Sólo hacia el final, cuando han pasado casi dos horas, esgrime el motivo de la visita. Como si la intención fuera no molestar, menciona ligero que se trata de su última vez. “Me voy a casa”, dice tranquilamente José Luis Perales, con 77 años que no representa. El Movistar Arena, colmado la noche del jueves, comienza a aplaudir sin premura. El sonido de las palmas se intensifica como la lluvia que toma fuerza hasta convertirse en un aguacero. La gente se pone de pie, la ovación se transforma en un estrépito.

La estrella más atípica de la balada hispanoamericana de todos los tiempos, el artista que se encontró con el canto casi por casualidad cuando su aspiración era componer para otros -”yo no quería ser cantante”, confesó en una pausa-, sonríe cálidamente. Otros dejarían correr lágrimas lanzando besos de punta a punta del escenario. José Luis Perales no. Sonríe como todos sonreímos, porque la vida gracias a sus canciones ha sido mejor.

Tal como sucedió con Kiss el martes en el mismo lugar, la pregunta es, parafraseando su éxito de 1974 interpretado por Jeanette, por qué te vas. El compositor e intérprete de Castejón ha detenido el paso del tiempo en su voz y figura. Las canciones prácticamente no requieren acomodo, excepto en los arreglos, que no siempre hacen justicia a los originales, con algún clarinete sobrante.

El montaje de la despedida es soberbio: una gran banda y una gigantesca pantalla detrás, con las imágenes precisas para un cancionero donde el quiebre amoroso con mujeres decididas a marcharse y la nostalgia, son protagonistas.

Perales asoma con la voz firme y resuelta desde el inicio con Balada para una bienvenida. Los músicos ofrecen la misma actitud rotunda para recrear los numerosos clásicos de la noche.

“No creo en las palabras que se lleva el viento”, cantó en aquel primer tema. En su caso, una verdad absoluta. Cuántos versos suyos sabemos de memoria, grabados desde que se repetían incesantes en la programación radial AM cuando este país parecía un invierno interminable, mientras José Luis cantaba “te quiero y eres el centro de mi corazón”, en una emocionante balada que ascendía con impulso sideral.

Perales saluda brevemente y arremete con Me llamas, que es parte de esa subcategoría central de su pluma, donde la mujer arranca harta de la rutina y el desamor. Otros versos vívidos e inmortales:

“Y aquel vestido que nunca estrenaste

Lo estrenas hoy

Y sales a la calle

Buscando amor”.

Continúa con Si, muy coreada. No corre la misma suerte Cosas de Doña Asunción, hasta que el entusiasmo se retoma con su primer éxito Celos de mi guitarra. “Era el año 1973″, recordó, “cuando una de mis canciones se coló en vuestras casas”. Sin embargo, Perales detiene el tema a menos de un minuto -”algo raro está pasando”, explica-, en un fallo inadvertido para el público. Retoma y los aplausos son inmediatos. Nada empañará la noche.

Llega Quisiera decir tu nombre con una interpretación respetuosa del original, enlazada con El Amor. El Movistar Arena, con una audiencia mayoritariamente femenina de la tercera edad, suspira.

“El amor es perdonarme tú

y comprenderte yo”.

La noche sigue estrellada, solo caben éxitos tras éxitos como Le llamaban loca, Por qué te vas, Canción de otoño, Y cómo es él y Te quiero. Habló de escribir para otros como Mocedades, el orgullo de haber estado involucrado musicalmente en Cría cuervos (1975) de Carlos Saura, y de su intención de seguir componiendo para otros, tal como se inició hace medio siglo.

Los músicos abandonan el escenario tras el bis. José Luis Perales coge una guitarra y se sienta en un taburete para cantar Me iré calladamente.

“Me iré calladamente

Sin lágrimas ni dudas

Sin palabras

Tan solo mi equipaje

Y el polvo del camino hasta mi casa”.

El rasgueo es tenue, la voz casi va en un susurro. La pantalla solo lleva su apellido. La canción termina, la sala aplaude sin estridencias mientras José Luis Perales observa por unos segundos la rúbrica de su nombre, para luego desaparecer por un costado del escenario sin mirar atrás.