Las esquirlas del paso de Scicluna sobre el círculo de hierro de Karadima

Dicen que la intención del obispo de Osorno de dejar la diócesis es irrevocable y que, incluso, el Papa Francisco tiene por tercera vez su carta de renuncia sobre la mesa. Pero Juan Barros no está solo en este escenario. Después de la visita del arzobispo de Malta a Chile para evaluar su situación, el Vaticano también tendría en la mira a los otros obispos del círculo más íntimo de Karadima. Aunque la decisión final es del Papa, ellos, junto a Barros, podrían ser los protagonistas de un terremoto sin precedentes en la Iglesia chilena.


Su sonrisa no permitía adivinar que la crisis era inminente. Cerca de las 10.30 horas del 16 de enero, ante las 400 mil personas que llegaron hasta el Parque O’Higgins, y los otros miles que seguían la transmisión por televisión abierta, con su sotana impecable y su mitra sobre la cabeza, el obispo Juan Barros apareció. Y se mantuvo así, cerca del Papa, durante toda su visita.

Pero el obispo no calculó que su presencia desataría un huracán al interior de la Iglesia Católica chilena. Barros, cercano a Fernando Karadima y fuertemente resistido en su diócesis, Osorno, por ese vínculo, se convirtió en el verdugo de una gira planificada con años de anticipación. No solo opacó al Papa en su primera visita a Chile. Se convirtió, además, en el detonador de la crisis que hoy remece a la institución y en el hombre que volvió a poner el foco en el controvertido caso Karadima.

Mañana lunes comienza en Punta de Tralca la 115° Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal chilena, en la que obispos y arzobispos esperan abordar temas como el rol de la Iglesia o el Congreso Eucarístico. Pero ninguno de esos será el tema principal, ya que el obispo de Osorno se encargó de marcar la nueva hoja de ruta de la Iglesia en Chile.

No solo Barros está en cuestión. Tanto en Santiago como en el Vaticano se sabe que las decisiones que debe tomar el Papa en las próximas semanas son cruciales e incluso podrían modificar el mapa de poder de la Iglesia chilena. En las manos de Francisco ya está el informe del arzobispo de Malta, Charles J. Scicluna, que puede sellar no solo el futuro del obispo de Osorno. Paradójicamente, Barros hoy puede arrastrar con él -sea cuál sea su futuro- a los otros sacerdotes que crecieron al alero de Fernando Karadima.

El Bosque de Scicluna

Fueron más de 20 los encuentros que se realizaron en la casa de la Nunciatura Apostólica, en Monseñor Sótero Sanz, en Providencia. Todo apenas un mes después de la polémica aparición de Barros durante la visita del Papa a Chile, quien no dudó en defender al obispo y el mismo que, luego de 12 días, nombró a Scicluna -arzobispo de Malta y “promotor de justicia” de la Congregación para la Doctrina de la Fe- como enviado especial del Vaticano para recopilar antecedentes sobre el caso del obispo de Osorno.

Desde el 20 de febrero pasado, el arzobispo maltés y el sacerdote español y notario eclesiástico, Jordi Bertomeu, escucharon testimonios contra el hoy obispo de Osorno como supuesto encubridor de Karadima. Primero fue el turno de James Hamilton y al día siguiente el de José Andrés Murillo, quien debió entrevistarse con Bertomeu, luego de que el sacerdote maltés debiese ser internado por complicaciones a la vesícula. Tres días antes, en una parroquia de Nueva York, Scicluna había entrevistado a Juan Carlos Cruz, otra de las víctimas de Karadima. En las reuniones se repitieron tres nombres conocidos en la parroquia de Providencia: Horacio Valenzuela, Tomislav Koljatic y Andrés Arteaga.

La coincidencia no parecía extraña, dado el paso de Hamilton, Murillo y Cruz por la parroquia de El Bosque. Eso, hasta que el 21 de febrero pasado los representantes de los Laicos y Laicas de Osorno cruzaron la puerta verde de la Nunciatura, cada uno con un archivador lleno de papeles. Mil 500 páginas con estadísticas y testimonios acerca de Barros. Pero también había otros documentos. Entre ellos, antecedentes aportados por los Laicos de Talca y Linares que apuntaban a los obispos de sus respectivas diócesis, Horacio Valenzuela y Tomislav Koljatic.

Con todas las declaraciones, Scicluna tenía todas las piezas de un puzzle mucho más grande. Que partía con Barros y terminaba por armar el mapa completo alrededor del mismo personaje que, en 2010, había causado estragos en la Iglesia chilena: Fernando Karadima.

Tanto Barros como los otros tres actuales obispos se formaron en El Bosque y fueron parte de la Pía Unión Sacerdotal, un grupo que funcionaba al alero de la parroquia y que era reconocido por formar vocaciones sacerdotales. En 2012, y luego del escándalo por el caso Karadima, fue disuelto. Pero su plan de sucesión ya estaba andando y 55 de sus sacerdotes eran parte del clero. Cuatro de los más cercanos al ex párroco, incluso, se habían convertido en obispos.

El primero fue Horacio Valenzuela, quien en 1995 fue ordenado como obispo auxiliar de Santiago por Juan Pablo II. Y que en 1996 llegó al Obispado de Talca, donde sigue hasta hoy. El turno del actual obispo de Linares, Tomislav Koljatic, llegó en 1997: primero como obispo auxiliar de Concepción, luego como titular de la misma ciudad. En 2003 fue trasladado a Linares. Pero el caso más peculiar fue el de Andrés Arteaga. El más joven de los cuatro protegidos de Karadima tuvo una carrera meteórica en el clero: después de ser vicario de la Iglesia de El Bosque, y con apenas 42 años, se convirtió en obispo auxiliar de Santiago.

Cuando estalló el caso Karadima, en 2010, Arteaga fue el primero en defenderlo públicamente. Koljatic y Valenzuela, por su lado, enviaron cartas al Vaticano intentando demostrar la inocencia del sacerdote. Pero el caso quedó zanjado el 18 de febrero de 2011, cuando Karadima fue hallado culpable por el Vaticano -por abusos sexuales violentos a menores y abuso de poder otorgado por la potestad eclesiástica- y sentenciado a una vida de retiro en oración y penitencia, que hoy cumple en el Hogar San José, en Lo Barnechea. Dentro de las acusaciones que hicieron las tres principales víctimas del ex párroco -Hamilton, Murillo y Cruz- se apuntaba precisamente a los cuatro obispos de su círculo íntimo como testigos de los abusos.

Ocho años después, luego de la polémica de Barros, el núcleo de hierro de Karadima vuelve a estar en la mira.

El 20 de marzo, Scicluna le entregó personalmente al Papa Francisco su informe. El documento es clave, pero no solo por el futuro de Juan Barros. Fuentes que conocen el caso aseguran que hay, al menos, unas cuantas páginas dedicadas a la ya disuelta Pía Unión, de la que eran miembros estelares Valenzuela, Koljatic y Arteaga. Scicluna se interesó tanto en la influencia del ex párroco que incluso cercanos a su entorno familiar rindieron testimonio ante el arzobispo de Malta, entre ellos uno de los hermanos de Karadima y un sobrino sacerdote.

Scicluna ha estado a cargo de más de 3 mil investigaciones canónicas contra sacerdotes. En los pasillos del Vaticano se comenta que es un investigador decidido. Lo que dicen altas fuentes eclesiásticas chilenas lo confirman: después de escuchar sus nombres, Scicluna pidió reunirse con los obispos de Talca y Linares. Pero solo Horacio Valenzuela aceptó la invitación.

La principal recomendación que se comenta le haría el arzobispo de Malta al Papa Francisco tiene a parte del clero chileno y sus asesores inquietos. Cercanos a las más altas autoridades eclesiásticas explican que no será sutil. Es más: se están preparando para un remezón. Scicluna no solo sugeriría la petición de renuncia de Barros, sino también las de Horacio Valenzuela y Tomislav Koljatic. Y aunque ha sido nombrado, el obispo auxiliar de Santiago, Andrés Arteaga, no es parte del plan, debido a su mala condición de salud por el parkinson que padece desde hace años y que lo tiene alejado de sus labores.

Si las recomendaciones de Scicluna finalmente son aceptadas por el Papa, con Barros, Valenzuela, Koljatic y Arteaga fuera del clero chileno, se acabaría el capítulo más controvertido de la Iglesia chilena y significaría el fin de la influencia del círculo de hierro de Karadima.

La soledad del obispo

Hace dos semanas, Charles Scicluna llegó a Roma, justo para el nombramiento de otro sacerdote maltés, Alfred Xuereb, como nuncio apostólico en Corea y Mongolia. Pero en los pasillos del Vaticano los rumores corren rápido y pronto se hizo pública la verdadera razón de su visita. El 20 de marzo, Scicluna, personalmente, le entregó a Francisco su informe sobre la situación de Barros. Además, había documentos sobre otros supuestos casos de abusos por parte de sacerdotes chilenos.

Pero la verdadera sorpresa de Scicluna no eran ni el informe ni los documentos. Era una carta. Por tercera vez, Juan Barros presentó su renuncia al Papa. Sin embargo, y de acuerdo a fuentes eclesiásticas, esta vez Barros habría sido explícito en su deseo de que el Papa acepte su dimisión. Su tono, dicen, manifiesta que su intención de dejar la diócesis es irrevocable.

Francisco ha rechazado dos veces la misma presentación del obispo. La primera vez fue cuando estalló el caso Karadima y la segunda, cuando ya estaba en la diócesis de Osorno y se enfrentaba a las protestas. Si en las primeras dos ocasiones el hoy obispo de Osorno hizo el gesto, pero sin una pretensión real de dejar el puesto, cercanos a la jerarquía de la Iglesia de Santiago confirman que Barros está afectado por los rumores que circulan sobre la incomodidad que produce en el clero. El obispo habría cambiado su estado de ánimo y la carta buscaría sellar su salida de la diócesis.

La carta habría sido entregada durante la reunión que tuvo Barros con el arzobispo de Malta durante su visita a Chile y que se habría concretado en la Casa de las Obras Misionales Pontificias, justo al lado de la Nunciatura. Pero, como siempre, la decisión final sobre el futuro de Barros está en manos de Francisco.

Aunque desde su nombramiento como obispo la diócesis de Osorno se encuentra permanentemente en conflicto, luego de la visita de Scicluna ha habido un periodo de calma en la ciudad.

El 21 de marzo pasado se cumplieron tres años desde la llegada de Barros, y aunque se esperaba más ruido, la única manifestación que hicieron los Laicos y Laicas de Osorno fue una velatón frente la Catedral. Mil 166 velas para recordar la toma de posesión de Barros.

El primer Domingo de Ramos del obispo, luego de la visita de Scicluna, también transcurrió con calma. Incluso, Semana Santa se celebró con normalidad. La vigilia pascual, que conmemora la resurrección de Jesús y es una de las celebraciones litúrgicas más importantes, fue celebrada por Barros en la Catedral de Osorno. La gente, dicen algunos laicos de la ciudad, está cansada. Pero también muy expectante por los resultados del informe de Scicluna.

A las misas que preside Barros no van ni los laicos ni tampoco los curas y diáconos que han rechazado desde un principio la designación del obispo. Atrás quedaron los gritos, las protestas y el caos que había caracterizado una verdadera rebelión de los laicos en la ciudad del sur. Después de la tormenta que desató su aparición durante la visita del Papa y la posterior llegada de Scicluna, ni siquiera hay resistencia en Osorno.

Las señales que el sacerdote ha recibido de parte de sus pares en los últimos tres meses han sido claves en el cambio de ánimo de Barros. Tanto en público como en privado, las autoridades católicas chilenas han dejado clara su molestia por su actitud durante la visita del Papa. De hecho, hace un mes trascendió una carta del cardenal Francisco Javier Errázuriz donde se refería en duros términos a la actuación de Barros.

Hasta los más leales con el obispo se han alejado. Uno de sus más cercanos y de los pocos que lo defendieron públicamente, el obispo de San Bernardo, Juan Ignacio González, ha señalado que no ha tenido ningún contacto con él en las últimas tres semanas.

Barros está solo.

Un terremoto llamado Barros

La presencia de Scicluna se extendió hasta el 28 de febrero y, aunque el objetivo era investigar la situación de Barros en Osorno, en varias de las reuniones se habló de otros temas. La situación del obispo generó un escenario totalmente incierto.

En los círculos de la Iglesia chilena afirman que el texto que le entregó Scicluna a Francisco consta de varios tomos. Y que incluso algunos nombran a los cardenales Ricardo Ezzati y Francisco Javier Errázuriz, en relación al encubrimiento de abusos cometidos por sacerdotes. Asesores cercanos a la Iglesia de Santiago plantean que incluso es posible que, a partir del documento, el Papa revalúe la continuidad de Errázuriz en la comisión para reformar la curia.

La sucesión de la estratégica diócesis de Santiago también estaría en juego. Cercanos a la jerarquía eclesiástica comentan que si hasta hace algunos meses se veía al actual presidente de la Conferencia Episcopal, Santiago Silva, como candidato natural luego de la salida de Ezzati, hoy ni siquiera eso es seguro. En el camino apareció otra carta más: René Rebolledo, el actual arzobispo de La Serena.

El informe Scicluna también podría marcar un antes y un después en el rol que hoy juegan Ezzati y Errázuriz en el clero.

Otro de los afectados sería el actual nuncio apostólico, Ivo Scapolo, cuya continuidad está en duda. Un sacerdote que ha seguido de cerca el caso, lo explica.

-Si el Papa Francisco decide seguir las recomendaciones de Scicluna, sería una señal muy potente de reparación con las víctimas. Y una señal muy potente de que el Papa no estaba bien informado. Ahí todo apunta al nuncio. Ahora, lo que debe calibrar el Papa es hasta dónde llega la responsabilidad, cuál es el criterio que va a seguir ahora el Vaticano, ¿se llegará a todos los curias relacionados con abusos? Es el Papa el que tiene que ver adónde quiere llegar.

Gracias al informe generado por Scicluna en sus manos, Francisco podría aprovechar la oportunidad de hacer un cambio radical. La sola posibilidad de la salida de tres obispos a los que les quedan más de 10 años en el cargo mantiene en alerta al clero. Tres cupos libres podrían ser la oportunidad del Papa para marcar un nuevo sello en la Iglesia. Y, como siempre, la decisión está en manos de Francisco.

Con apenas una aparición y una sonrisa, Juan Barros, el obispo de una diócesis pequeña en el sur, puso en jaque a la Iglesia chilena.

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