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Actualizado el 31/03/2017
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Zero Waste: Vivir sin dejar basura

Autor: Matías Sánchez Jiménez

Chile es uno de los países que más basura produce en Latinoamérica y se estima que cada persona genera un kilo de residuos en promedio al día. Como contraparte, suma adeptos, sobre todo entre los jóvenes, un estilo de vida que llama a reducir de manera drástica la producción de desechos. Se llama “zero waste”, está de moda y se difunde a través de las redes sociales.

Zero Waste: Vivir sin dejar basura

Son las ocho de la mañana y Andrea Rojas (29) hace fila en un Starbucks del centro de Santiago. A diferencia de la mayoría de los clientes, a ella no le entregan su café en un vaso desechable, sino que en la botella metálica que ella misma llevó. A la hora de almuerzo, ordena una ensalada y un jugo natural “sin bombilla” en un restaurante. La mesera la mira extrañada. “Sin la pajita, por favor”, aclara Andrea, quien luego saca unos cubiertos de metal de una bolsa de género que lleva en la cartera, y devuelve las servilletas de papel que están en la mesa porque trae una de algodón.

Con gestos como esos, cada día Andrea intenta escapar del promedio que dice que cada chileno genera un kilo de basura diario y se esmera por no dejar huellas de lo que consume. Ella lleva lo que se llama un estilo de vida “zero waste” o “basura cero”, una tendencia mundial que comenzó en los 90 y que busca reducir al mínimo la producción de residuos, objetivo que en un mundo que ha sido diseñado para ser desechable obliga a tomarse más de una molestia.

“La gente no está acostumbrada a que le digan ‘sin bombilla’, porque no entienden el problema que generan. Pero no es así cuando piden sin hielo, sin lactosa o sin azúcar”, dice Andrea, quien empezó a reciclar y a hacer compost hace cinco años, pero hasta hace 12 meses nunca había escuchado hablar de este estilo de vida y del que se enteró una noche que buscaba información en la web sobre cómo evitar los desechos de la comida.
Antes de empezar a cambiar sus hábitos, observó durante una semana qué compraba y dónde, a dónde iba y cuánto consumía cuando salía y de qué estaba compuesta su basura. “Fue terrible. Veía plástico en todas partes y un montón de desechos evitables”, dice.

Lo primero que incorporó fue la botella de metal, en la que toma el café y el agua cuando está afuera de su casa. “Si se me olvida traerla, me aguanto la sed hasta encontrar una opción reutilizable”, dice. Tiene en su oficina y mochila servilletas de algodón –“ya que cuando quedan inutilizables se pueden compostar”–, y empezó a acarrear sus cubiertos. Además, reemplazó las bolsas de plástico por las de género, las escobillas de dientes tradicionales por otras hechas de bambú –porque el mango también es compostable–, y ahora compra todo lo que puede a granel en la feria o tiendas especializadas y luego guarda su mercadería en frascos de vidrio. “De a poco voy incorporando más cosas, por ejemplo, he cambiado mi rutina de aseo personal y uso champú en barra (sin desechos) o me lavo el pelo con una mezcla de bicarbonato con agua para evitar los envases. Ahora quiero dejar la pasta de dientes y el desodorante por preparaciones hechas con ingredientes que vienen en frascos de vidrio o no generan desechos y que no me dejan llena de químicos y ensucian menos el agua”, explica, y agrega que aunque su estilo de vida es demandante, trata de no imponérselo a los demás, pese a que inevitablemente termina llamando la atención: “Por ejemplo, para el partido pasado de Chile fuimos a comprar al supermercado y nadie llevó bolsas de género. Yo no hice ningún comentario, pero la mayoría de mis amigos, automáticamente, no pidió bolsas plásticas y nos llevamos las cosas en las manos”, agrega.

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Andrea Rojas con su bolsa de género.

#ZeroWaste
La vida sin residuos se ha expandido en buena parte a través de las redes sociales, donde habita una serie de experimentadas protagonistas de este estilo de vida que aconsejan a las y los que recién se inician. No siempre, pero la mayoría son mujeres y jóvenes, y una de las principales propulsoras es la francesa Bea Johnson, quien recibió en 2011 el premio The Green Awards y luego publicó el libro Zero Waste Home, que se transformó en un best seller. Su cuenta en Instagram @ZeroWasteHome, en la que muestra su impecable vida, es una de las tantas en que sus orgullosas dueñas exponen toda la basura que produjeron en un año acumulada en un frasco de vidrio de no más de 20 centímetros, donde hay una que otra etiqueta de ropa, plástico y papel resistente a todo tipo de reciclaje o compostaje.

En Chile, Camila Silva (29) es una de las pioneras en el área y en su cuenta en Instagram @NoMeDaLoMismo comparte consejos para reducir la generación de basura y recetas de todo tipo de productos de limpieza caseros que ayudan a evitar los envases plásticos. Los fines de semana realiza conversatorios gratuitos en el Parque Augusto Errázuriz –en Pocuro con Tobalaba y a los que llegan grupos de alrededor de 15 personas– y hace charlas en ferias ecológicas de Santiago, como en la Ecoferia de La Reina, y recibe cerca de 50 consultas mensuales en redes sociales. “No es necesario tener muchos recursos económicos ni ser un gran conocedor de ecología para seguir este camino. Cualquiera que tenga ganas puede”, explica y agrega: “Tampoco se necesita mucho tiempo. La gente suele pensar que estoy todo el día en mi casa y preocupada de la basura, pero no me demoro más que los demás. Al principio cuesta, como todo hábito, pero después se vuelve una rutina”. Ella primero comenzó reciclando mientras estudiaba Diseño en el Duoc UC, carrera que la obligaba a comprar muchos materiales, por lo que empezó a reutilizar hasta el más mínimo pedazo de cartulina. “Los juntaba hasta que no me servían ni de chaya y ahí recién lo botaba. Si no me gastaba la plata que no tenía”, recuerda Camila, quien actualmente trabaja en su emprendimiento de bolsas de género reutilizables que vende a través de Instagram.

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Camila Silva con su tarro donde guarda su basura semanal.

Cuando se casó, junto a su marido separaban la basura para llevar la mayor cantidad de materiales a un punto limpio. Un día, Camila salió a la terraza de su departamento y lo encontró lleno de bolsas esperando para ser trasladadas. “Ya no tenía balcón de tantas que guardaba. Vivía bajo un cerro de basura”, explica.

Concluyó que mejor que reciclar era intentar generar menos desechos y cuando se puso a buscar orientación en la web, se encontró con muchas páginas y gente siguiendo ese camino. “Me di cuenta de que no estaba loca y que no sólo me pasaba a mí. Había mucha información que yo no conocía”, cuenta. El nacimiento de su hija Pascuala no la desanimó y fue, por el contrario, un impulso: “Quiero dejarle un buen lugar a ella y a su descendencia, porque los resultados no son inmediatos y yo no voy a gozar de ningún beneficio de esto”, reflexiona.

Camila ha hecho cambios importantes en lo cotidiano, partiendo por la alimentación: ahora hace todo en la casa, desde las galletas para las colaciones de su hija hasta el pan. “Como descartamos las comidas procesadas, eliminamos un montón de envases que iban al reciclaje. Ya no compramos nada congelado, todo en La Vega y los productos de temporada, como el choclo, lo desgrano y lo dejo en el freezer”.

Su casa la limpia con agua, bicarbonato y vinagre, evitando envases e ingredientes tóxicos. “Hace tres años odiaba el vinagre y hoy lo uso en todas partes. Pero para llegar a eso es un proceso bastante largo”, dice.

Ella se alegra de que esta cultura esté creciendo, aunque sea lentamente, en Chile, uno de los países que más basura producen en Latinoamérica. “Afortunadamente se está volviendo una tendencia y moda. Quizás hay gente que no lo hace por el planeta, sino que porque es cool, pero de todas formas sirve para que las personas tomen conciencia”.

El mercado ha detectado que existe ahí un incipiente nicho y ya han aparecido productos enfocados en los cero basura, como la empresa “Mi vaso”, la que ha sido contratada para festivales como Fiis o CampFest y para actividades organizadas por instituciones como el Mall Sport o la Municipalidad de Rancagua para que el público pueda arrendar vasos reutilizables a mil pesos. Al final del evento cada cliente se puede llevar el suyo o devolverlo y recibir el depósito inicial. También existen restaurantes, como Panatura Vegano –ubicado a pasos de Plaza Ñuñoa–, que se encarga de los residuos orgánicos, no entregan plástico y reutilizan las aguas grises de los baños o también el foodtruck Una Pausa, que se encuentra en distintas plazas de Santiago, junto con un casino dentro del Ministerio del Medio Ambiente, donde entrega bolsas de compost a sus clientes y ofrecen descuentos a quienes lleven sus tazas. O el Emporio La Granel –en Av. Salvador 1130–, que vende aliños, frutos secos, dulces y té, alentando con rebajas a que sus clientes se lleven sus productos en sus frascos o bolsas de género.

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Esta es la basura que acumuló el periodista de este artículo, junto a su familia, durante una semana. Él no recicla y no es basura cero.

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Esta es la basura que acumuló Camila Silva durante una semana por su estilo de vida basura cero.

La basura no existe
Mientras estaba en Alemania haciendo un magíster en Arquitectura Sustentable, Macarena Guajardo (28) se dio cuenta de que el tratamiento de la basura en ese país era muy distinto al chileno. “En los supermercados te cobran por las bolsas plásticas y en los edificios tienen contenedores de separación para reciclar la basura”, explica la arquitecta.

Cuando regresó en 2015 formó la Fundación Basura, una ONG que apunta a crear conciencia sobre el tratamiento de los desechos y promueve el enfoque basura cero. “En Chile se habla, quizás demasiado, del reciclaje, pero se puede hacer mucho antes. Basura cero se enfoca en la prevención, la que es mucho más positiva que generar residuos”, explica Guajardo.

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Macarena Guajardo, de Fundación Basura.

La fundación ofrece tres programas. El primero es Desafío Basura Cero, para eventos, a través del cual la ONG ayuda a los organizadores a tomar medidas para evitar los residuos no reciclables y luego evalúan si se lograron los objetivos. “Está enfocado en prevenir, gestionar y medir. En los eventos siempre va a existir la basura o residuos, entonces la idea es recuperar todo lo que se genere, reciclarlo y compostarlo”, explica la creadora de la fundación que ha trabajado en eventos con la Municipalidad de Providencia, WWF en La Hora del Planeta, AIEP, festival gastronómico Entre Ruedas y mañana estará presente en el Maratón de Santiago 2017.

Otro programa con el que cuentan es Academia Basura Cero, un curso online gratuito de 10 videos tutoriales que les enseña a personas o empresas a vivir generando menos desechos. Actualmente hay más de cinco mil personas cursándolo y otras 16 mil inscritas para la segunda convocatoria. El objetivo de fondo es producir un cambio en la forma en que se entienden los desechos. “Que la gente entienda que no son algo negativo, son recursos y materiales que se pueden usar en nuevos procesos. Por eso nuestro lema es ‘La basura no existe’, porque es un producto del límite de nuestra imaginación”, asegura Macarena.

Y su programa más reciente se llama Sello Basura Cero, una certificación para empresas y organizaciones cuyos servicios están diseñados para hacerse cargo de sus residuos: el restaurante Panatura Vegano y el foodtruck Una Pausa fueron los primeros en obtenerlo. “Medimos cuánta y qué tipo de basura generan para crear un análisis de lo que producen. El autodiagnóstico es lo principal para comenzar a cambiar las prácticas”, dice Macarena.
Actualmente, Fundación Basura está recaudando fondos –a través del crowdfunding idea.me/fundacionbasura– para lanzar su segundo libro De basura a cero, que recopila métodos para prevenir, reutilizar, reciclar y compostar, además de testimonios de proyectos y chilenos que los están aplicando.

Mientras Andrea termina su almuerzo, cuenta que pronto iniciará su curso en la Academia Basura Cero. Al llegar a su oficina, lava su botella metálica –donde tenía café– y la seca con un paño de cocina que trajo desde su casa. “Las toallas de papel también son basura”, dice. Al salir del trabajo, pasa a comprar unos pasteles y les entrega a las vendedoras su servilleta para que se los envuelvan y así evitar la bandeja y el papel. “Generalmente me miran raro, pero no importa. Es por un bien mayor”.

 

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