Los Tres ya timbraban un suceso considerable. Empezaban a cerrar la década como LA gran banda chilena de los 90, cetro conquistado entre ventas millonarias y discos de impecable musculatura creativa.

En 1996, su disco MTV Unplugged había despachado 150 mil copias y contenía canciones tan ubicuas como Quién es la que viene allí, ese foxtrot que era imposible dejar de cantar y que, según palabras del propio Álvaro Henríquez, “se sabían hasta los pacos”. Un año después, el 25 de junio de 1997, editaron el más crepuscular Fome, con ventas más modestas –se estima en 40 mil unidades-, aunque igual de generoso en hits –Bolsa de mareo, Olor a gas, La torre de Babel- y con el propio Henríquez mucho tiempo después clamando su estatus legendario en entrevista con este medio: “Fome está a la altura de los mejores discos del mundo”.

En ese escenario, atendiendo a los pergaminos acumulados, el cuarteto fue convocado para abrir el debut de James Brown en el país. La banda chilena del momento con el rey del funk de todos los tiempos. Fecha y lugar: 4 de diciembre de 1997, a las 21.00 horas, en el en ese entonces Estadio Chile.

“La mejor fiesta de fin de año es junto a… James Brown, el padre del soul con su orquesta de 22 músicos ¡en vivo!... y Los Tres, invitados especiales”, rezaba el afiche promocional del encuentro. “Es una emoción, un hito tocar con alguien como él”, admitía el cantante de los chilenos en declaraciones al diario La Nación, en la previa de la cita.

Brown llegó unos días antes a la capital y se reunió con la prensa local. Era su modus operandi de ese entonces y que replicó también en su posterior venida en 2005: juntaba a un grupo de periodistas para declamar frente a un puñado de micrófonos su inigualable estatura de leyenda. No había nadie como él, según vociferaba con histrionismo, en una mezcla entre pastor en pleno trance y artista con avezado manejo del negocio.

“Hace ocho meses conseguí una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Debieron dármela hace treinta años, pero todos en el Tercer Mundo compartimos la lucha contra el racismo, una situación que también sufren los artistas latinos”, fue una de sus frases. Otra: “He vendido más discos que Mozart, Beethoven, Strauss y Bach, pero, por ser negro y vivir en un mundo racista, solo ahora, a mis 63 años, me reconocen el éxito”.

Quizás por lo mismo, el hombre nacido hace 90 años estaba con sed de revancha y furia para su primera vez en Chile, como un púgil siempre listo para encajar el primer derechazo.

En ese estado, Los Tres tuvieron su primer cara a cara con él en su camarín.

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Un poco antes de saltar a escena en el actual estadio Víctor Jara, los hombres de El aval fueron visitados por representantes de la productora encargada del show para saber si querían conocer a Brown.

“No sé cómo llegamos a telonear a James Brown, fue increíble. Casi me muero, porque fui con Álvaro al camarín del viejo. Ya que vino alguien de la producción y dijo ‘James Brown está disponible por si quieren conocerlo. Él dijo que quería hablar con ustedes también’. Así que partimos”, relata el baterista Francisco “Pancho” Molina en el libro Estallar en mil pedazos y ser feliz. Una crónica del disco Fome, los 3, de Rodrigo Cabrillana.

Tal como en su reunión con los medios, James Brown era quien mandaba y lo que dictaba –aunque muchas veces caótico- era una orden.

Molina sigue en su relato en el texto: “Estadio Chile, horrible, bajabas ahí y llegabas con una comitiva de gente, las bailarinas, en un mundo con toda la orquesta, como 30 a 40 personas… y llegamos al camarín que le tenían, con la estrella ahí en la puerta que decía su nombre, tocamos y aparece James. ¡Casi me muero! Vestido entero de verde, sombrero así de ala verde, chaqueta verde, chaleco verde, pantalones verdes, zapatos verdes, todo era verde, menos los guantes negros de cuero. Porque estaba helado”.

“Y el tipo sale. ¡Puta James! Nos pega la mirada, mira al Álvaro y nosotros en silencio. Pero él rompiendo el hielo nos dice: ‘me venía en la limusina escuchando la radio y escuché un tema de ustedes que tiene pedal steel, ¿cómo se llama?’ ‘Ah sí, Olor a gas’, le dije yo. ‘¿Y qué significa?’, nos dijo. Le explicamos de qué trata”.

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Efectivamente, Olor a gas fue uno de los singles de Fome, uno de sus temas más representativos, uno de los primeros donde utilizan una lap steel en su instrumentación y una composición elogiada por variados músicos. Tanto que hasta Café Tacuba decidió incluirla en su EP Vale Callampa, homenaje a los penquistas.

Su origen es difuso. El propio integrante de Café Tacuba, Joselo Rangel, ha dicho que la inspiración podría radicar en una experiencia cercana a la muerte del propio Álvaro Henríquez. “Álvaro me contó que una vez quedó abierta la llave y olía a gas en su casa, cuando de repente se espantó. Y él dijo: ‘no pues, aquí hubiera podido morir’”. Rangel además estima –en el mismo libro de Cabrillana- que lo “increíble” del track es que está saturado de imágenes abstractas.

Germán Bobe, quien dirigió el recordado video del tema, tiene otra mirada acerca de su cuna: “El tío de Álvaro se suicidó con gas. Por eso escribió la canción”. De hecho, el realizador ha contado que la primera idea del clip era retratar a un grupo de nazis en Colonia Dignidad, con un desenlace en que uno de ellos terminaba suicidándose al inhalar gas. Dicha secuencia fue abortada, precisamente porque “tocaba una fibra personal de Álvaro”, según ha precisado Bobe. A cambio, todo se grabó en un sauna y con una historia menos retorcida.

Como tercera teoría, Claudio “Claus” Espinoza –roadie histórico del conjunto y a quien está dedicado uno de los temas de Fome- asegura que Olor a gas se basa en una experiencia de Pedro Caparrós, cuñado de Henríquez, quien sufrió un complejo incidente con la supuesta fuga constante de gas que había en una de las primeras residencias de Henríquez en Santiago, en calle Sucre. Así lo recuerda “Claus” en el texto Estallar en mil pedazos y ser feliz: “En la cocina hay olor a gas, que está en la primera línea de la canción, era porque Álvaro siempre sintió olor a gas ahí en esa casa”.

Con respecto a su arquitectura musical, la trama es más unánime. En una crónica escrita para El Mercurio, Alfredo Lewin califica Olor a gas como “notable” y una pieza donde “se puede ver al grupo en su máxima expresión”. Además, puntualiza que el truco del lap steel le da una vestimenta country.

El guitarrista Ángel Parra ha dicho que ahí fue cuando aprendió a ocupar ese recurso y también se ha erigido como coautor de la composición: “Los primeros acordes yo los empecé a tocar y el Álvaro los agarró, y ahí siguió la composición. Pero no por eso me voy a mandar las partes diciendo que yo compuse esa canción. Sólo lo menciono no más. Pero el lap steel si le da identidad al tema”.

Como fuere, James Brown, el hombre que parece haber inventado al hip hop y a Michael Jackson, quedó flechado con Olor a gas. Y en el camarín los siguió interrogando por esa melodía. Hasta que vino la gran pregunta: “¿Quién es el baterista?”

Henríquez apuntó a su compañero Molina.

“Luego, vuelve a decirnos: ‘después escuché otro tema, escuché dos temas en la radio... Y así que tú eres el baterista, ¡suenas bien!’. Entonces, yo me quedé como ¡wow!, porque el Álvaro estaba como medio para adentro. Entonces, el viejo después de decir eso del batero, nos vuelve a manifestar: ‘escuché los dos temas, me gustaron, y sobre todo, el batería. ¡Buen baterista! ¡Pero la gente me viene a ver a mí! Así que gracias por abrirme el show y suerte en todo’”.

Ahí los chilenos se retiraron. El cara a cara había sido grato, pero breve y desafiante. “Siempre que vas a telonear a alguien, estás destinado a que nadie te va a dar bola”, continúa Molina en el libro.

Después remata: “No fue un concierto que haya sido muy memorable para mí, a excepción de esa conversación con James Brown. Y me marcó, en el sentido de que cada vez que nos preguntaban si queríamos telonear a alguien, yo decía que no. Después de ese concierto, decía no”.

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