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Actualizado el 10/02/2013
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En defensa del binominal

Autor: Gonzalo Cordero

En un ambiente de estabilidad, es inviable cambiar la esencia del modelo. Por eso la izquierda radical ataca las bases de esa estabilidad: la Constitución y el binominal.

ES DE BUEN tono criticar el binominal; defenderlo es casi un acto de primitivismo cívico.  En este ambiente en que políticos, intelectuales, periodistas y opinólogos de toda clase están de acuerdo en cambiarlo, se repite una consigna tras otra en la más completa impunidad intelectual. A modo de ejemplo revisemos algunas. 

El sistema binominal genera un empate artificial del Parlamento, paralizando cualquier reforma: falso. El Parlamento no está empatado y no lo ha estado casi nunca; de hecho, la Concertación tiene mayoría en ambas Cámaras.   Es responsable de la exclusión de ciertos sectores: falso. Sólo queda excluido el que no pacta o ingresa a uno de los dos bloques. Por ejemplo, el PC pactó con la Concertación y tiene parlamentarios. 

Es poco competitivo: falso, pues los sistemas proporcionales son menos competitivos. Si quisiéramos aumentar la competitividad tendríamos que ir a un mayoritario puro, o sea, un uninominal, opción que ningún partido promueve. 

Subsidia a la derecha: falso, lo hace con los dos grandes bloques en desmedro de los que se quedan fuera de ellos, y como subsidia un poco más al que obtiene más votos, en general ha subsidiado más a la Concertación que a la Alianza.

Veamos otras posibles características de este sistema. Les quita poder a los partidos políticos: verdadero, pues los obliga a unirse en grandes bloques para lo que tienen que abandonar sus pretensiones maximalistas. Los comunistas pudieron elegir parlamentarios, pero al precio de estar políticamente obligados a votar con la Concertación. En la práctica, votan en la Cámara de Diputados como socialdemócratas; se entiende que eso es muy desagradable para un comunista, pero es bastante bueno para el país. 

Restringe la diversidad de opciones políticas:  verdadero. Todo el que quiera agruparse en un partido sólo puede sobrevivir entrando a uno de los bloques, fuera de ellos no hay futuro.

Disminuye el número de partidos: verdadero, pues los grupos extremos que apuntan a nichos de poca votación son inviables, por lo que la política tiende al centro.

Dificulta la posibilidad de cambios profundos, ya sea económicos o institucionales: verdadero. Eso se llama estabilidad, y hace que la democracia sea más aburrida, pero los países progresan en estos ambientes de estabilidad y no en las apasionantes montañas rusas tan típicas de los países subdesarrollados.

Si alguien quiere más competencia debería promover un sistema más mayoritario aún que el binominal. Al contrario, el que quiere un Parlamento con más miembros, un ambiente más favorable a los incumbentes, con partidos y directivas más poderosas, debería abogar por un proporcional.

El fondo del asunto es otro. En un ambiente de estabilidad y moderación es inviable cambiar la esencia del modelo de desarrollo; por eso, la izquierda más ideologizada ataca los fundamentos de esa estabilidad: la Constitución y el binominal. Sería bueno que la centroderecha asumiera de qué se trata en realidad esta discusión y no caminemos hacia el día en que, parafraseando a la madre de Boabdil, terminemos llorando como montonera tercer mundista lo que no supimos defender como partidos dignos de un país desarrollado.

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