Paula 1113. Sábado 19 de enero 2013.

Es probablemente el objeto más recordado de este y muchos museos de Historia Natural. En una encuesta al público que realizaron en la reapertura luego de reparar los daños del terremoto, la ballena fue lo que más impresionó al 90% de los 600.000 visitantes que recibieron. En otra docena de museos un esqueleto del animal más grande vivo sobre la tierra abre o cierra la exposición: en el Museo de Londres y el de la Universidad de Cambridge, en Gran Bretaña; el de Nantes, Francia; el de Sudáfrica; en los de Connecticut, Nantucket, California y Washington, en Estados Unidos; en el de Barcelona; en los de Vancouver y Ottawa, en Canadá; en el de Eden, Australia. En el chileno, la ballena es tan importante que forma parte del logo institucional y en la remodelación del año pasado, se reservó la última sala de 14 metros de largo para exhibir en ella un video de un minuto y medio que simula el paso de unas ballenas a tamaño natural como si los visitantes estuvieran frente a la ventana de un acuario. Los niños gritan cuando aparecen las enormes bestias. Y cuando se oyen los cantos de ballena es realmente sobrecogedor. Luego de esa sala, se abre paso al hall donde está, desde hace 124 años, el sublime esqueleto de la ballena.

Pero he ahí el problema: ¿de qué ballena?

La enorme estructura de 18 metros y media tonelada de huesos, ha tenido al menos tres nombres distintos a los largo de su historia y realmente no se sabe con precisión a qué especie pertenece.

En casi todos los museos la identidad es clara: minke, de aleta, boreal, sein, azul o jorobada. En Chile ha sido identificada como ballena antártica o glacialis, ballena azul y ahora último ballena de aleta. Sin embargo, gracias a que la están desarmando para restaurarla, se dejaron entrever huesos y detalles cubiertos por yeso en 1889, que hacen aventurar a los biólogos que probablemente todas las anteriores identidades estaban erradas y la pobre ballena chilena sería de una cuarta especie.

–¿Y de cuál?– le pregunté ansioso hace meses al biólogo y jefe científico del museo José Yáñez, quien lleva la batuta en todo este entuerto.

–No puedo decírselo hasta que salga el paper– me respondió con celo.

Cuando se hace una investigación científica debe ser publicado en una revista con nominación ISSN (Número internacional de publicaciones seriadas), antes de divulgarse. Si se cita o se publica en un medio como Paula, no se considera un aporte científico, se desvaloriza o puede que, incluso, alguien la copie y el autor pierda toda autoría.

Por eso el nuevo nombre de la ballena era un secreto de guerra.

Ni siquiera en otras dependencias del museo sabían la nueva identidad. Eso fue en agosto.

Volví en septiembre para las Fiestas Patrias, el paper todavía no salía; lo mismo pasó en octubre y en noviembre, cuando comenzaron los trabajos finales para desmontarla. Y en diciembre, para la víspera de Año Nuevo. "Paciencia" me decía José Yáñez siempre riendo.

Me negaba el secreto a pesar de que, le decía yo, una publicación como esta, era inofensiva. Pero era una tumba. Y me respondió una vez:

–Imagine usted que de pronto se entera que no es hijo de su padre, sino de otro señor indeterminado...

Sentí que me miraba raro. Quizás adivinando que soy el único crespo de mi familia y que vivo acechado de dudas.

–¿Cómo se sentiría? –continuó–. ¿No querría saber, acaso, quiénes son sus verdaderos tíos, sus primos?

Y claro, concluí que hubiera querido enterarme por mi propia madre. No por ahí, en una revista cualquiera. Lo dejé en paz.

Pero al pasar por enésima vez por debajo del esqueleto, caí en la cuenta que este científico tenía algo con el nombre de esa ballena. Era como su papá. Y me fui ese día sospechando ideas extrañas.

La ballena del museo fue comprada en 1889 por le naturalista Rodolfo Philippi, entonces director del museo. Era un ejemplar que había varado en Valparaíso y sus huesos fueron enviados por tren a Santiago. "Pero Philippi no era taxonomista era botánico. Y la clasificó Antárctica, que no es", señala José Yáñez, el biólogo de vertebrados del museo y quien acaba de demostrar que la ballena tiene otra identidad.

VENDO BALLENA: DESPACHO A DOMICILIO

Luego que supo que varó una ballena en una playa de Valparaíso, el naturalista Rodulfo Philippi, quien dirigió el museo por 40 años, la compró por telegrama (1889). Algo así como internet hoy día. La pagó de su propio bolsillo, le enviaron los huesos por tren y los fue a buscar en carretones a la Estación Mapocho.

No había cetólogos en Chile, así que él mismo clasificó el espécimen como Balaena antárctica un género hoy en desuso, denominado actualmente Glacialis.

–Pero Philippi no era taxonomista –dice Yáñez– era botánico. Y aun así clasificó más de 1670 de las 23 mil especies vivas chilenas.

Pero, claramente, la ballena no era Balaena sino Balaenoptera (de otra familia). Pero se le perdona, hizo lo que podía con el conocimiento que tenía en su tiempo.

Y ese fue el primer nombre equivocado de la ballena: Antárctica. Pero lo más curioso no fue eso.

–Sino que en algún momento bien avanzado 1900 –continúa Yáñez– medio en broma medio en serio, alguien escribió "la ballena azul del museo". Al parecer en la prensa. Y así gradualmente fue cambiando de nombre. Hacia 1960 ya todo el mundo la conocía como "la ballena azul o el Museo de la ballena azul". Y, claro, como era la especie más grande, la más impresionante, el nombre gustó y se oficializó en una plaquita a los pies del esqueleto.

Ese segundo nombre duró hasta los 80.

Ahí aparece Yáñez en la historia.

Llevaba 4 años como biólogo de vertebrados del museo convencido que era una ballena azul. Hasta que en 1980 revisó el esqueleto la eminencia de la cetología en Chile, Walter Sielfeld (hoy profesor de la Universidad Arturo Prat) quien recorrió todos los museos y esqueletos disponibles para hacer el primer catastro de mamíferos marinos chilenos. Le corroboró a Yáñez que la ballena no era Antárctica y tampoco azul.

Notaron que la forma de los huesos de cráneo y el paladar y cierta estructura general del esqueleto (por tamaño y madurez de los huesos), no correspondía a un ejemplar de Balaenoptera musculus o Azul.

–Este ejemplar –escribió Sielfeld en su libro Mamíferos chilenos en 1983– aparentemente se encuentra mal identificado. A pesar de no presentar huesos nasales, parece corresponder a Balaenoptera physalus o rorcual común. La forma general de los huesos del rostro y el paladar no corresponden a Balaenoptera musculus.

Una cercana visita de Koen van Waerebeek, director del Centro Peruano de Estudios Cetológicos, corroboró las dudas: el esqueleto parecía ser ballena Physalus, comúnmente llamada sein o de aleta.

José Yáñez, entonces un biólogo treintañero, corrió a decírselo al director del museo.

–Pero eran otros tiempos… –dice Yáñez haciendo el gesto de cuadrarse ante un general–. El director de entonces, el antropólogo

Hans Niemeyer quiso mantener el error en secreto. Me dijo: ¡Ni lo digas! Hace como 100 años que la tenemos por ballena azul y no vamos a cambiarla. Y le impidió divulgar ese descubrimiento. Total, para un antropólogo, una ballena es una ballena.

A fines del 2012 el museo empezó a restaurar la ballena que había resultado dañada después del terremoto. Fue entonces que aparecieron dos grandes detalles: la ballena estaba mal montada, con una joroba, y había sido alargada 2 metros 60 cm.

EL NOMBRE CASI DEFINITIVO

Ante la censura, Yáñez tomó la investigación de la identidad del esqueleto como una causa personal. Pasaron 20 años, hasta que recién en 2000, mediante un paper científico, Yáñez junto a Gian Paolo Sanino de la ONG de mamíferos marinos Leviathan, demostraron que el esqueleto no era de ballena azul, sino sein o de aleta y se anotó "el poroto" como dicen en la ciencia cuando un científico hace un aporte: tuvo el honor de cambiar el cartoncito que va en el pedestal del esqueleto.

Pero 35 años a la sombra del enorme esqueleto afiebran a cualquiera. Nunca se quedó conforme y siempre miraba a la ballena desde distintos ángulos para ver si por esas cosas de la vida aparecía de pronto el detalle revelador. Eso pasó a comienzos de 2012. El museo decidió restaurar la ballena. Un proyecto que venía postergándose desde el terremoto.

–La ballena tenía notorias grietas en las mandíbulas y algunos huesos que soportan todo el peso del esqueleto parecían a punto de romperse– explica Guillermo Castillo, jefe de Conservación del museo.

Llevaban 123 años solo limpiándole el polvo, sin saber el real estado de conservación de los huesos ni la estructura de fierro que los soporta.

Comenzaron a hacer sondeos y a remover el antiguo yeso que cubría parte de los huesos y unía la columna vertebral en el estilo de exhibiciones de 1890.

–Y ¡oh, sorpresa! –dice José Yáñez– aparecieron de pronto dos grandes detalles: la ballena estaba mal montada, con una joroba –y con las aletas como un avión, siendo que anatómicamente van hacia atrás– pero lo que más los sorprendió, fue que probablemente era más chica que lo que pensábamos.

Al cincelar el yeso y medir el espacio vacío entre las 57 vértebras de la columna vertebral aparecieron intersticios de hasta 7 centímetros. Cuando lo normal es que midan entre 1,5 y 2 cm en un animal vivo. La ballena había sido alargada 2 metros 60 cm.

–Si uno mide los huesos de la ballena –dice José Yáñez– y coloca los espacios entre las vértebras correctamente, mide en total 15,9 metros. Bastante menos que los 18,5 metros que tiene en la actualidad.

Entonces, Yáñez empezó de nuevo a dudar de la identidad del esqueleto. Era muy chica para ser una ballena de aleta adulta como la identificó él mismo en 2000.

Y, entonces, ¿qué ballena es en realidad? Todo de nuevo.

En 1889 todavía no era tan popular la fotografía como para haber hecho un registro de la ballena en la playa. No tomaron sus medidas anatómicas los carniceros que la limpiaron por encargo del intendente de Valparaíso. Tampoco un biólogo la describió in situ.

Yáñez desempolvó una antigua investigación realizada por el entomólogo del museo, Ariel Camousseight quien en 1989 encontró los telegramas que Rodulfo Philippi se envió con el intendente de Valparaíso y con el ministro de Justicia e Instrucción para la compra de la ballena, primero; y para que le devolvieran su dinero, después.

Dice en un informe del 7 de mayo de 1889: "A pesar de las circunstancias adversas, el museo no ha dejado de hacer adquisiciones notables. La más importante sin duda, es el esqueleto completo de una ballena (Balaena antarctica) que varó a poca distancia de Valparaíso i que tenía 15 metros de longitud".

15 metros medía muerta, ahí estaba el dato.

Después, agrega Philippi el 21 de mayo del mismo año: "no habiendo habido tiempo de pedir previamente la autorización de U.S., ni sabiendo de antemano a cuánto podían ascender los gastos, no he vacilado un momento en hacerlos de mi bolsillo". Y pasa a detallar: "la compra del animal a su dueño, la limpia grosera de sus huesos, el viaje del preparador i disector a Valparaíso, etc, importó la suma de $416,10 cts. Y hubo también la necesidad de construir una gran poza (en el patio del museo) que costó $279,45 cts". Demoraron 7 años en limpiar los huesos. Montarla en su actual ubicación costó $ 1.500. 124 años después solo desarmarla cuesta 39 millones.

LA CIENCIA A MARTILLAZOS

–Es una vieja gorda, pretenciosa y exigente –dice refiriéndose a la ballena– Claudia Espinosa, la restauradora de Huella Patrimonial, la empresa que se ganó la licitación de 39 millones para desarmar el enorme esqueleto de 18 metros de la ballena, tarea en la que trabaja un equipo de 23 personas.

Cada martillazo que daba para picar uno a uno los 57 anillos intervertebrales resonaba en todo el edificio construido en 1876. Las barandas del segundo piso –trizadas todavía por el terremoto de 2010– vibraban.

–A veces casi nos saca lágrimas– dice. A pesar que ponen sumo cuidado en el desarme para evitar que se les venga abajo.

La amalgama con que están unidas las vértebras es una materia desconocida, mezcla de yeso, cemento dental y quizás qué otro aditivo endurecedor de fines de 1890. Duro como el acero. Junto a Claudia, la restauradora Fanny Canessa estaba expectante.

–A cada golpe de cincel en la columna, tiembla la cabeza entera –dice Fanny. Decidieron desmontarla antes.

Gracias a la remoción del yeso en los sondeos previos, José Yáñez accedió a huesos intactos. Encontró que el oído medio y en el proceso coronoide de la mandíbula (la parte donde encaja en el cráneo) tenía grandes diferencias que la alejaban de una Physalus.

En agosto supo la identidad verdadera. O última. Pero recién el 3 de enero salió por fin el paper "Sobre la identidad de la ballena del MNHN" publicado en el boletín del Museo (disponible en la página web del museo) y por fin pudo revelar su identidad.

Los huesos petrotimpánicos y esos pequeños detalles, mostraban ciertos parecidos con las taxonomías descritas para otra especie distinta de ballena, la Balaenóptera borealis o rorcual boreal.

Esta especie fue una de las más cazadas en todo el mundo. Según Greenpeace se mataron 203 mil ejemplares hasta 1960, casi hasta extinguirla. Era vista en todo el mundo. Actualmente sobreviven pocos ejemplares. Un adulto, mide entre 12 y 16 metros. Lo que la acerca bastante al tamaño de la ballena del museo armada correctamente, que mediría 15,9 metros. Yáñez, en coautoría con los biólogos Jhoann Canto y Gian Paolo Sanino anunciaron el cuarto y definitivo nombre que tendrá la ballena a partir de este año cuando sea rearmada: Balaenóptera borealis.

–¿Definitivo?

Otros cetólogos consultados, de inmediato sintieron curiosidad por el nuevo paper:

–¿Borealis? Dudo –dice como jugando a los dados José Brito, el hombre que quizás más ballenas muertas ha disectado, y cuidador

de la segunda mayor colección de cetáceos en Chile en el Museo de San Antonio donde sí hay un esqueleto de ballena azul pendiendo del techo. Me muestra el cráneo de Borealis que tiene sobre unos troncos. Se ve mucho más pequeño y espigado y con el encéfalo abultado y no chato, como en la del museo.

Lo mismo piensa Juan Capella, biólogo experto en ballenas hoy a cargo del Parque Marino Francisco Coloane en Magallanes, un lugar donde se observa una colonia de ballenas jorobadas y ha visto Borealis:

–Son muy chicas y delgadas.

–Esta es solo una hipótesis para ser refutada con una nueva investigación– dice Yáñez en su oficina por fin con el paper en las manos–. Así avanza la ciencia.

Y lo arroja sobre el escritorio. Ya tiene lista su siguiente movida. Cuando desarmen completamente el esqueleto en este enero, Yáñez extraerá una muestra de un hueso interno –protegido de la contaminación y las intervenciones– para hacer un análisis genético que le ofreció una científico chilena radicada en Japón.

–Solo eso va a corroborar o refutar todas las hipótesis que vuelan acerca de la verdadera identidad de este ejemplar. Nos interrumpe el teléfono. Lo llama un desconocido. Antes de colgar, con ese tono entre humorístico y sardónico, le dice:

–Claro, claro; pero, a propósito, mi nombre correcto no es Patricio, es ¡José Yáñez! Hasta luego.

Todo el tiempo confunden su nombre con el del popular futbolista. Pero él siempre hace la corrección:

–No vaya a ser que el error quede por escrito –dice meditabundo– y eso les acarree futuros problemas de identidad a mis hijos, como los que tiene la ballena ja, ja, ja.

Preocupación de padre.