Black Sabbath Vol. 4: camino a la perdición

La reedición del cuarto título de la banda más grande del heavy metal con una espectacular remasterización, remezclas de Steven Wilson y material en vivo, nos traslada a un punto de quiebre en la historia de Black Sabbath. A partir de 1972, los oscuros héroes de Birmingham iniciaron la cuenta regresiva hacia la autodestrucción mediante un clásico espolvoreado con cocaína y locura.



El espiral descendente había comenzado en la gira promocional del exitoso Master of reality (1971), el álbum donde Black Sabbath enriqueció el lenguaje del metal diseñando subcategorías como el stoner, deslizando a la vez una inspiración cristiana y pesimista antes que satánica. Siguiendo la tradición de la estrella rock inglesa arrasando ciudades como tornado en Estados Unidos, el cuarteto cogió la vía rápida hacia el descontrol con el combustible del alcohol y las drogas. En aquel tour asomaron las primeras alertas de desquiciamiento.

Alojados en el Edgewater Inn de Seattle, el hotel sobre el agua que permitía pescar a sus huéspedes, donde Led Zeppelin capturó un pequeño tiburón para utilizarlo como juguete sexual con una fan, Ozzy Osbourne también lanzó el anzuelo. Pescó un escualo y como tenía que dar un show, llenó la bañera para dejarlo ahí. Al regreso el tiburón estaba obviamente muerto, motivo suficiente para que lo destripara dejando un reguero de vísceras y sangre. El guitarrista Tony Iommi hizo lo propio. Pescó un tiburón para lanzarlo a la cama del baterista Bill Ward, víctima predilecta de sus jugarretas. Cuando caía inconsciente solía encender fósforos entre sus dedos o quemar su barba, hasta que un día vertió el combustible de un encendedor en sus pantalones y le prendió fuego. El batero fue a dar al hospital más molesto por el jean arruinado que por las quemaduras.

En ese mismo periodo, Ward contrajo hepatitis B por usar jeringas infectadas. Con apenas 23 años, el alcoholismo le impedía combatir la ictericia, la coloración amarilla de la piel asociada a la hepatitis. Remitida la enfermedad que significó cancelar conciertos en Japón, Bill volvió a sus costumbres etílicas y narcóticas como si nada.

A pesar de los excesos, a comienzos de 1972 Black Sabbath disfrutaba del éxito de sus primeros tres álbumes editados en apenas dos años, que habían conquistado público y rankings en ambos lados del Atlántico dando vida al heavy metal. Por primera vez tenían tiempo para grabar un nuevo disco sin la presión de las giras.

La banda inició los ensayos en Birmingham con Tony Iommi asumiendo la producción. Tras unas jams poco productivas, Ozzy, Geezer Butler y Bill Ward partían a un bar con la excusa de dejar tranquilo al zurdo guitarrista, responsable de la composición. Regresaban ebrios y exigían avances. Iommi, líder proclive a los puñetazos con los compañeros de grupo y los periodistas, se cabreó. Cuando el manager Patrick Meehan sugirió grabar en Los Angeles para evitar impuestos, el líder aprobó de inmediato.

Caballo parlante

El contrato de arrendamiento de la mansión de Bel Air incluía dos anfitrionas francesas y un enorme salón de baile con vistas a una piscina, transformado en sala de ensayos. El estudio de moda, Record Plant, quedaba cerca. Durante dos meses Black Sabbath se movió entre ambos lugares mediante un elemento químico central: la cocaína.

“Estábamos muy jodidos”, confiesa Ozzy en la biografía Symptom of the universe (2011) de Mick Wall. “Los traficantes venían todos los días con cocaína, el puto Demerol, la morfina, todo venía a la puta casa”. El consumo de coca -”un ritual” según Iommi- ocurría sobre la mesa de un gran comedor donde destacaba una montaña de polvo blanco digna de Tony Montana, mientras las groupies esperaban su turno haciendo fila en los jardines. Con ese panorama, para Geezer Butler lo único deprimente de la estadía era concurrir al estudio.

Completamente jalado, Tony Iommi ampliaba su lenguaje musical. Hizo arreglos de cuerdas para la canción más significativa del álbum, Snowblind, y en el majestuoso instrumental Laguna Sunrise, donde aflora una sensibilidad acústica y orquestal en contraste a las tinieblas asociadas al sonido de su guitarra. Hasta las cejas de hachís, marihuana y coca, se desnudó en el estudio, cogió la guitarra y grabó los golpes de su crucifijo contra las cuerdas. Un minuto y 44 segundos de autoindulgencia, el interludio FX, que antecede la furia funk metal de Supernaut, con Bill Ward en uno de sus mejores momentos. Multifacético y energizado, Tony tocó piano en la balada Changes acompañado de Geezer en el melotrón.

En tanto, la locura seguía su curso en la mansión. Un día, completamente drogado y borracho, Ozzy activó una alarma de seguridad conectada a una comisaría. Cuando arribó una patrulla cundió el pánico. En escasos minutos se deshicieron por los retretes de 10 mil dólares en cocaína y yerba.

En otra ocasión, Geezer y Ozzy tomaron LSD en una casa playera, invitados por una chica. El cantante fue a nadar aunque sólo se revolcaba en la arena. “En aquella época, en Estados Unidos, la gente era muy aficionada a echar ácido en las bebidas. A mí no me importaba. Solía tragar puñados de estampillas de ácido a la vez”. De vuelta en Inglaterra, Ozzy quedó enganchado al LSD. Un día tomó diez estampillas y se fue a pasear al campo. “Acabé de pie hablando con un caballo durante una hora. Al final, el caballo se dio la vuelta y me mandó a la mierda”.

La alienación producto de la cocaína se volvió un tema central en las letras de Geezer Butler. “La gente siente cosas malas, pero nadie canta nunca sobre lo que es aterrador y malo”, declaró a la prensa una semana antes del lanzamiento. Su poesía describe así los efectos de la coca en Snowblind: “Me hace feliz, me deja congelado, mis ojos están ciegos, pero puedo ver”.

La canción bautizaría al disco hasta que el sello sugirió algo menos explícito. Finalmente quedó como Vol. 4, un tributo velado a Led Zeppelin y su reciente cuarto álbum sin título. Eran sus admiradores y les unía una amistad, al punto que John Bonham fue padrino de bodas de Tommy Iommi. De todas formas, Black Sabbath expresó en los créditos del disco su reconocimiento “a la gran compañía COKE-Cola de Los Ángeles”.

Publicado el 25 de septiembre de 1972, en la consiguiente gira confirmaron el estatus de grandes estrellas. Viajaban con dealer y grupos satanistas les seguían por doquier. Como en Almost famous (2000) de Cameron Crowe, las groupies sabían más del itinerario del tour que la propia banda, y se contagiaron de enfermedades de transmisión sexual con dolorosos tratamientos. La presencia de las drogas era tan cotidiana, que Tony Iommi apenas se dio cuenta de un intento de asesinato en un concierto en el Hollywood Bowl.

Entre el caos narcótico y el éxito afloraron las primeras grietas. Tony y Geezer armaron un bando donde los excesos seguían presentes pero no al nivel sobrehumano de Ozzy y Bill. El cantante se hizo adicto al sedante Seconal. Acostumbrado a tragar media docena de pastillas, varias veces estuvo a punto de asfixiarse, hasta que su compañero lo salvaba de la muerte.

Mezcle todo

La edición en vinilo consiste en cinco álbumes. En cedé son cuatro discos mientras en Apple Music y Spotify (Santiago es la tercera ciudad en el mundo donde más se escucha Black Sabbath, según esta última plataforma), sólo está disponible la remasterización.

Comparado a las reediciones de 2009, los resultados son fenomenales. Si hasta hace un tiempo estos lanzamientos sólo podían ser apreciados en equipos de alta gama, ahora las mejoras son notorias. Hay más presencia, volumen y detalles, como un cuadro al que se le retira el polvo ofreciendo nuevas tonalidades y sutilezas.

El material restante incluye 79 minutos de descartes remezclados por Steven Wilson, el as del rock progresivo que ha desarrollado un trabajo de joyería remezclando quirúrgicamente las discografías de King Crimson, Yes, Jethro Tull y Tears for Fears, entre varios clásicos. Retrata a la banda probando tempos -Supernaut era mucho más lenta y acompasada-, distintas letras, tanteando arreglos, diálogos e interrupciones que transportan a la sala de grabación, donde se fraguaron algunas de las mejores composiciones de los británicos.

Las canciones grabadas en vivo en Inglaterra en 1973 que completan el último disco, son la prueba definitiva de Black Sabbath en su mejor momento. A pesar del cargamento de drogas, alcohol y distorsión, eran imbatibles y paradojalmente focalizados. Cabalgando en la batería incesante de Bill Ward, y la alianza de azufre en el sonido de baja afinación de Tony Iommi y Geezer Butler, la voz de Ozzy Osbourne es el ulular de una sirena que anuncia desazón existencial y escasa fe en la Humanidad. Heavy metal 100 por ciento.

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