Andrea, clienta que lleva una temporada en el diván del runner, agoniza después de una semana sin saber nada de Claudio, compañero de trabajo con el que tiene -o tenía- una relación sin nombre. Si bien al principio Andrea entendía las razones de Claudio para no etiquetar ni oficializar la relación, hoy -a la luz del viaje que hizo junto a su jefe al Iron Man de Lima- estas le parecen un engaño.

En los meses de relación-no relación que han tenido, Andrea tuvo que hacer una serie de sacrificios y concesiones para no interferir con la vida de Trail Runner de Claudio. Y si bien no entendía tanto por qué tenía que ser tan extremo con el deporte y el trabajo, aceptaba e incluso lo acompañaba a sus carreras y entrenamientos, pues confiaba en que, en la medida que la relación avanzara, Claudio iba a ceder.

“La pendeja, con toda esa perso, me toma la mano y me dice… Andrea… ¿Claudio no será gay?”

Y aunque en las últimas conversaciones su pareja-no pareja le aclaró que así como estaban… estaban perfecto… la gota que rebalsó la paciencia de Andrea fue no solo que haya partido con Nicolás a una carrera de triatlón -siendo que ella sabe que a Claudio no le gusta nadar- sino que no le haya respondido ningún mensaje después de haberle aclarado que él no se podía hacer cargo de su intensidad.

Y esta ausencia física y esta falta de respuesta virtual tienen a Andrea al borde del abismo, pues tal como señala la psicoanalista Alexandra Kohan en Y sin embargo, el amor, “la cifra del despliegue de la demanda amorosa es, para Barthes, la siguiente: Te amo = Quiero tu presencia. Háblame. Ámame”. Es cierto. Claudio no está. ¿Me ama? No escribe. No llama. Vamos con Andrea:

Ay Sebastián, supongo que estás acostumbrado a este tipo de cosas, porque yo no y ya no sé qué hacer ni con quien más hablarlo… (silencio) y el fin de semana me terminé peleando con mi mamá, con mi hermana y con mi mejor amiga por Claudio.

¿Qué pasó?

El viernes en la tarde ya no daba más de angustia, pues desde el lunes que no sabía nada de Claudio y el sábado era su carrera. Ni un mensaje, ni una foto o llamada. ¿Habremos terminado? Peor aún… ¿Habrá existido lo nuestro o estaré tan loca que me lo inventé todo? Te juro que la cabeza me daba vueltas a mil y después del trabajo decidí salir a trotar... (silencio). Al principio me costó un montón agarrar ritmo porque la radio mental no paraba y no podía calmar mi respiración. No podía dejar de pensar en Claudio, en que seguramente estaba nadando en una playa limeña para preparar su Iron Man y que estaba tan preocupado de las olas, de la ruta en bicicleta y del trote final, que no tenía ni un minuto para pensar en mí. ¿O me estaba engañando? Y pataleaba rabiosamente con estas ideas cuando de repente me puse a llorar. ¡Y no podía parar! Tanto así que me asusté y me fui caminando a la casa de mi mamá, que era lo que tenía más cerca (silencio). Nada más entrar, mi mamá, que estaba conversando con mi hermana chica, me miró con cara de preocupación y literalmente me sentó en el sofá entre ella y la Maca. Y ahí, en un dos por tres, se me fueron las lágrimas… No sé por qué… pero supongo que fue algo así como un instinto de supervivencia, pues no quería que supieran que estaba mal por Claudio… a quien ni conocían… (silencio). Tal vez una parte de mí sabía que si hablaba de él… lo iban a atacar… y esa parte silenciosa lo quería defender.

¿A él?

Bueno, en realidad, a mí. Me estaba defendiendo de la mirada de mi mamá y de mi hermana, pues ahí en medio del sofá estaba acorralada. Y hablé. No me quedó otra. Y hablé tanto que tomamos té en una mesita auxiliar para no salirnos del sofá… comimos sushi ahí mismo para no levantarnos a cocinar… y terminamos tomando y fumando hasta las dos de la mañana en el mismo lugar. Y tras horas de hablar y escuchar, mi hermana, sin ningún pelo en la lengua, me lanza una pregunta que la sentí como un tsunami (largo silencio).

¿Qué te preguntó?

La pendeja, con toda esa perso que te da estar más cerca de los veinte que de los treinta, me mira, me toma la mano y me dice… Andrea… ¿no será gay? Te juro que me atraganté con el espumante, tosí humo y burbujas y a ciegas apagué el pucho en el cenicero porque veía todo borroso por las lágrimas. Mi mamá atinó a abrir la ventana porque me estaba ahogando y la muy weona de la Maca me dijo que era bastante obvio que tenía algo con su jefe, que seguro se daban con Nicolás desde la Universidad y que por eso ninguno de los dos se ha casado. Y si no es por mi mamá, que cachó que estaba a punto de infartarme, la pendeja sigue hablando, pues para ella es de lo más normal ser gay, bi o trans.

¿Cómo es eso?

Yo no entiendo mucho, pero a veces la Maca tiene pololo, otras polola… de manera secuencial o paralela (silencio). Ella dice que la gente de su generación no se enrolla por nada ni por nadie y le pareció que me estaba ahogando en un vaso de agua y me recomendó aceptar la onda de Claudio, probar un trío o chau no más.

¿Cuál es la onda de Claudio?

¡No lo sé! Pero siempre que puede me dice que soy demasiado heteronormada y que mi gran problema es que todavía creo en los cuentos de hadas y en los hombres heterosexuales, pues según ella, no existen y todos son perversos polimorfos, algo que seguramente aprendió estudiando psicología. Ese es su discurso típico, discurso que suelo evitar o rebatir, pero me sentía tan mal y tenía tan pocas fuerzas que simplemente me hundí en el sofá y me lo mamé.

¿Y tu mamá?

Puta, mi vieja lo único que hacía era tomar, rellenar las copas, sobarme la espalda y limpiar de tanto en tanto los ceniceros. La pobre no se atreve mucho a opinar porque la Maca se la come con la mirada (silencio). Mira, para mis papás ha sido un drama la sexualidad de mi hermana y mi vieja ha sido la única que de verdad la ha apañado, pues a mi papá y a mis hermanos nos ha costado mucho. Ella es el concho; nueve años menor que yo, que soy la más cercana en edad y mis hermanos mayores ya no se meten y mi papá decidió que este tema no existía. Y yo, que se supone soy la más abierta y cercana, me siento superada.

¿Qué es lo que te supera?

Mira, somos un cliché venido a menos. Antes de que mis papás se separaran éramos ese tipo de familia que pone a los niños en un colegio de hombres y a las niñitas en un colegio de mujeres. Y todo iba bien hasta que nació la Maca, pues ahí se hizo evidente que mis papás hacían grandes esfuerzos para mantener las apariencias. Hacia afuera éramos perfectos, pero puertas adentro mis papás peleaban todo el rato porque según mi mamá nunca había plata porque mi papá se la gastaba en otras… y mi papá contraatacaba diciendo que si ella hubiera trabajado todo habría sido más fácil. Eran peleas eternas y cuando la Maca tenía ocho años mis papás dejaron de esforzarse y se separaron. Pasaron muchas cosas feas, pero mis hermanos y yo logramos seguir con nuestras vidas. Yo estaba en cuarto medio y mis hermanos en la U y siéndote super honesta, todos dejamos botada a la Maca. Mi mamá estaba pésimo, mi papá en otra, mis hermanos estudiando y yo me pasaba de pololo en pololo para no estar mucho en mi casa. Nadie tenía cabeza ni energía para la cabra chica, así que básicamente hizo lo que quiso y a ninguno nos enorgullece los resultados, pero tampoco los hablamos (silencio). En fin, me fui por las ramas, pero hasta las dos de la mañana la Maca me estuvo dando su discurso. De ahí me quedé dormida, pero a las seis de la mañana me dio tal angustia que me fui corriendo a mi casa, me duché largo e intenté volver a dormir. No pude. Mi cabeza repasaba las palabras de la Maca, así que partí al gimnasio a despejarme.

¿Lograste entrenar?

No, no fui capaz, pero me encontré a una amiga que iba con su matt y decidí acompañarla a su clase de yoga, cosa que en cualquier otro momento jamás hubiera hecho, pues a mí me gusta darlo todo en la trotadora y en las máquinas. Así, pese a todos mis prejuicios, entré a la sala. Al principio me asusté un poco, pues te hacían cerrar los ojos y respirar, repetir mantras y cosas así… pero cuando se puso físico me encantó y logré desconcentrarme… pues mientras estuve sentada con los ojos cerrados nunca logré parar de pensar en Claudio, mi mamá y la Maca. Lo loco es que al final de la clase nos hicieron acostarnos y volver a cerrar los ojos y ahí me fui a la cresta. ¡De nuevo me puse a llorar! Y mi amiga me tuvo que sacar y acompañar al camarín para seguir llorando. Lloré mientras me duchaba, me secaba, me vestía… Y seguí llorando y hablando en un café… y le conté lo que te he contado a ti y lo que pasó con mi hermana y mi mamá y la muy bestia se cagó de la risa y me dijo que la Maca era una genio y que si Claudio y Nicolás todavía no sabían que eran gay, éste era el momento para decírselo…

Andrea, exhausta por las conversaciones del fin de semana, saca su teléfono al finalizar la sesión y tras mirar intensamente la pantalla… sonríe. Claudio le ha mandado un mensaje. Existo. Me quiere. Me extraña. Nunca me había escrito un te quiero. Así, radiante, se aleja caminando y no puedo no recordar lo que sostiene Anne Carson sobre los amantes: ellos quieren lo que no tienen, pues el deseo sólo puede ser de eso que está ausente, lo que no está a mano, lo no presente, lo que no se posee ni está en nuestro propio ser”.

¿Qué pasará con Claudio y Andrea cuando se encuentren físicamente? ¿Será un verdadero reencuentro? ¿Podrán oficializar esa relación? ¿Terminarán? ¿Y qué va a pasar con todas las sospechas y fantasías que introdujo la hermana de Andrea en la ausencia de Claudio?

Aceptémoslo: no sabemos nada del amor, pues tal como señala Alexandra Kohan, “Eros respira ahí donde no tiene que dar pruebas, ahí donde encuentra lugar para expandir sus ambigüedades, ahí donde no se le exigen signos seguros. Eros respira cuando deambula, cuando le da cuerpo a lo incierto, a lo insabido”.

Continuará…

Lea nuestras otras columnas: