Joan Manuel Serrat (79) es un habitante histórico de la cartelera chilena de conciertos.

Lo empezó siendo desde 1969, cuando el mundo era otro. Y cuando el propio Serrat también era otro, aunque desde su cuna artística se erigió como un autor de mirada sensible, aguda, poética, capaz de narrar con inspiración los grandes tópicos de la existencia humana.

Ese año, y luego de acumular prestigio en su natal España, participó en el IV Festival Internacional da Canção Popular de Río de Janeiro, con el clásico Penélope. Aprovechó para montar una gira que después siguió por Argentina, Chile, México y Venezuela. “Serrat descubre a América y América descubre a Serrat”, fueron algunos de los titulares en medios del continente para describir el carácter casi epifánico de su visita, con tan sólo 25 años.

Como vuelta de mano, en España lo bautizaron como “el latinoamericano de Barcelona”, calificativo que sin contrapesos sostiene hasta hoy.

En el caso chileno, se presentó en el Teatro Municipal de Santiago con un show organizado por Raúl Matas y emitido por Televisión Nacional. Ahí, desplegó el material de sus cinco álbumes hasta esa fecha, centrándose en el que tenía vida más reciente, Dedicado a Antonio Machado, poeta (1969), donde musicalizaba las piezas del vate sevillano.

Su figura, amplificada además por la televisión, instaló en el país el concepto del cantautor menos político y más poético, capaz de labrar un discurso asentado en alegorías, influyendo a una generación completa de artistas chilenos, desde Julio Zegers hasta Fernando Ubiergo.

Quizás por lo mismo –y como parte también de la alta temperatura política que aumentaba en el país-, Serrat volvió varias veces, incluso al Festival de Viña con doblete, en 1970 y 1971. En el 71, vino gratis como muestra de apoyo al gobierno de Salvador Allende y se reunió con Pablo Neruda, a quien siempre le profesó admiración.

Pero la bota militar abriría un largo paréntesis en el vínculo con el país. Su música desapareció de la radio y la TV y, por supuesto, su presencia fue proscrita. Sus casetes y las letras de sus temas empezaron a contrabandearse de mano a mano, a espaldas de la oficialidad, en un destino muy similar al enfrentado por otros emblemas de la escena hispanohablante más combativa, como Silvio Rodríguez o Pablo Milanés. De hecho, en 1983 la dictadura incluyó al hombre de Mediterráneo en un listado de personalidades públicas que tenían prohibido su ingreso a Chile, debido a que su actuar, según se justificaba, “iba contra los intereses de la nación”.

El español –y sus muchos simpatizantes en el país- intentaron revertir el veto. En 1988, fue invitado al acto de cierre de la campaña del No y como parte de la delegación española que ejercería como observadora del plebiscito que el 5 de octubre de ese mismo año definiría el futuro de Augusto Pinochet en el poder.

La CNI había empezado a hacer su trabajo y un par de días antes distribuyó a las 22 líneas áreas que operaban en territorio nacional un comunicado recordando que el músico no podía ingresar.

Pero Serrat aterrizó igual. El 1 de octubre a las once de la mañana, llegó en un vuelo Iberia que se posó en Pudahuel. Cuando estaba listo para salir de la nave, miembros de la policía chilena le recordaron que no era posible y que debía devolverse. Tres horas después, el cantante en ese mismo avión emprendió el vuelo de retorno hacia su nación de origen.

Eso sí, antes grabó un casete con sus palabras, el que fue entregado de manera camuflada a radio Cooperativa, emisora que posteriormente emitiría el mensaje. “Me tengo que quedar aquí en Pudahuel y regresar a mi país. Yo quiero que sepan que los estoy viendo, que los escucho, que los siento y que quiero que ustedes también me vean y me sientan como uno más entre ustedes, con la seguridad de que muy pronto vamos a estar juntos, cuando de nuevo Chile sea lo que siempre fue: un país ejemplo de libertad, ejemplo de respeto mutuo y de paz”, decía el audio.

El reencuentro definitivo de Serrat con Chile –sin limitantes, sin agentes de la policía, sin impedimentos de última hora- sucedió el 28 y 29 de abril de 1990, con dos conciertos repletos en el Estadio Nacional, donde, quizás como una forma de exorcizar demonios, interpretó Volver a los 17, de Violeta Parra.

“Pido permiso para retomar el canto que dejé colgado hace 17 años. Disculpen si tardé, pero no fue cosa mía”, presentó antes de reversionar a la cantautora.

Pero no sería, ni de cerca, su última gran historia con Chile. Los 90 también aguardarían otros episodios igual de vibrantes y emotivos.

***

Porque el catalán no sólo volvió para decir presente bajo el simbolismo del Estadio Nacional. También retornó en 1993 al Festival de Viña del Mar, la cita en la que deslumbró en los albores de su trayectoria.

De hecho, estuvo en la jornada de apertura, el miércoles 10 de febrero, y también en la de cierre, el lunes 15, en una cita donde figuraban Jon Secada, Dr. Alban, Joaquín Sabina y Sergio Dalma, entre otros. Pero, por el peso de su obra y por su recorrido político, él era el astro indiscutido.

Su show avanzó en ambas ocasiones sin contratiempos, partiendo con la legendaria Cantares. Hasta que en la segunda presentación, casi al cierre, hubo una pausa y todo pareció congelarse. ¿Qué iba a decir?

El autor tomó el micrófono para hacer una suerte de llamado ante una Quinta repleta y con miles de personas mirándolo por TV. Ahí recordó, con voz pausada, que en un hospital de Santiago, una madre, Ester Carreño, y un padre, Juan Olmedo, sufrían por el secuestro de una de las gemelas que Ester había dado a luz sólo un par de días antes, el día 10 de febrero. Serrat pidió “como padre” a los secuestradores que devolvieran a la niña. Dedicó frases de emoción hacia el dolor de los progenitores, y a continuación cantó Esos locos bajitos.

“Con su permiso, y espero que con su complicidad, quiero romper la alegría de esta noche para dedicar una canción muy especialmente a una pareja. A un hombre y una mujer”, partió diciendo en pleno escenario de la Ciudad Jardín.

Luego siguió: “A Ester Carreño y Juan Olmedo. Ellos están en una maternidad, en Santiago. Están con la angustia de haber visto escapárseles de las manos a un hijo recién parido. Les han quitado un hijo.. Y yo desde aquí, desde esta noche y desde lo más profundo de mi corazón de padre, quiero solidarizarme con ellos. Y quiero exigir a quien ha sido capaz de cometer un acto así, que reflexione. Si quiere, quiero suplicarle que reflexione. Y que entienda el profundo dolor de un ser humano cuando a uno le quitan lo que acaba de echar al mundo”.

A las siete de la mañana del día siguiente, el hombre de Penélope fue despertado en su habitación del hotel O’Higgins por la policía, quien le comunicó que la niña estaba de nuevo con su madre. O sea, en algo había ayudado para que la historia tuviera un desenlace feliz.

“No sé si pude ayudar. Eso no importa. Lo importante es la alegría de los padres, que es la misma mía. Lo importante es que la niña esté donde está”, declaró después en palabras recogidas por los medios en esos momentos.

La autora del secuestro, Carmen Mancilla, de 21 años, había perdido el hijo que esperaba a los seis meses de embarazo por presuntos malos tratos de su pareja. El día 10 le anunció a su madre que estaba a punto de dar a luz y el 14 acudió al hospital clínico donde se recuperaba Ester Carreño de su doble parto.

La joven aprovechó el sueño de la madre para llevarse a la niña a casa de sus padres: “Aunque no teníamos para darle, mi hijo salió a vender condimentos y así tuvimos lechecita”, señaló a la policía la madre de la joven secuestradora.

En su último paso por Santiago en noviembre, Serrat también se juntó con varios periodistas y recordó esa historia: “No podía pensar en absoluto qué podría representar, sino qué podía hacer. Me parecía algo tremendamente terrible. No lo sé. Fue muy espontáneo y pensé que tenía una tribuna ahí. Tenía una tribuna, el Festival de Viña lo veía a todo el mundo y solté el speech, luego me pegó un susto la policía, que ha despertado golpeando la puerta y fueron a darme una muy buena noticia”.

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