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Actualizado el 26/03/2017
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30 años de la visita del Papa a Chile

Autor: Paulina Sepúlveda Garrido

Tres décadas después del viaje del único Papa que ha venido al país, sociólogos, historiadores y antropólogos analizan su legado. Fue una de las visitas más relevantes del siglo XX, que movilizó a la gente a las calles y marcó un hito en episodios futuros de la historia nacional.

30 años de la visita del Papa a Chile

En julio de 1985, un grupo de obispos chilenos le envió una carta al entonces Papa Juan Pablo II. “Los obispos de Chile solicitamos por unanimidad vuestra visita pastoral a nuestra patria”. El 21 de octubre de ese año el pontífice confirmaba su viaje. “El Papa vendrá a Chile en el primer trimestre de 1987”, titulaba al día siguiente La Tercera.

Su viaje se materializó entre el 1 y el 6 de abril de 1987, y a 30 años de ese hito, es la única visita que un sumo pontífice ha realizado el país.

Se trató del octavo viaje apostólico a Latinoamérica de Karol Józef Wojtyla, su verdadero nombre, en ese entonces de 66 años. Visitó Uruguay, Chile y Argentina. En nuestro país recorrió Antofagasta, La Serena, Valparaíso, Santiago, Concepción, Temuco, Puerto Montt y Punta Arenas.

Para un Chile de extensa tradición católica, su figura era muy relevante. Pero además el país estaba política, social y económicamente convulsionado. Por ello, su visita generó altas expectativas.

Su agenda incluyó actividades con autoridades del régimen militar, reuniones con representantes del mundo de la cultura, de la política, pobladores y con los jóvenes, entre otros.

Con dos años de anticipación se creó un slogan, una oración y una canción por su llegada. Además, se repartieron medio millón de Altares Familiares, que tenían en el centro el rostro de Cristo.

La visita de Juan Pablo II tuvo una gran importancia simbólica, resalta Manuel Antonio Garretón, sociólogo, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, y académico de la U. de Chile. “No cambió mucho las cosas, porque no era posible. Pero sí hubo un cambio simbólico. Lo básico de su visita no es tanto su discurso, ni lo que dijo, sino ciertos gestos que tuvo”.

Destaca Garretón como ejemplo, que en la homilía en La Bandera ocupara la biblia del sacerdote André Jarlán, fallecido en la población La Victoria en una protesta nacional en 1984.

Espacio público

Su paso por Chile generó la primera aparición de la población en las calles y la televisión, “de una forma legitimada”, dice Garretón. “Iban a ver al Papa. Lo mostraba la televisión, no denostándolos ni atacándolos, como en las protestas”.

Todo el mundo salió a las calles. “La vida era solitaria en el Chile de esa época. Las manifestaciones eran disueltas y sí se autorizaban eran de grupos específicos. Por primera vez toda la sociedad vuelve al espacio público. Las manifestaciones eran desconocidas para muchos”, agrega José Isla, antropólogo social y académico de la U. de Chile.

Sus actividades además, fueron profusamente transmitidas por los medios, destaca Isla.“Había una instancia de participación de los medios desconocida. Antes de eso existía la radio que transmitía las noticias, pero entonces por primera vez era la televisión que en directo mostraba la presencia de la gente en espacios públicos”.

Su visita es uno de los eventos más trascendentes en la historia de Chile del siglo XX, sostiene Gabriel Cid, historiador y académico de la U. Diego Portales.

“Casi un millón de personas se reúne en el Parque O’Higgins, a tal punto que ese día se declara feriado. La prensa se encarga de dar información sobre su vida, hay canciones, hay toda una atmósfera que se va encendiendo. Hay copas en su honor, la presencia masiva de su imagen, hasta radioteatros que contaron la vida del Papa”, indica Cid.

Vuelta a la democracia

Tres décadas después, su visita puede mirarse desde distintas aristas. Ana María Stuven, historiadora y académica de la U. Católica, dice que fue un momento de la historia en la cual los chilenos se unieron, a pesar de sus diferencias, en torno a un mensaje esperanzador e espiritual.

“Pudo congregar de una manera impresionante a la gente. Fue un fervor, en torno a un mensaje de paz”, resalta Stuven.

Una figura religiosa que ayudó, agrega la experta, al retorno de la democracia. “Aunque no hay registros exactos, sabemos que el Papa persevera ante Pinochet para lograr mejoras en los derechos humanos”, señala.

Pero su presencia simbólica es lo que más trasciende, agrega Stuven. “Su mensaje era para todos los sectores. Fue un mensaje humanizador y pacificador”.

“Era un hombre que sabía lo que había sido una dictadura, que representaba en sí mismo la posibilidad de liberarse de lo que hubo, no desde un lugar de fuerza, sino de fuerza espiritual. El slogan “el amor es más fuerte”, ¿más fuerte que qué? Más fuerte que el odio”, resume Stuven.

Por otra parte, también mostró las fricciones que Chile experimentaba, manifiesta Cid. “Reflejó la tensión entre lo que supuestamente tenía como propósito la visita, la mirada pastoral y la reconciliación, y las fricciones en un Chile que no estaba en reconciliación”, precisa.

La figura del Papa se vinculó a la de un “árbitro de la paz”. Pero en sus discursos la palabra democracia no aparece, explica Cid. “Salvo en una instancia en el Parque O’Higgins, cuando habla de la tradición democrática de Chile y del entendimiento”, expresa.

Para muchos, su arribo fue visto como una oportunidad de justicia. “De querer acusar a una autoridad mayor a Pinochet y de decirle “esto es lo que está pasando, por favor haga algo”, indica Cid. Ello en razón de la dignidad de su embestidura; visibilizar un problema que se creía que el Papa no sabía. “Existía una sensación de que él podría hacer algo o hacer justicia”, cuenta.

Pero el Papa es un Jefe de Estado, del Estado Vaticano, dice Cid, por lo que “tuvo moderación de la crítica, porque no podía venir a criticar, ni ser tan polémico”.
Su visita puso en evidencia la contienda entre reconciliación y justicia, la que no se puede resolver con una frase como “el amor es más fuerte”, a juicio del historiador de la UDP. “Esto se hace visible en los desmanes del Parque O’Higgins, con el Papa tratando de hacer una homilía en medio de los gases lacrimógenos”, agrega.

Para Garretón, gracias a su visita quedó la sensación de que algo había pasado. “No se sabía qué, pero fue simbólico. La visita del Papa, no el Papa como tal, fue un preanuncio de lo que venía en adelante, que era la presencia popular y la búsqueda de una salida que tenía que ser no por la vía violenta o armada”.

Con su venida “comenzó el fin de la dictadura”, complementa Isla. “Las circunstancias que se generaron con su venida, posibilitaron las condiciones para que un año después se produjera el triunfo del No en el plebiscito”, indica.

Pero Cid no comparte tal apreciación. Estima que “es parte del mito” creer que su visita inició la transición democrática. “El acuerdo político de transición a la democracia se había firmado en 1985 y el atentado a Pinochet clausura que la opción sea por la vía armada. La única salida que queda es la política, que se acordó en 1985. La visita del Papa confirma esa salida, pero no es desde el Papa que se acuerda esa salida”, expresa.

Con todo, más allá de la connotación religiosa que tuvieron esos seis días en Chile, su valor fue político y social. “Yo creo que sería difícil que la tuviera ahora. Con la excepción de la visita de Jorge Bergoglio, el Papa latinoamericano que habla castellano”, destaca Garretón.

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