Óscar Contardo: “Los jesuitas han encubierto abusos”

Hace tres años que el periodista Óscar Contardo prepara un libro sobre abusos cometidos por representantes de la Iglesia. En su investigación se encontró con varios casos dentro de los jesuitas que, acusa, han sido tapados. “Hay una tremenda hipocresía de muchos sacerdotes de hacer de Karadima un chivo expiatorio para hacer parecer que su mundo está limpio”, dice.


El periodista y escritor Óscar Contardo lleva tres años trabajando en un libro sobre abusos dentro de la Iglesia y ha sido uno de los protagonistas en el reciente destape de las denuncias a sacerdotes jesuitas, en particular del caso del sacerdote Jaime Guzmán Astaburuaga. “Sólo se ha empezado a hablar de esto después del comunicado de los jesuitas del 22 de enero en que decían que el cura Guzmán había sido condenado por abuso”, dice Contardo.

Su tesis y una de las razones por las que ha preferido hablar antes de que estas historias se incluyan en su libro, tiene que ver con que “a los jesuitas se les mide con otra vara”.

La investigación de Contardo parte con una historia central que es la historia de un cura salesiano. Fue así como se metió en el tema de las denuncias canónicas: cómo se comportaban las congregaciones o el Arzobispado ante denuncias de este tipo. Y así fue como llegó a los jesuitas. Antes de Jaime Guzmán, Contardo tomó el caso de las denuncias sobre Eugenio Valenzuela, un ex provincial de los jesuitas, que fue denunciado por tres hombres. “La solución a esas denuncias fue muy ambigua”, dice.

El también columnista de Reportajes relata que se juntó a hablar con los tres acusadores de Valenzuela. “Así me enteré que la Compañía de Jesús había dilatado en más de dos años las primeras denuncias. Este es el mismo modus operandi, lo mismo que pasa en cualquier otra congregación. A mí me sorprendía la manera en que se trataba de otra forma a los jesuitas, y la manera en que los sacerdotes jesuitas más populares y con más tribuna en la televisión y en los medios, pontificaban sobre los otros”.

¿Te consta que los tres acusadores de Valenzuela hayan querido hablar públicamente de estos hechos?
Hay uno que fue público, el primero. Los otros dos no. El primero fue un sacerdote jesuita que denunció a Eugenio Valenzuela, pero como éste era el provincial, el mismo denunciado, designó a su investigador. Y su investigador fue un amigo que había sido su director espiritual. Esa persona, en lugar de investigar, maltrató insistentemente al denunciante hasta que le hizo cambiar la figura de la denuncia.

¿Cómo cambió esa figura?
De abuso sexual a abuso efectivo. Cuando haces una denuncia canónica ellos no te dan nada, ninguna prueba o documento de que denunciaron. Tampoco les dan un plazo o un documento después de la sentencia. En estos tres casos, los jesuitas se comportaron como todas las otras congregaciones. A partir de esas denuncias di con la condena del cura Guzmán, que era una condena que se había mantenido secreta. Según ellos, porque no les creo, fue porque una de las víctimas había querido que se mantuviera secreto. Pero no era necesario identificar a esa persona para difundir en la comunidad que este señor Jaime Guzmán, que por décadas había trabajado con niños y jóvenes, había abusado de niños y adolescentes. Después aparece otro denunciante, quien dice que nunca pidió que esto fuera secreto. Como todo eso es interno, es secreto. Y la gente no habla porque no saben que otros han denunciado, porque tienen miedo. ¿Y por qué tienen miedo? Por el poder que tienen los jesuitas.

¿Por qué hubo silencio por tantos años en un colegio como el San Ignacio?
Por poder y por contactos, básicamente. Mucha gente que sabía esto dentro del San Ignacio no quería contarlo. Primero, por miedo a la sanción que iba a tener del resto y después por cuidar a la institución porque hay una fuerte idea de que la institución está por sobre las personas. Eso me parece alarmante porque significa un desdén por el sufrimiento ajeno.

Ahí entra lo que dice Sebastián Errázuriz, el artista y ex alumno del colegio, quien dice que hace 17 años le hizo saber de esto al padre Fernando Montes y no hizo nada…
Sí. Por eso lo digo en la radio porque vi a Fernando Montes pontificando en cuanto al encubrimiento de Karadima cuando en los jesuitas ha pasado lo mismo. Vuelvo al tema del encubrimiento. Cuando pasó lo de Eugenio Valenzuela, el cura Montes fue invitado por lo menos tres veces a TVN y jamás se le preguntó de esto. Berríos estuvo invitado cuatro veces a TVN e incluso había huelga en el Hogar de Cristo y no le preguntaron ni de la huelga ni de los abusos dentro de los jesuitas. Eso es encubrimiento. Hay hipocresía de muchas sacerdotes de hacer de Karadima un chivo expiatorio para hacer parecer que su mundo está limpio. Y eso no es así. Están dando una imagen equivocada a la opinión pública.

¿Son comparables el abuso de los jesuitas al tipo de abuso que ejercía Karadima?
Totalmente. Y hay muchos como esos. Lo que pasa es que la opinión pública se ha concentrado en el tema Karadima porque es el primero en que las víctimas aparecen dando la voz.

¿Por qué casi siempre se conocen los abusos de religiosos sobre hombres, muy rara vez sobre mujeres?

Como todo esto es secreto y recién estamos alcanzando las dimensiones de los abusos de la Iglesia Católica, no hay una estadística oficial mundial. Creo que uno de los estudios más completos fue el que se hizo hace poco en Australia, de abuso infantil y juvenil en el que también se repitió esta proporción. Hay distintas explicaciones, libros sobre eso, y depende también de la edad de los abusos. Hay una psicoanalista que habla de que en las entrevistas que tuvo con muchos sacerdotes, la justificación que daban para abusar de niños en lugar de niñas era porque no se embarazaban, por no dejar rastro. Ahora, algo que he encontrado es que muchos de esos abusos permanecen en el tiempo hasta la adultez, como el caso de James Hamilton, que a todos nos pareció muy extraño, pero cuando te metes más, aparecen muchos más casos como ese.

Que tuvieron como un síndrome de Estocolmo con sus abusadores.
Claro. No es lo mismo que te asalten en la calle, en que sabes que ese extraño es el enemigo. En este caso, no. Son personas a las que las víctimas les confiaron su vida, su conciencia, sus secretos. Que entraron en sus casas, conocen a sus padres. Quedan atrapados y calza con la historia de Cristián Precht con Patricio Vela. En el caso que yo me he centrado, que es el del salesiano Rimsky Rojas, llevó a algunas de sus víctimas al seminario.

¿Por qué eliges ese caso como el eje de tu libro?
Porque en realidad fue antes del abuso. Llegué al abuso por la desaparición de un alumno suyo en Punta Arenas. Me fijé en esa noticia el 2001 y esa desaparición era muy rara. Era un chico que se llamaba Ricardo Harex, que estaba en cuarto medio, y que en octubre en una fiesta, en una casa en un barrio como Ñuñoa en dimensión de provincia, sale de la fiesta y nunca más se le ve. Desapareció. Vi esa nota y lo seguía cada cierto tiempo, y en un momento aparece como sospechoso ese cura, y después aparecen denuncias de abuso en su contra. Ahí me interesé en el tema y lo fui cercando desde distintos ámbitos. Y aparecieron un montón de historias. Uno de los asuntos que me interesaban era ver cómo se trataba internamente el tema en la Iglesia, y por eso llegué a los jesuitas.

Es decir, te metiste en la mecánica de estas congregaciones para enfrentar estos casos.
Sí. Y en las congregaciones hay mucha lucha de poder en esto de presentarse como la congregación progre, respetable, que pide justicia y que se erige a pontificar sobre las otras congregaciones. Eso, Cristián del Campo lo tiene muy claro.

¿Qué cosa?
Que cometieron un error y que lo siguen cometiendo. Que estaban apuntando al resto y no se fijaban en la mugre que tenían ellos. El caso le estalla en la cara por presión de los alumnos, ex alumnos. Y claro, en vista del contexto -post visita del Papa, escándalo en los maristas- aparece esto mientras sus curas emblemas pontificaban sobre la responsabilidad de los encubridores de Karadima.

Hablando con las víctimas, ¿qué pasa con ellos en estos 20 años?
El hecho de que se reconozca que esto pasaba es un primer paso para mucha gente y es una especie de alivio. Una especie mínima de alivio porque lo que pasaba era que se lo guardan, no lo cuentan, tratan de seguir su vida, pero esta es una incomodidad que los ronda, una especie de dolor crónico por el maltrato que recibieron muchos, que se atrevieron a hacer la denuncia y nunca fueron tomados en cuenta.

¿Los violenta -por ejemplo- el hecho de que Felipe Berríos o Montes critiquen a abusadores de otras congregaciones y abusos en su propia casa sean ignorados?

En el caso de los abusados por Eugenio Valenzuela que son de las tres personas que conocí en un principio, absolutamente. Nunca esos dos sacerdotes se acercaron a ellos ni nunca se interesaron por saber qué había pasado, eludieron públicamente cualquier pregunta, la contestaban con una fórmula que era decir que todo estaba bien y que esos denunciantes estaban conformes y no lo estaban.

¿Por qué crees que pensaban que los denunciantes estaban conformes?
Yo creo que no lo pensaban, mentían. Era imposible que lo pensaran, esas tres personas les reclamaron a ellos hasta el final. Tuvieron conflictos persistentes con la forma en que llevaron los casos, en la forma en la que trataron esos casos, como los demoraron primero. Los investigadores que les daban, que les asignaban, Montes fue investigador de uno de esos casos y maltrató a la víctima. Ellos lo único que querían era cerrar y zafar y confiar en que todos sus contactos en los medios ejercieran presión para que eso no apareciera públicamente como lo que era, que era un escándalo.

¿En qué tiempo ocurre la investigación de lo de Valenzuela?
Es bien llamativo porque esto estaba ocurriendo mientras pasaba lo de Karadima, y los jesuitas apuntaban a Karadima, pero ellos tenían dos casos en esa misma época, que era Valenzuela y Guzmán. El primero que denuncia fue el 2010 y ahí Eugenio Valenzuela designa a su propio investigador, el cura que fue su maestro de novicio. Y después el 2011 hay otra denuncia de otro hombre que también pasó por el seminario, y que este hombre va y enfrenta a Valenzuela y hace la denuncia con Ismael Aracena. Después del segundo testimonio cambian a Valenzuela de provincial y lo reemplazan por Cristián del Campo de emergencia. Y el otro fue el año 2013. Ese tercer testimonio pide que su psiquiatra esté presente en la entrevista con el investigador. Montes no quiso, se formó una discusión y le dice, ‘tú tenías 18 años y sabías perfecto lo que hacías, hasta te gustó’. Eso declaró esta persona y eso lo sabe Del Campo. Montes negó que hubiera dicho eso pero yo no le creo. Después mandaron al Vaticano, éste dijo ‘miren, no sabemos qué hacer con esto, vean lo que hacen’ y mandaron a Valenzuela a la casa esa que tienen al lado del San Ignacio a vivir.

A donde van a morir los jesuitas…

Claro, donde van a morir los jesuitas. Teniendo toda esta mugre debajo de la alfombra invitaron a Michael Rezendes al premio Periodismo de Excelencia de la UAH, universidad donde Montes fue rector por años. Rezendes es uno de los periodistas del Boston Globe que denunció la trama de encubrimiento y abusos de religiosos en EE.UU., en Boston. Lo invitaron a hablar sobre esto mismo, sobre encubrimiento y ellos haciendo como si nada. Ahí presentes. Todos los sacerdotes jesuitas que estaban en esa ceremonia sabían que ellos habían hecho lo mismo. Eso, a mí me parece una hipocresía espeluznante.

En Curicó, donde creciste, ¿te tocó ver de cerca este mundo?
No para nada. De hecho con eso parte el libro. Lo conocí muy, muy tarde. Ni siquiera en la universidad, porque estuve en la Chile. Para mí eran unas personas que de repente aparecían en la misa y nada más. La relación con el cura, como no la tuve, ni la vi cercanamente, no la vi hasta mucho después. No entendí las dimensiones. Como la gente que invitaba a almorzar al cura. O estas entrevistas de la mujer de Kast que hablaba de cómo el cura le dirigía la vida afectiva. Ese tipo de cosas, que para mí eran marcianas, las vi muy tarde, muy viejo.

La visita del Papa estuvo lejos de ser un éxito. ¿El país entendió algo que no sabemos? ¿O que sí sabemos?

No esperaba un fracaso tan grande. Esperaba que iba a ser muy distinta a la visita de Juan Pablo II. Pero ver Maipú, Iquique, Temuco semivacíos. Yo vivo en Providencia. Creo que esperaban una aglomeración. No hubo. Hubo molestia por el tránsito. Había más argentinos que vecinos mirando la pasada del Papa.R

Seguir leyendo