosas, no solo que el Presidente tenga -por el lado de la mayoría moderada- un importante respaldo a su gestión, sino también que hoy José Antonio Kast -en la derecha más dura- esté niveles crecientes de popularidad en estos casi tres meses de gobierno. Una pregunta válida que el gobierno ya debe estar haciéndose es en qué momento el factor Kast podría representar una amenaza para la gobernabilidad, especialmente dentro de su coalición. Piñera tiene todavía a este respecto un margen de acción que no es menor, pero basta ver las tensiones que han generado en Chile Vamos cuestiones como la identidad de género o adopción homoparental para entender que el problema existe y está presente.

La agenda central del gobierno, sin embargo, no va por ahí. Va por temas que interpretando mucho a la derecha clásica -como la exhortación a los jueces a poner lo suyo en la lucha contra la delincuencia, como la revalorización del trabajo de Carabineros, como el imperativo de retomar el crecimiento después de cuatro años funestos- responden también a varias de las prioridades que tiene la ciudadanía cuando se le pregunta sobre los principales problemas del país. Mientras esa convergencia de puristas y ciudadanos impacientes se mantenga, Piñera no va a tener ningún problema en hacer un gobierno claramente de derecha. Pero cuando en la sociedad soplen otros vientos, como ocurre, por ejemplo, con las demandas de equidad de género o con el nuevo trato para los deudores del CAE, materias que no son parte del núcleo central de las convicciones de la derecha tradicional, está claro que el Presidente irá mucho más allá del repertorio consabido del sector.

¿Pragmatismo, oportunismo político, necesidad un tanto compulsiva del Presidente de estar en todas? No hay que descartarlo. Todas las preguntas son válidas. Pero lo que está presente en La Moneda, mucho antes que todo eso, es un imperativo mínimo de realismo, sobre todo cuando el país viene saliendo de cuatro años refundacionales y mesiánicos y que dejaron al país peor de lo que estaba. Así lo dicen las cifras y los hechos. Y lo que está haciendo Piñera, a partir de ahí, es lo mismo que se le encargó en la campaña: retornar al sentido común, abstenerse de ideologismos, abandonar el espíritu de secta y volver a sintonizar, a reconciliar, lo que Bachelet separó y separó incluso con espíritu misional: la acción gubernativa de las grandes prioridades nacionales. Piñera ahora va por acabar con esa brecha y quiere poner al gobierno donde la gente quiere que esté. Su programa no es mucho más que eso. Y tampoco menos. A estas alturas del partido, con el vacío de liderazgos políticos que existe y con el desprestigio mundial en que ha caído la política, es difícil que los países puedan ir adonde sus mayorías no quieran llegar.

Es verdad que hay poca carga épica, poco relato, en este cometido. Eso, no obstante, se sabía de antes: el pasaje de vuelta al realismo nunca asegura un viaje especialmente electrizante o conmovedor. Lo que son electrizantes son las fugas, las locuras, las compulsiones por cambiarlo todo partiendo de cero. El trabajo que viene después es aburrido, plomo y poco glamoroso. Como lo muestran las experiencias de Macron en Francia o de Macri en Argentina, en escalas y circunstancias que desde luego son muy distintas de la nuestra, los países que se asoman al precipicio necesitan después algún tiempo para reconstituirse, para poner la casa en orden, para solucionar problemas apremiantes que, en la situación de Chile, tienen nombre y apellido: el Sename, la delincuencia, la justicia penal adolescente, las listas de espera del sistema de salud, el rezago de los indicadores sociales y económicos del mundo indígena, el control de la inmigración, el deterioro de la educación pública toda vez que es capturada por grupos radicalizados. En estos temas el país se está jugando el futuro. No en los temas donde ahora la oposición pasa el frío: una acusación constitucional en curso, la curiosa reaparición de Ponce Lerou de SQM y, por supuesto, la heroica defensa y custodia del legado.

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