Hacia los días finales del invierno de 1973, Isla Negra era una especie de punto aparte dentro del torrentoso ambiente que sacudía al país. En la calma donde solo escuchaba el sonido de las olas y entre medio de sus mascarones de proa, Pablo Neruda repetía al aire el adjetivo preocupado.

Razones le sobraban al poeta. Solo el 29 de junio de 1973, el gobierno de Salvador Allende había logrado sofocar una intentona de golpe de Estado, el llamado “Tanquetazo”, liderado por el coronel Roberto Souper. Pero el clima de violencia política estaba lejos de allanarse. El 27 de julio fue asesinado a tiros el edecán naval del Presidente Allende, el comandante Arturo Araya.

Para peor, el 22 de agosto, la Cámara de Diputados declaró que el gobierno había quebrantado la Constitución. Un día después, el comandante en jefe del Ejército, general Carlos Prats, renunció a su cargo. Militar constitucionalista, tal como René Schneider, tuvo razones poderosas para dirimir. “Agobiado por las presiones de aquellos que querían ver a los militares comprometidos en una acción que pusiera fin al gobierno de Allende”, se explica en el libro Historia del siglo XX chileno (Sudamericana, 2001) de Sofía Correa Sutil, Consuelo Figueroa, Alfredo Jocelyn-Holt, Claudio Rolle y Manuel Vicuña.

El investigador Abraham Quezada, especializado en la obra de Neruda, expone a Culto un pormenor de la situación de Neruda en esos convulsos tiempos: “En esos días, Neruda estaba extraordinariamente preocupado de la situación política. Estaba bastante enfermo, su cáncer a la próstata -que él identificaba como dolores reumáticos- había recrudecido. La situación para el gobierno que defendía -y promovía- era bastante mala. Por eso deja de escribir poesía y se dedica a dar entrevistas, por ejemplo, a la revista Crisis, de Argentina”.

En la mencionada cara-a-cara, con la periodista nacional Margarita Aguirre, el vate habló de su trayectoria, de poesía, hasta de Jorge Luis Borges, a quien le criticaba su actitud “reaccionaria”.

“Hay que pensar, cuando se habla de Borges, que es natural que a uno no pueda satisfacerle jamás una actitud tan probadamente, tan empeñosa y cultivadamente reaccionaria como la de él. Hay algo en esto de su viejo narcicismo de escuela inglesa, y por ese motivo no debía preocupamos”, dijo Neruda en la entrevista.

Por supuesto, Neruda tuvo palabras de férrea defensa para el gobierno de Salvador Allende, e hizo un llamado que sonó urgente y del alma. “Es verdad que hemos tenido un triunfo popular extraordinario, es verdad que el presidente Allende y el gobierno de la Unidad Popular han encabezado de una manera valiente un proceso victorioso, vital, de transformación de nuestra patria. Es verdad que hemos herido de muerte a los monopolios extranjeros que por primera vez, fuera de la nacionalización de petróleo de México y da las nacionalizaciones cubanas, se ha golpeado en la parte más sensible o los grandes señores del imperialismo que se creían dueños de Chile y que se creen dueños del mundo. Es verdad que podemos decir, con orgullo que el presidente Allende es un hombre que ha cumplido su programa, es un hombre que no ha traicionado en lo más mínimo las promesas hechas ante el pueblo, que ha tomado en serio su papel de gobernante popular. Pero también es verdad que estamos amenazados”.

“Yo quiero que esto lo sepan y lo recuerden mis amigos, mis compañeros, mis colegas de toda América Latina, pero en especial de Argentina, que conocen este caso porque han visto muchas veces en su historia regímenes de implacable dureza que han sido instaurados en contra de la voluntad y los derechos del pueblo argentino -agregó el vate-. Por eso yo llamo a la solidaridad que e debe manifestar en una forma militante, en una forma ardiente, en forma fraternal. Ese es el objetivo de mi llamado y yo la autorizo, mi querida amiga, a darlo a través de su revista”.

Cartas con uniforme

Por esos días en Isla Negra -ya renunciado de su condición de embajador en París-, Neruda se encontraba escribiendo, como solía hacerlo desde su juventud. “Está redactando de sus memorias, lo está escribiendo porque ve que le está quedando poco. Acelera sus trabajos memorialísticos, pero de manera desordenada, no de manera coherente”, explica Quezada.

También mantuvo correspondencia con personajes influyentes. El 29 de agosto le escribió una carta al almirante Raúl Montero Cornejo, comandante en jefe de la Armada, a quien hizo una denuncia. “Cerca de doscientos elementos de la escuadra se dejaron caer sobre el misérrimo Hospital de El Salvador, en Valparaíso. Su Director es mi íntimo amigo, el doctor Francisco Velasco...estos efectivos invadieron el hospital, que atiende a unos cuantos enfermos mentales, y procedieron con un rigor que llegaba hasta el humorismo. Apuntando las ametralladoras contra el personal pasaron cuatro horas buscando armas sin encontrar siquiera un cortaplumas”.

“Esto, mi respetado Almirante, tiene tal aspecto de comedia que mi deber es decírselo. Nos pone en completo ridículo”, dijo Neruda en la misiva, la cual también fue hecha pública por el diario El Siglo.

El allanamiento descrito por Neruda tiene un contexto. Se trató de la aplicación por parte del gobierno de Allende de la Ley de control de armas, la cual facultaba a las FFAA a realizar indagaciones en cualquier sitio para buscar dichos elementos. “Como un indicio de lo que vendría a los pocos meses, las operaciones militares estuvieron dirigidas exclusivamente contra sedes y locales vinculados a los partidos de izquierda y al gobierno”, se señala en Historia del siglo XX chileno.

Extracto de la carta de Pablo Neruda al almirante Raúl Montero. Gentileza: Abraham Quezada.

Pero Neruda no solo le escribió a Montero, también lo hizo al general Carlos Prats. Ocurre que días antes, el 23 de agosto, el militar había renunciado a su puesto de comandante en jefe del Ejército. Hombre constitucionalista, simplemente había sido “agobiado por las presiones de aquellos que querían ver a los militares comprometidos en una acción que pusiera fin al gobierno de Allende”, como se indica en Historia del siglo XX chileno.

Como señala Abraham Quezada, Neruda le mandó una misiva el 31 de agosto de 1973, básicamente para darle su apoyo al dimitido militar. “Podrá usted haber renunciado, pero seguirá siendo para los chilenos, para su gran mayoría, el General en jefe y un ciudadano ejemplar.”

“Es imposible ver sin angustia el empeño ciego de los que quieren conducirnos a la desdicha de una guerra fratricida, sin más ideal que la conservación de antiguos privilegios caducados por la historia, por la marcha irreversible de la sociedad humana. Y esto reza para Chile y para el mundo”, agregó el vate.

Ambos se conocían. El 5 de diciembre de 1972, el militar, en su condición de vicepresidente de la República, encabezó una ceremonia en el Estadio Nacional donde se homenajeó al poeta debido a la obtención del Premio Nobel de Literatura, el año anterior. El Presidente Salvador Allende se encontraba de gira por el extranjero. En rigor, ese fue el primer cara a cara entre ambos, pero previamente ya se habían tratado.

HOMENAJE, PABLO NERUDA, POETA CHILENO, ESTADIO NACIONAL. 05.12.1972. / FONDO HISTORICO - CDI COPESA

“El primer contacto se dio a partir de un artículo que Neruda escribió en Le Monde sobre la situación en Chile. Ahí destaca la figura profesional y democrática del comandante en jefe del Ejército”, dice Quezada. El 16 de noviembre del 72, Prats le envió una carta al autor de Crepusculario agradeciéndole el comentario.

Pero volvamos a Isla Negra. Días después de la carta a Prats, Neruda mantuvo sus rutinas, las cuales incluían escuchar la radio. Fue así, mediante la transistor, que se enteró del golpe del 11 de septiembre. Como un obseso, el vate se pegó al aparato para no perder detalle. En su monumental libro titulado Neruda, su amigo Volodia Teilteiboim describe el momento en que escuchó el último discurso de Allende, sintonizando en onda corta una radio de la ciudad de Mendoza, en Argentina.

“Supo que estaba todo perdido. Para tranquilizarlo, Matilde le dijo: ‘Tal vez no sea tan horrible’. ‘No, respondió Pablo. Es el fascismo’. Esa noche la fiebre le subió. Había visto seis veces en la televisión el asalto a La Moneda. Escuchó en esa radio de Mendoza la noticia de la muerte de Allende”.

Pocos días después, debido al toque de queda impuesto por los militares, la enfermera que cuidaba al poeta no pudo seguir accediendo a Isla Negra, vivía en San Antonio. Por ello, el médico de Neruda recomendó que fuese trasladado a Santiago. “En el camino fueron allanados dos veces por los soldados -señala Teitelboim- Pusieron la cama en posición vertical. Por primera vez, Matilde lo vio llorar. El le pidió: ‘Límpieme la cara, Patoja’”.

Fue en la capital, lejos de su amada casa de Isla Negra, en las dependencias de la Clínica Santa María, cuando a las 22.30 del 23 de septiembre de 1973 su corazón dejó de latir. Se acababan los versos alejandrinos, los cantos dedicados a Hispanoamérica y los versos del capitán.