Mi hijo mayor tiene tres años y medio. Cuando nació, yo trabajaba en ventas de un hotel en el que había hecho carrera y tenía el puesto con el que siempre había soñado. Todo iba bien hasta que se empezó a acercar el fin de mi postnatal. Me llené de angustia, no quería dejar a mi guagua. Él era chico y solo quería estar a su lado.

Como ni mi familia ni la de mi pareja nos podía ayudar a cuidarlo, la opción era llevarlo a una sala cuna a esa edad, y pensar en eso me agobiaba. Además, como soy muy pro lactancia, me daba miedo pensar que la producción de leche me pudiese bajar por el hecho de separarnos. Ésa fue la primera vez que quise tratar de emprender, motivada por encontrar algo que me permitiera no tener que vivir ese alejamiento tan brusco con mi hijo. Si bien tenía un buen trabajo, la tensión me motivó a buscar otra cosa. Sentía que si tenía que partir de cero iba a poder hacerlo porque ya lo había logrado una vez. Finalmente, cuando cumplió un año, ya me sentí más tranquila con la idea de volver a trabajar y quise retomar mi independencia y mi vida profesional.

Partí tratando de ser independiente, pero eso no me resultó y volví al mundo laboral, a un trabajo estable. Estando ahí me embaracé de nuevo. Y fue heavy, porque además estaba en medio de una crisis amorosa con mi pareja. Sé que hay gente que trata de arreglar las cosas con los hijos, pero a nosotros ella nos llegó de manera inesperada y nos unió. En este nuevo trabajo me estaba yendo muy bien. Lo pasaba bien y me gustaba mucho, pero otra vez volví a sentirme como la primera vez cuando se acercaba el fin del postnatal. Asustada y angustiada dije no, no quiero vivir de nuevo lo mismo, pero esta vez las cosas eran diferentes, no podía no trabajar porque mi hijo mayor ya iba al colegio y eso implica más gastos, más responsabilidades. Tenía que hacer algo.

Así fue como llegué a estudiar para ser asesora de lactancia y de BLW, un método de alimentación más o menos nuevo. Descubrí ahí algo que me apasiona porque, aunque mi trabajo me gustaba, el tema del turismo no era mi pasión. El mundo de los niños en cambio siempre me interesó mucho, y la maternidad me acercó a eso. Me di cuenta de que todas las mamás hablamos lo mismo, y armé un blog que trataba estos temas. Me pasaba que sentía que la maternidad estaba demasiado idealizada y que había que transparentarla, porque muchos creen que las cosas son fáciles pero muchas veces no lo son. A mi personalmente me costó familiarizarme con el rol de mamá, un rol difícil y muchas veces solitario también. Escribiendo mi historia y sentimientos vi que a muchas nos pasa lo mismo. Recibí mensajes de mujeres que me agradecían y se sentían acompañadas. Y eso me ayudó a convencerme de que tenía que estudiar algo relacionado. Y renuncié, muerta de miedo, al trabajo que me estaba esperando.

Hay días en los que digo qué voy a hacer, en qué me metí, pero cuando pienso en eso trato de volver al sentido; que esto lo hice porque quiero estar más con mis hijos. Hoy hago talleres sobre los temas que he estudiado y a todos puedo ir con mi guagua, y esa libertad no me la iba a dar ningún otro lugar. Puedo estar con ella en todas partes e ir a buscar a mi hijo al colegio. Tampoco tengo que mandarlo a un after school. Eso para mí es muy gratificante, es lo que me llena.

Creo que hay dos categorías de mamás, las dos igual de buenas y perfectas porque estoy convencida de que para los niños al final lo importante es que estemos sanas y felices. Unas son las que necesitan su independencia lo antes posible. Mujeres a las que a veces incluso el postnatal se les hace largo. Y otras que somos más gallinas, porque nos cuesta más separarnos de los hijos cuando son chicos. A muchas de ellas las he escuchado llorar cuando se acerca la fecha de volver al trabajo. Trato de decirles que busquen otras alternativas, que se den una vuelta y descubran qué pueden hacer, para qué son buenas. Es necesario abrir los ojos. La fuerza que nos dan los hijos nos ayuda a darnos cuenta de que hay otras opciones.

Obviamente a ratos es cansador andar con los niños todo el día, pero fue tanta la angustia que sentí al tener que separarme de ellos para ir a trabajar, que hoy incluso la parte cansadora la agradezco. Y si me canso me quejo, como cualquier mamá. Trato de salir harto de la casa con ellos porque también se cansan estando siempre ahí. Por eso les hago harto panorama y soy bien creativa inventando qué hacer. Y cuando puedo los dejo con alguien. Salgo con amigas porque es importante también olvidarme un rato de que soy mamá. En momentos de crisis no puedo hacer demasiado, pero uno se puede poner al día haciendo otras cosas.

Entiendo que detrás de esta decisión hay un tema económico que no es menor. En nuestro caso, mi pololo estudia y trabaja. Como estamos pagando una carrera y los gastos propios de una familia, lo que hicimos fue irnos a vivir con mi mamá y así compartir los gastos con ella. Es difícil volver a vivir con tus padres teniendo tu propia familia armada, pero es un sacrificio que decidimos hacer para poder cumplir este sueño. Creo que hay que poner las cosas en una balanza. Siempre se sacrifica algo, pero eso tiene otros beneficios que hacen que para mí todo valga la pena. Actualmente debemos cuidar mucho la plata y eliminar los gastos que no son una necesidad primaria y eso está bien, porque si lo pienso, por otra parte me estoy ahorrando el furgón que llevaría a mi hijo y el jardín al que lo tendría que llevar en las tardes para poder ir a trabajar y una cuidadora para mi hija menor. De alguna manera ahorro en el cuidado y llegué a esta fórmula que es la que más me acomoda y me hace feliz.

Marie-Cécile tiene 29 años. Es mamá de dos hijos y asesora de lactancia y del método de alimentación BLW.