Mi relación con la sexualidad, o con lo que entiendo por sexualidad, ha sido compleja. Cuando era chica, siempre se me recalcó la importancia de hacerse respetar. Ahora creo que en ese comentario había un subtexto implícito que revelaba una forma de pensar que persiste hasta el día de hoy: para ser respetada como mujer, había que restringir la sexualidad. Y ojalá, como me dijeron varias veces durante mi infancia, llegar virgen al matrimonio. Los hombres, aseguraban, no tenían la misma regla porque nacen calientes. Y por eso se les permiten ser de tal forma. En cambio nosotras, para ser dignas de una relación, teníamos que decir que no lo más posible. Porque era ese 'no' lo que nos hacía ser respetadas. O, como me dijo un amigo hace poco, lo que nos hace ser "material de pololeo".

Suena obsoleto, pero así piensan las mujeres de mi familia, a pesar de ser empoderadas en otros aspectos de la vida. Y creo que no son las únicas. Hay luchas que han sido conquistadas, pero el imaginario colectivo que existe en torno a la sexualidad sigue perjudicando a la mujer. Porque la libertad sexual no se aplica de igual manera para hombres y mujeres. Mientras ellos son campeones, nosotras somos putas.

Mi mamá hizo todo de acuerdo a la norma: se casó, quedó embarazada y fue dueña de casa. Nunca me hizo pensar que debía hacer lo mismo, ya que entendía que así la habían criado a ella. a mí me empoderó, me dio mucho amor y me hizo pensar que yo era capaz de hacerlas todas. Sin embargo, cuando se trataba de la sexualidad, su visión seguía siendo sumamente tradicional y conservadora. Una visión gestada bajo la lógica patriarcal imperante en la que los hombres tienen más libertades y las mujeres más restricciones. Porque para nosotras rige una norma diferente, me decía: la de ser, ante todo, señoritas. Incluso si eso significa dejar de lado nuestras necesidades.

Esas fueron las ideas que rondaron en mi casa durante mi infancia. Y son las que moldearon mi manera de pensar. En un principio, mi reacción casi espontánea fue la de temerle a la sexualidad. No tenía referentes y tampoco con quién hablar estos temas. Hasta los 18 años todo lo que creía saber era una mera ficción. Mis amigas eran igual de inexpertas y en sus casas tampoco se hablaba abiertamente de sexo. Muchas llegaron a los 18 años sin haber dado su primer beso. Luego, como una contra respuesta, me fui al otro extremo. Empecé a ver series como Sex and the City y películas como Diario de una ninfómana y empecé a sentir profunda admiración por los personajes que tenían pasiones desbordantes y aventuras sexuales casuales. ¿Si los hombres podían hacer lo que quisieran, por qué a las mujeres se nos castigaba por querer hacer lo mismo?

Así fui descubriendo la sexualidad por mi cuenta y forjando una visión nueva. A través de la lectura y las series me fui despojando de ciertos prejuicios, o al menos eso creía. Opté por hacer lo que en mi familia era mal visto, o censurado, y en poco tiempo definí que no quería tener pololos, sino más bien aventuras casuales. Mi mamá me preguntaba: "¿cuándo vas a traer pololo? y yo no le hacía caso. Y es que no quería ser señorita y no quería hacerme respetar. Quería tener la libertad de llamar a los hombres e ir directo al grano. Porque eso implicaba, en definitiva, dejar de sentir la presión por tener que decir no.  Todo esto lo hice de manera responsable, pero en secreto. Incluso cuando fui a la ginecóloga por primera vez, fui sola. Creía realmente que de esta forma me estaba alejando de las enseñanzas inculcadas, pero no me daba cuenta aun que habían calado hondo. Mi liberación sexual estaba condicionada por la profundamente arraigada lógica machista y por más de que yo pensara que me estaba emancipando, estaba lejos de eso. Me di cuenta hace poco, de hecho, que incluso en esta visión más libertina de la sexualidad, los sesgos machistas que me habían enseñado seguían estando presentes. Y por eso nunca logré disfrutar del todo mi libertad sexual.

De cierto modo, en todos estos años sentía que si había elegido esta forma menos convencional tenía que sufrir las consecuencias y, por lo mismo,  auto boicoteé cada relación o vínculo que tenía el potencial de ser algo más. De manera inconsciente, pensaba que el sufrimiento era parte de la vida cotidiana de las mujeres. Y no me permití nunca, entonces, estar tranquila con mi decisión. Así como las matriarcas de mi familia tampoco se permitieron ciertas libertades. La idea de sufrir se me hacía aceptable –o incluso apropiada– por el solo hecho de tener una vida sexual activa. Era el castigo que me correspondía por haber elegido ese estilo de vida. El amor, en cambio, no era para mí. Yo había elegido pasarlo bien y eso no era compatible con tener una relación estable.

Por esto mismo, me costó mucho enamorarme. Y cuando finalmente me pasó, le insistí durante tres años que solamente fuéramos amigos con ventaja. Él me pidió que formalizáramos la relación, pero yo me negaba. Hasta el punto en el que ya no estuvo dispuesto a seguir en esa dinámica. Gracias a él, me di cuenta de que por libre que estaba siendo, igual me estaba encasillando. Yo lo quería, y quería estar con él. Pero por alguna razón, no me lo estaba permitiendo a mí misma. También me di cuenta que todo lo que nos han enseñado se manifiesta de alguna u otra manera, incluso cuando uno cree que está haciendo lo contrario. Porque finalmente lo que me pasaba era que yo sentía que no me merecía ser amada.

Soy historiadora y me especialicé en estudios de género. Recién hace tres años pude entender que hay constructos sociales que nos afectan directamente, pero que nosotras mismas seguimos perpetuando, incluso de manera no intencional. Porque finalmente, ¿cómo se construye el imaginario que existe en torno a la sexualidad en una sociedad machista? Siempre va estar, en mayor o menor medida, condicionada. Creo que esto se replica en muchas familias chilenas, en las que todavía se les exige a las mujeres que sean de tal o cual molde. Para liberarnos realmente de eso, el trabajo tiene que partir por nosotras.

Andrea (29) nació en Puerto Varas y es historiadora.