Cada familia tiene una dinámica particular. Aun así, parece difícil dejar de compararse con lo que el estereotipo social nos dice sobre cómo deberían ser los vínculos que se generan dentro de ella, especialmente con nuestra madre: una mujer que debiese ser incondicional, cariñosa y cómplice. Por lo mismo, cuando esto no ocurre -y por el contrario, se da una dinámica tóxica-, es difícil de sobrellevar. Sobre todo porque es un lazo del que no podemos, ni queremos, rehuir.

Cuando la pandemia nos tenía en pleno encierro, Josefina (23) se quedó sorda de un oído. Luego de ir al doctor le diagnosticaron estrés y le advirtieron que debía comenzar a ir a terapia psicológica cuanto antes. “Partí yendo a la psicóloga y con el paso del tiempo y las sesiones, me cambió la vida. Fue ahí que comprendí que, quizás sin quererlo, mi mamá era la culpable, en gran medida, de todo lo que me estaba pasando. Y que gracias a eso, la persona que había sido todo ese tiempo no era yo, sino que me había puesto una careta por tratar de ser perfecta y darle en el gusto en todo para que no me retara o se enojara conmigo. Eso me generó este estrés terrible”, cuenta.

“Fue su forma de educarme, con mucha sobreprotección y control sobre mí, que se volvía más fuerte cuando no hacía lo que ella quería. Recibía de su parte comentarios como ‘no sirves para nada’, ‘eres una inútil, no ayudas en nada’ o ‘eres fría como una piedra’. En esos momentos yo sentía que no me importaba, pero se fueron metiendo en mi subconsciente y recién ahora me doy cuenta de que son, en gran parte, causa de mis inseguridades”, reconoce. Recuerda también que cuando estaba en la universidad, aunque siempre le fue muy bien con las notas, pensaba que le iba a ir mal porque creía que era tonta –como muchas veces le dijo su madre– y que no entendería nada. “Sabía que iba a lograr salir de la universidad, pero siempre existió la inseguridad de que no iba a lograr encontrar trabajo de inmediato. Yo me iba poniendo barreras porque no me sentía segura”.

Y esto venía desde niña. “En el colegio no me iba bien en matemáticas, me costaba mucho y mi mamá me exigía promedio 6.5. Yo con suerte llegaba al 6.0, entonces pasaba castigada porque no subía las notas. Cuando me sacaba un rojo, iba con la guata apretada y con ganas de vomitar a contarle, sabiendo que iba a recibir el castigo de la vida. Me acusaba de floja, cuando en realidad yo me esforzaba, pero no podía obtener los resultados que ella quería porque me costaba mucho”, confiesa.

Comentarios como ‘no sirves para nada’ o ‘eres una inútil’, penetran en el inconsciente de quien los recibe, sobre todo si vienen desde una figura de autoridad como la madre y son dichos durante la infancia, asegura la psicóloga Camila Aguiló, terapeuta familiar del Instituto Chileno de Terapia Familiar. “Los humanos nos construimos a partir de los vínculos y son las miradas, las caricias y las palabras de nuestros primeros cuidadores las que nos permiten existir y crecer con seguridad. Si estas palabras son lo suficientemente buenas, podremos armar una base de seguridad que nos permita confiar en nosotros mismos, en los otros y en el mundo. Por el contrario, cuando estas palabras no existen o cuando se dan de manera descalificativa, nos costará mucho más sentirnos seguros y amados para poder confiar en los otros y en el mundo”, explica.

Y es que cuando esto ocurre, los expertos hablan de abuso emocional, una de las causas más importantes del alejamiento de los hijos e hijas hacia las madres, padres y cuidadores. Y no es poco común. De hecho, un estudio llevado a cabo en 2015 por el Centro de Investigaciones Familiares de la Universidad de Cambridge para determinar las razones por las que las personas se distancian de sus familias en la edad adulta, determinó que en el caso de las madres, un 77% de los encuestados se alejó por abuso emocional, un 65% por una diferencia de expectativas en cuanto a los roles familiares y un 53% por un choque de personalidad o valores.

En el caso de María, esta relación de abuso emocional se fue desnaturalizando en la medida en que ella crecía, ya que de a poco comenzó a cuestionarle a su mamá las razones detrás de ese control que llegaba al punto de no dejarla salir a ver a sus amigas, ir al cine, a fiestas o salir de la casa en general. Situaciones que ocurrían incluso hasta en la época universitaria, tiempo en que, asegura, le importaban mucho las interacciones sociales. “Por darle en el gusto a mi mamá y que me viera en la casa, me quedaba. Y no era porque hubiese una actividad como un almuerzo familiar o porque ella quisiera estar conversando conmigo, al contrario, al final siempre era lo mismo; me quedaba encerrada en la pieza y con suerte cruzábamos una palabra. Por eso me costaba entender la razón de su control”, confiesa.

Sanar y afrontar la realidad con la madre

La relación de Gabriela (24) con su madre nunca había sido complicada. Ella la veía como una madre liberal, permisiva y con quien tenía mucha confianza. Pero todo cambió cuando le presentó a su pareja, momento en el que, según cuenta, “comenzó la pesadilla de ser vista por su propia madre como una mujer que no respeta su cuerpo”. “Empecé a salir con un chico y como veía que la relación iba bien, se lo presenté a mi mamá para que lo conociera. Como toda la vida tuvimos una relación cercana y cómplice, fui muy honesta con ella, le conté todo. Pero esa cercanía no sirvió de nada, porque cuando quedé por primera vez en la casa de mi pareja, comenzaron los comentarios hirientes. Me decía directamente y a modo de ‘consejo’ que tenía que hacerme respetar y que tenía que valorarme, porque se veía muy feo que yo me quedara en otra casa si es que no teníamos una relación más formal. Desde ese momento -y hasta ahora que han pasado meses- me hostiga diciéndome, entre líneas, que soy una puta”, dice.

Los hostigamientos que Gabriela sufre van desde llamadas intermitentes mientras está con su pareja hasta escenas de celos que la terminan desmotivando de salir de su casa, algo que como comenta, ha afectado su relación de pareja negativamente. “Es frustrante para los dos porque yo dependo en cierto sentido de la aprobación de mi familia, entonces no puedo llegar y mandarme a cambiar tan fácilmente, como él sí puede. A veces, cuando nos queremos juntar, yo no puedo porque estoy peleada con mi mamá y no quiero echarle más leña al fuego yéndome”, comenta.

El recibir este tipo de comentarios desde su propia madre, asegura, fue complicado porque se cuestionó si realmente estaba haciendo algo mal. “Al principio me hizo dudar de mí misma, me cuestioné si la estaba embarrando, pero después me convencí de que lo que yo estaba haciendo estaba bien, si es que yo sentía que estaba bien. Finalmente el ritmo que yo elegí para llevar mi relación es una decisión mía”, concluye la joven.

Para la terapeuta familiar Camila Aguiló, para sanar es importante que quien vive esta experiencia pueda comprender que no hay algo malo o defectuoso en ella que la haga merecedora de estos tratos abusivos de parte de una madre, sino que “son conductas que nos hablan de una dificultad, de un daño y una herida que no ha podido ser reconocida y elaborada, que termina traspasándose, de manera injusta y dañina, a la relación con los hijos e hijas”, asegura. En la misma línea, agrega que un paso muy importante, pero también difícil y trabajoso, es poder hacer el duelo de la madre que hubiésemos querido y necesitado tener, respecto de la madre que realmente tuvimos, dando espacio a todas las emociones que puedan surgir en este proceso, como rabia, tristeza o frustración. “Esto permite reconocer e integrar a esta madre real, asumiendo que hay cosas que no podemos esperar de ella aunque las deseemos, y conectando con aquellas cosas que sí puede ofrecernos, como ser amorosa y protectora con nuestros hijos, sus nietos, por ejemplo”, explica.

Este proceso de duelo –según la experta– nos permite pensar también en cómo nos podemos proteger de aquellas conductas dañinas y, en vez de seguir esperando que ciertas cosas no ocurran, podemos pensar en otras maneras de afrontarlas como no hablando de ciertos temas con la mamá, acotando los tiempos y espacios de estar juntas o, sencillamente, tomando distancia.

Pero ¿se puede “terminar” a una madre? Tomar distancia y perspectiva pareciera ser una solución saludable para mejorar la relación con la madre, pero deshacer un vínculo que siempre se nos ha dicho que es irrevocable, parece imposible. Para la experta, es importante decidir la manera en que necesitamos y queremos vivir la relación con nuestra madre. “Por momentos puede resultar necesario y saludable tomar distancia, acotar la relación e incluso dejar de verse, pero aunque pongamos océanos entre medio, es importante poder trabajar en un espacio psicoterapéutico nuestro vínculo con ella para elaborar el duelo de lo que no pudo ser, abrir espacio a lo nuevo e integrar la imagen de esta madre, con todas sus complejidades y matices, con lo que no fue capaz de darnos y con lo que sí pudo o puede ofrecernos”, concluye.