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Actualizado el 04/06/2016
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La silenciosa revolución del Mindfulness

Autor: Cristóbal Fredes

La meditación experimenta desde hace años un tremendo auge globalmente, no sólo porque está de moda entre deportistas de elite, celebridades y en el mundo corporativo. También porque la ciencia ha acumulado suficiente evidencia de sus beneficios y porque fomenta una suerte de espiritualidad sin religión. Entrenar la mente se ha vuelto un pequeño superpoder al alcance de todos, dicen algunos, aunque también un ejercicio que empieza a trivializarse.

La silenciosa revolución del Mindfulness

Se dice que es un antídoto para la ansiedad. Que reduce el estrés. Que mejora la concentración. Que permite observarse a uno mismo. Tomar mejores decisiones. Que es una suerte de espiritualidad del siglo XXI o la autoayuda que realmente funciona. 

Y detrás de esas afirmaciones no hay únicamente personas que dicen namasté en vez de gracias, que se visten de morado porque es el color de la espiritualidad o que reciben sugerencias de YouTube con más horas de música new age, sino todo tipo de gente. Gente que se convenció de que así como es beneficioso ejercitar el cuerpo, vale la pena hacer lo mismo con la mente.

Es la meditación o más específicamente el mindfulness, cualidad mental que se cultiva en diversas prácticas meditativas y que consiste en mantener la atención en el momento presente. 

Pese a ser un componente fundamental de diversos tipos de meditación budista, el término mindfulness (cuya traducción es “atención plena”) se usa también para denominar a la meditación que se viene desarrollando desde hace más de tres décadas en Occidente, una versión secular que creció al alero del sistema de salud y de los profesionales que la adaptaron y que en Chile ha proliferado los últimos años, con varios centros que la enseñan, decenas de títulos en las librerías y menciones y programas dedicados al asunto en la televisión. 

En general, el mindfulness se ejercita prestando mucha atención a la respiración, las sensaciones físicas y, en etapas más avanzadas, a los pensamientos, las emociones y lo que sea que emerja en la conciencia. Visto desde afuera, es aún más simple: una persona sentada inmóvil, normalmente con los ojos cerrados y por un lapso de entre 10 a 40 minutos. 

Este ejercicio introspectivo permite ir desarrollando habilidades aplicables cotidianamente, como saber lo que pasa en la cabeza sin dejarse atrapar por ello o responder más sensatamente a los estímulos en vez de meramente reaccionar. 

Aparenta ser sencillo, pero expertos y practicantes coinciden en que requiere práctica y constancia. No es fácil, primero porque la mente no está acostumbrada a sostener la atención tanto tiempo en un objeto, como la respiración; y segundo, porque no es cualquier tipo de atención la que se busca. Es una atención consciente de sí misma y ecuánime, que no enjuicia lo que observa. Especialista en mindfulness, el sicólogo Ricardo Pulido se refiere a lo último como la capacidad de diferir. “Que la mente no esté completamente identificada con lo que te está pasando”, dice. Aclara que no se trata de desapego: “Eso es desinvolucrarse. O como se da en ciertos contextos de meditación, ir transformándose progresivamente en una roca. El mindfulness en cambio está completamente involucrado en la vida. Diferir quiere decir, por ejemplo, que en estados emocionales intensos hay una parte tuya que no pierde la conciencia”. 

El boom de la atención plena 

El tremendo auge del mindfulness se manifiesta en distintos fenómenos. 

La ciencia estudia y celebra cada vez más sus efectos, y se hacen seminarios y congresos sobre el tema en las universidades más importantes. Oxford, por ejemplo, tiene un centro de mindfulness y dicta un máster en la materia. (En Chile, la Adolfo Ibáñez y la UC imparten cursos).

Se ha vuelto trendy: se habla de mindfulness no sólo en las páginas de sicología, sino que además en blogs como Brain Pickings o The Minimalist, y abundan charlas sobre el tema en sitios como Big Think o TED. Se enseña al interior de compañías como Google, donde el curso sobre mindfulness es el más demandado entre sus empleados. Lo practican deportistas de elite: Novak Djokovic o los New York Knicks. Lo predica Arianna Huffington, fundadora del Huffington Post. Y hasta inquietos músicos, como el vocalista de Weezer o el rapero 50 Cent, meditan y hablan de lo mucho que les ha servido. 

“Parte de su auge tiene que ver con cómo ha sido presentado a nivel social”, dice Pulido. “Respaldada científicamente, propuesta de una manera que no es jerárquica, sin líderes que reverenciar ni religión que creer. Y respeta un valor que hoy es intocable, que es el de la individualidad”. 

Pulido es director de Asia Santiago, centro desde donde imparte un conocido programa de reducción de estrés en base a mindfulness (de más de 20 horas) creado por Jon Kabat-Zinn, un biólogo molecular del MIT que en los setenta llevó la meditación al sistema de salud norteamericano y es en buena parte responsable de haber impulsado el concepto. 

Pulido cree, eso sí, que la razón principal del boom del mindfulness es lo que llama la enfermedad de estos tiempos: “La hipertecnologización, el hiperaceleramiento de la temporalidad. Somos una máquina de producción que no para nunca. Y a lo primero que apela el mindfulness es a hacer un alto. Ya eso es terapéutico. Y no es nada nuevo, Pascal lo decía: los males del ser humano tienen que ver con no ser capaces de estar a solas en una habitación”.

Lucía Villalabeitia (53), dentista, quería que no se le pasara la otra mitad de su vida volando y fue por eso que llegó al mindfulness. Lo aprendió en enero, en un curso de ocho sesiones, y dice que le ha servido para modular su respuesta al estrés y —especialmente— a vivir de manera no tan automática. Describe así el momento en que, meditando, la práctica le hizo clic: “Una sensación como de inmensidad de estar en un estado de reposo y en el presente, sin pensar que tenía que hacer el resto del día o si estaba bien o mal”.

Pablo Villarroel (33) es anestesiólogo del Hospital Regional de Concepción y la primera vez que escuchó del mindfulness fue por colegas siquiatras. Se estaba usando complementariamente para la depresión, la ansiedad y especialmente el estrés, le contaron. Lo último fue lo que le interesó considerando que su trabajo es muy demandante. Aprendió meditación en un centro budista de su ciudad, para luego practicarla periódicamente por su cuenta. “No me resultó compleja de aprender. Sí bastante iluminadora de la velocidad en que trabaja la mente y lo inconsciente que somos del acto de pensar”. Dice que desde entonces anda más tranquilo por la vida. 

La ciencia de la introspección

La meditación y sus efectos desde hace años que son estudiados por la ciencia, y el célebre neurobiólogo chileno Francisco Varela (1946—2001) fue pionero en la materia. Lo hizo desde el Mind and Life Institute (MLI), organismo que cofundó en 1984 en Massachusetts a fin de establecer un diálogo entre ciencia y el budismo, religión que practicaba. 

En Chile, Varela dejó varios discípulos, científicos que estudiaron y trabajaron con él y que de un modo u otro han seguido sus pasos. Uno de ellos es el neurocientífico Diego Cosmelli (profesor de la Escuela de Psicología de la UC), quien estudia los efectos del mindfulness y otras prácticas contemplativas. Es también investigador asociado del Instituto Milenio para la Investigación en Depresión y Personalidad (Midap), donde se estudia la meditación como apoyo en terapias de depresión.

Cosmelli aclara que una parte de la investigación alrededor de la meditación es todavía preliminar (como la relacionada con que modifica la estructura cerebral, algo de lo que se habla mucho últimamente). Sí dice que hay evidencia sólida en tres ámbitos: “En primer lugar, la reducción del estrés, donde hay efectos positivos consistentes. Por otra parte, tiene un efecto en las capacidades atencionales de las personas: hay mayor facilidad de sostener la atención y resolver conflictos perceptuales. Y en tercer lugar, favorece una mejor regulación emocional, una mirada más ecuánime de las situaciones”, dice.

La capacidad para mejorar la atención es algo que Cosmelli recientemente investigó en calidad de guía de una tesis doctoral que comparó las habilidades de personas que meditan (con la técnica vipassana) con las de un grupo de atletas. “Efectivamente los meditantes en una situación perceptual complicada tienden a cometer menos errores, y tienen una actividad cerebral asociada al reconocimiento que hacen del error”, dice. 

Meditación intensiva 

Aprender meditación no es muy distinto que aprender un deporte, en el sentido de que hay un abanico de posibilidades —teóricas, prácticas, mejores, peores, extensas, breves— y un abanico de resultados. 

Es posible aprenderla solo o en grupo, en talleres que imparten lugares como Asia Santiago (de Pulido), que tiene cursos para adultos, adolescentes y niños; la Escuela de Sicología de la Universidad Adolfo Ibáñez, o el Centro Mindfulness Medicina (liderado por el siquiatra Sebastián Medeiros), que entre otros tiene un curso sobre mindfulness y crianza.

Otras personas aprenden en retiros de varios días, algo común en el contexto budista o variantes cercanas. Así empezaron, de hecho, varios de los nombres que hoy enseñan mindfulness desde la sicología o la academia en el mundo. 

En el ámbito local, conocidos son los retiros de Vipassana Chile, sede de la organización fundada por S. N. Goenka (1924—2013), un empresario de Birmania que comenzó a sanar sus severas migrañas y dejar de tomar morfina el día en que conoció la milenaria meditación vipassana. A la larga se transformó en profesor, diseñando junto a su maestro un retiro de silencio de 10 días que es uno de los predilectos de los estudiantes occidentales de meditación. 

Macarena Infante, profesora de Vipassana Chile, cuenta que hace años atrás partieron con un retiro al año y hoy hacen 10, hasta con 200 personas, y que los cupos se llenan rápidamente. “Lo que haces en el retiro es observarte, igual que un científico, pero hacia dentro, con tu mente ecuánime y no reaccionado a lo que experimentas”, dice.  Otra característica es que, por regla de la organización, los participantes pagan voluntariamente la cantidad que ellos estimen.

Juan José Richards, editor de la revista ED, hizo el 2014  uno de sus retiros. Dice que al principio le costó, que se demoró cinco días en aprender a quedarse quieto y llegó a llorar de la frustración, pero que al séptimo día pudo meditar durante una hora y eso lo impulsó a seguir. “Sé que la palabra es chula, pero la experiencia es removedora, porque te muestra un lado tuyo desconocido”, cuenta. Dice que le sirvió para después tomar decisiones drásticas: dejar de fumar y renunciar a un trabajo. 

Para escépticos 

Una de los libros más singulares y elogiados del último tiempo, en el contexto de la meditación, se llama Waking Up: A Guide to Spirituality Without Religion (2014), del neurocientífico Sam Harris, conocido también por ser un influyente autor del movimiento ateo. Allí, reivindica la meditación como espiritualidad secular y subraya que su verdadero potencial no es tanto su capacidad de aliviar el estrés, sino permitir hacer importantes descubrimientos sobre la mente. 

Pese a que celebra que el canon del budismo no sea, como el de las demás religiones, una colección de mitos antiguos, supersticiones y tabúes, sino “una guía rigurosamente empírica para liberar la mente del sufrimiento”, cree que es problemático que la meditación siga tan vinculada a él, porque contribuye al sectarismo religioso. Puede ser comprendida y practicada, dice, sin tener que creer en la reencarnación o la idea de que Buda es omnisciente. 

Una de las principales críticas que recibe el mindfulness es, en todo caso, la contraria: que es una versión aséptica del budismo, una mercantilización de una práctica milenaria, su banalización e instrumentalización, algo así como una McMeditación y una técnica que puede ser utilizada tanto para la paz como para la guerra (como, de hecho, pasa: se está enseñando en el ejército norteamericano). 

Ricardo Pulido dice entender en parte la crítica, aunque cree que tiene que ver con una crisis de sentido y del empobrecimiento de la vida interior. Algo que ciertamente no se soluciona únicamente aprendiendo mindfulness. “Trae alivio y ayuda, pero hay todo un ámbito que no está cubierto”, dice. 

Más problemático le parece que se venda como un remedio para todo, como ha empezado a pasar. “No existen las panaceas. Además, depende mucho de la motivación de las personas. Los que tienen mejores resultados son los que tienen una motivación para aprenderlo”, explica. Y advierte: el mindfulness se está transformando en el nuevo coaching.

Diego Cosmelli se plantea con escepticismo frente al boom, en un mercado que ya ofrece mindfulness para el deporte, el trabajo y la alimentación. “Si tú lo aplicas para todo al final no aplica para nada. Al mezclarlo con coaching y todo tipo de cursos pierdes la posibilidad de entenderlo en su especificidad”, afirma.

Mindful Work es el nombre de un libro que parece ser parte del problema, pero en realidad sirve para tomarle el pulso al fenómeno. Escrito por David Gelles, periodista del New York Times, es una investigación de cómo el mindfulness está cambiando el mundo corporativo en Estados Unidos donde muchas empresas están ofreciendo cursos para sus empleados. Salvo algunos casos aislados —como el de una compañía donde el profesor pedía a los empleados sacarse los calcetines, ponía música nativa con zampoñas y enseñaba una técnica superficial—, Gelles descubrió que estaba teniendo un impacto positivo y que se ofrece en general como un elemento de bienestar, como cuando se hacen horas de deporte, no como una manera de tener trabajadores más dóciles para explotar, como sugirió un artículo de ese mismo diario. 

Donde sí ve algo más problemático es en el mercado del mindfulness, que en ese país alcanza ya el de los mil millones de dólares, con más de 20 apps para meditar, una revista llamada Mindful, cursos para aprender meditaciones de un minuto, programas para ser experto exprés y productos ridículos, como una mayonesa Mindful

Dice que probablemente pase lo mismo que con el (también importado de oriente) yoga, que hoy tiene prácticas como doga, yoga con tu perro, pero que no por eso ha muerto en sus vertientes más genuinas. Eso sí, le manifestó hace poco a la cadena ABC que sería bueno tener una base curricular común, con estándares para un curso introducción al mindfulness, de unas 15 o 20 horas. “Es un sueño, pero mientras no se haga no tendremos cómo evitar que se den clases con música de zampoña”, dijo. 

El matinal del Canal 13 hace dos semanas invitó a los espectadores a hacer una pausa y meditar en vivo con el astrólogo Pedro Engel, quien anunció una “meditación práctica para la vida moderna” y que incluso podía practicarse manejando. Invitó a cerrar los ojos, a sentir “el calor en la guatita, porque ahí está el sol” y un “airesito rico en la frente”, y a repetir frases como “me siento maravillosamente bien”. De fondo, música con zampoña.

No era precisamente mindfulness.

 

APPS

Headspace. Creada por el ex monje tibetano Andy Puddicombe, es la app más famosa para iniciarse en el mindfulness. Su base son audios con meditaciones guiadas por él mismo y los 10 primeros son gratuitos. Van desde sencillos ejercicios hasta secciones enteras dedicadas a temas específicos, como la ansiedad. Sus videos con animaciones son útiles para entender el enfoque con que debe enfrentarse el mindfulness. (En inglés). 

10% Happier. La creó el periodista norteamericano Dan Harris, que llegó a la meditación tras sufrir un ataque de pánico en vivo en TV abierta. El profesor y guía aquí es Joseph Goldstein. La primera semana es gratis. (En inglés).

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