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Actualizado el 08/01/2017

Blog de Sebastián Edwards. Es economista

Sebastián Edwards

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Ricardo Lagos y el fracaso

Ricardo Lagos y el fracaso

La encuesta CEP confirmó lo que todos sabían: Ricardo Lagos está en problemas. Su candidatura no prende, se encuentra en el sótano de las preferencias; tan solo un 5% de los potenciales votantes están con él. Las interpretaciones sobre los resultados no se dejaron esperar; van desde lo trivial a lo esotérico. La explicación más socorrida es que la gente desea rostros nuevos, que los ciudadanos están cansados de los políticos de antaño. Según Ernesto Tironi, el público quiere pasarles la cuenta a quienes ya detentaron el poder. El sociólogo remató su comentario diciendo que Lagos Escobar era demasiado viril para un país con preferencias femeninas.

El problema con esta socorrida explicación -no queremos líderes del pasado- es que es falsa; es una idea que no resiste un análisis detallado. Si el problema fuera que no hay apoyo a los “rostros conocidos” que quieren “repetirse el plato”, el ex Presidente Piñera estaría castigado en las encuestas. Pero no es así. Piñera sigue liderando en muestra tras muestra. No importa cuántas chambonadas haga, o el volumen y talante de las “Piñericosas”, igual está ahí, perfilándose como el ganador indiscutido.

Otra razón esgrimida por los gurús de la plaza es que Lagos gobernó con los empresarios, que es demasiado conservador, que en un país de centroizquierda -algo que la CEP confirma- Lagos Escobar no es lo suficientemente progresista.

Sin embargo, esta disquisición tampoco es correcta. Alejandro Guillier, el candidato que se destapó hace unos meses, y que día a día gana en apoyo, es la definición misma de lo conservador. Durante años en la TV fue el rostro del ‘establishment”. Guillier es correcto, sensato, comedido, bien hablado, tranquilo y prudente; vale decir, alguien con un temperamento claramente conservador. Demuestra compasión y paciencia; hace las tareas y se presenta a la hora. Incluso, cuando se enoja lo hace en forma razonable. Es como un tío bonachón, o el cuñado ideal. No se le conoce ninguna idea progresista; ni una sola. Y si lo que el público quisiera es un candidato progresista, entonces Fernando Atria estaría en la parte alta de las encuestas. Pero no es así. Para estos efectos Atria, simplemente, no existe.

La percepción del fracaso

Entonces, el martirio de Lagos no es ser un “rostro conocido”, ni que sus ideas no son progresistas. ¿Qué pasa?

La respuesta es simple: Lagos se ha posicionado como el candidato de la Nueva Mayoría. Aspira a ser el abanderado de la coalición gobernante, a ser el portaestandarte del oficialismo. Y resulta que es muy difícil -más bien imposible-  que el representante de un proyecto fracasado sea ungido con el apoyo ciudadano.

Porque convengamos una cosa, este gobierno fue una gran desilusión, y la Nueva Mayoría es percibida como un fracaso. Después de tener todo para dar un salto adelante, los inquilinos de la Moneda se empecinaron en poner en marcha reformas improvisadas, mal concebidas, apenas hilvanadas.

Pensemos en lo que significa ser el candidato de un gobierno percibido como un fracaso. Imaginemos, por un momento, al abanderado o abanderada del oficialismo arengando a las masas: “¡Conciudadanos, yo represento la continuidad! ¡Si me apoyan tendrán más de lo mismo, cuatro años como los últimos cuatro!”.

¿Qué pasaría? La respuesta es obvia: perdería por paliza; sería una goleada legendaria.

Y ¿por qué no le pasa esto a Guillier? Por una razón muy sencilla: a pesar de que el senador por Antofagasta es miembro de la bancada oficialista, no es percibido como un representante de la Nueva Mayoría. Guillier es independiente  -y, desde luego, se mantendrá como tal -, no ha sido un crítico vociferante del modelo o de la Concertación y sus declaraciones distan mucho de la retroexcavadora. No participó en la discusión del programa de gobierno, ni comulga con el diagnóstico de los ex funcionarios internacionales que conforman el núcleo ideológico de la Presidenta. Reconoce los avances de los últimos 25 años; los reconoce y quiere avanzar a partir de ellos. Es un paladín de la descentralización, lo que a la gran mayoría le parece una idea sensata. Guillier deliberadamente ha mantenido una posición ambigua que le permite posicionarse como un centrista con inclinaciones de izquierda razonables, ajeno a los desaguisados de este gobierno. Nadie -ni sus peores detractores- ve a Alejandro Guillier como “el candidato del fracaso”.

Un candidato moderno y rectificador

Aún hay tiempo para que Lagos dé vuelta las cosas y logre ampliar su base de apoyo. Pero para que ello suceda es necesario que se distancie del fracaso. Debe reafirmar sus credenciales progresistas sin temor a criticar a la Nueva Mayoría. No una crítica desleal, sino que una crítica informada que nazca desde una perspectiva cosmopolita y moderna, una perspectiva que denuncie con claridad y fuerza -que apunte con el dedo- a la retroexcavadora y a sus seguidores.

Ricardo Lagos debe ser un candidato progresista, moderno y rectificador. Progresista porque favorece políticas de inclusión y tolerancia, de apertura y solidaridad; políticas que de verdad emparejen la cancha y promuevan una sociedad más justa, sin abusos, sin corrupción, sin colusiones. Moderno, en el sentido de reconocer que la revolución tecnológica es imparable, y que no estamos preparados para ella; debe impulsar un completo cambio del sistema de educación que se centre en las habilidades requeridas para el siglo XXI, sin las cuales nos quedaremos atrás, en un mundo mediocre y sin empleos. Debe declarar que un sistema basado en la competencia leal, el mercado, y la innovación es el único que nos llevará a la prosperidad.

Finalmente -y esto es lo más importante-, Ricardo Lagos debe mostrarse como un candidato rectificador, un candidato que reconoce y denuncia sin tapujos los errores y desaciertos de este gobierno, y plantea rectificaciones simples, rectificaciones que resuenen positivamente con la población.

La lista de “rectificaciones” posibles es larga, y serán el tema de otra columna. Por ahora, tan solo algo muy simple y muy cercano al corazón de la gran mayoría de la población y especialmente del corazón de la clase media: Ricardo Lagos debe comprometerse a rectificar la reforma educacional de este gobierno y, entre otras cosas, devolverle al Instituto Nacional su gloria histórica, su puesto único en América Latina -junto, por ejemplo, al famoso Colegio de Buenos Aires- como formador de líderes republicanos. El Instituto Nacional debe volver a seleccionar a sus alumnos en base al mérito, al esfuerzo, al trabajo y la dedicación. Lagos Escobar debe usar su voz barítona para decirlo con claridad: en esto se equivocó la Presidenta y lo vamos a rectificar. Es esencial preocuparse por la calidad de la educación, y como medida prioritaria devolveremos al Instituto Nacional su brillo y majestad; más aún, crearemos muchos Instituto Nacional, con orgullo y decisión. Chile los merece.

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