¿Cuántas veces hemos escuchado la frase “se casó bien” cuando alguien se refiere a una mujer que se casó con un hombre cuyo nivel socioeconómico es elevado o cómodo? Probablemente muchas. O al menos yo la he oído desde mi infancia de la boca de hombres y mujeres que la repiten como si fuese parte de nuestra idiosincrasia. Y si bien nunca la he dicho en serio, creo que está tan presente en nuestra cultura que de cierta manera igual me ha pasado que cuando una amiga se empareja con un hombre con plata, internamente pienso que tiene suerte o que es algo bueno para su vida.

Entiendo de dónde viene. Seguramente en la época de nuestras abuelas o bisabuelas era mucho más común que ahora escucharla, porque décadas atrás a las mujeres las criaban con una única meta en la vida: hacerse cargo de una casa, cuidar a sus hijas e hijos y encontrar a un marido que fuese el proveedor de ese hogar. Y si ese hombre tenía un buen pasar, su rol de proveedor “funcionaba” mejor o al menos facilitaba las cosas. Sin embargo, y aunque esté tan normalizada, no deja de ser una frase machista, especialmente si esa idea sigue rondando hasta nuestros días.

Es cosa de pensarlo así: ¿No está bien casada una mujer con alguien que no posea esta característica económica? ¿No es el amor, el compañerismo o la complicidad lo que impulsa a dos personas a juntar sus vidas, más que las condiciones económicas en las que que pueden vivir? Con esto no quiero decir que el amor lo puede todo o que lo único que importa en una pareja es que se amen. Quienes llevamos años en pareja sabemos que hay muchos otros temas que influyen en una relación y el económico es uno de esos, pero creo que a veces la sociedad arrastra etiquetas difíciles de quitar y que pueden llegar a ser muy dañinas. Porque en la actualidad decir algo así de una mujer es suponer que ella es “menos” que su marido, como si él fuese un premio que tiene que agradecer y cuidar y al que le tiene que aguantar cualquier cosa porque se entiende que su lado, su vida va a estar bien.

Pero además de eso, al ser una frase que se usa solo en el caso de las mujeres –salvo algunas excepciones– nos sigue poniendo a nosotras en otra posición. Y es complejo cuando llevamos años peleando por ganarnos un lugar en el espacio público y en el mundo laboral, porque nos acerca nuevamente a la idea de que nuestra vida va a estar mejor si encontramos a un hombre que nos mantenga.

Siempre he pensado que es difícil tomar la decisión de pasar la vida con alguien, pero cada vez creo con mayor convicción que hombres y mujeres nos casamos bien cuando logramos tener una relación sana, en la que existe amor, compañerismo y complicidad; en la que se respetan las individualidades y donde no entran los celos ni la violencia. El resto, y especialmente lo material, no debería importarnos, porque son cosas circunstanciales que un día pueden estar y al otro no.

Me encantaría transmitirles esto a mis hijas, hijos, nietas y nietos y, al mismo tiempo, que este tipo de frases comiencen a desaparecer de una vez por todas. Porque en una sociedad tan desigual, son estas pequeñas cosas que parecen una simple broma y que pasan desapercibidas las que finalmente ayudan a fomentar esa desigualdad. Y sobre todo me gustaría que a diferencia mía –que la idea de “casarse bien” igual influyó en mis relaciones– ninguna niña en el mundo vuelva a escuchar este viejo concepto, porque lo único que las hará felices es tener la libertad de poder elegir lo que para ellas está bien.

Verónica Jeria, tiene 59 años y es profesora.