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Política
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Actualizado el 27/01/2013
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Ena en zona mapuche

Autor: Marisol Olivares

Ena von Baer vivió hasta los 19 años en La Araucanía: cuatro años en Gorbea, el resto en Cajón. Vivía en el fundo familiar, iba a comunidades mapuches, fue a una escuela rural con niños que venían de allí, compartía con alemanes en Temuco que no entendían nada de eso. Se daba cuenta de los mundos distintos de la zona. Dice que no existía la violencia actual, pero ya se sentía la división.

Ena en zona mapuche

Han pasado los años, pero Héctor Valenzuela lo recuerda perfecto. Era marzo de 1982 y él, de siete años, entraba al 3° básico A de la escuela rural de Cajón. Entonces vio a la primera rubia que conocía en su vida. La alumna nueva, que llevaba el pelo claro ordenado en dos trenzas, tenía los ojos verdes y un sándwich en la mochila -un lujo en ese modesto colegio-, se convirtió en su compañera de banco. Más tarde, cuando la profesora pasó la lista, supo su nombre: Ena von Baer.

Cajón es un pueblo en medio del campo. Pertenece a la comuna de Vilcún, está a 10 kilómetros de Temuco. Tiene 6.000 habitantes que viven entre la carretera y la plaza, y termina justo antes del puente que cruza el río Cautín. Más allá del puente, pero no lejos, se levantan comunidades indígenas. Y también grandes fundos, cuyos dueños -blancos, no mapuches- se dedican a los cultivos y la agricultura. Cajón es así, en pleno corazón de La Araucanía, una mezcla de mundos distintos.

La senadora UDI Ena von Baer los conoce bien.

Llegó a vivir aquí a los cuatro años y se fue cuando partió a la Universidad Católica, en Santiago, a los 19. Y como sus padres y sus tres hermanas siguen viviendo en esta zona, ella regresa una vez al mes. Como este lunes caluroso de mediados de enero.

Dudó en hacer este viaje. Pocos días antes, en un ataque incendiario, había muerto calcinados en Vilcún el matrimonio de Werner Luchsinger y Vivian Mackay, a quienes ella conocía desde niña. Y el gobierno aún mandaba emisarios a la zona para aclarar las cosas y dar tranquilidad. Pero Ena finalmente se decidió y llegó temprano, con jeans y blusa blanca, a recorrer su Araucanía personal. Que también es una mezcla de cosas. Es el campo de sus padres -el fundo El Hualle-, a pocos kilómetros del centro del pueblo. Es Cajón, que ella conoció cuando sus habitantes no eran más de mil y en cuya escuela hizo tercero básico. Es comunidades mapuches, donde pasó varias tardes. Es Gorbea, donde la familia mantiene otro campo con su negocio de semillas. Y es también Temuco, que fue su lugar de encuentro con otros alemanes y donde no pocas veces sintió rabia porque no entendían los mundos diferentes que empezaban a la vuelta de la esquina.

De Gorbea a Cajón

Ena von Baer Jahn nació el 28 de noviembre de 1974, en Gorbea, pueblo en el que hasta hoy a los alemanes que se instalaron aquí les dicen “gringos”. El abuelo de la senadora y su familia llegaron en 1956, luego de dejar Alemania tras la II Guerra Mundial y gastar cinco años trabajando en Paine para el Servicio Nacional de Agricultura. Como otros compatriotas germanos, compraron las primeras hectáreas de un campo en Gorbea, a 42 kilómetros de Temuco, y después levantaron el llamado “Castillo Von Baer”: hasta hoy, uno de los atractivos turísticos del pueblo.

En esos años se formó también la fábrica familiar Semillas Baer, hoy a cargo de Eric von Baer, el padre de Ena. Se estima que la empresa controla el 44% de las semillas certificadas de trigo y el 80% del lupino, además de trabajar con avena, cebada, quinoa y rap. Según se ha publicado en sitios web locales, como el portal Observatorio Ciudadano, que defiende la causa mapuche, la fábrica de Von Baer ha tenido roces con las comunidades indígenas por patentar variaciones y modificaciones de las semillas que ellos llevan años sembrando.

Los alemanes de Gorbea vivían en el campo, como los Von Baer Jahn y los Luchsinger Mackay, que tenían fundos vecinos. En casa se hablaba alemán, se iba a la iglesia luterana de Temuco y los domingos se preparaban comidas típicas, como strudel y pato con repollo morado. Las fiestas eran con bailes germanos y cerveza. En este recorrido a mediados de enero, Gorbea es el único lugar que Ena von Baer no quiere visitar. Le da miedo que la relacionen con el fundo que su familia tiene en este pueblo, donde hoy vive su hermana mayor y que eso encienda la chispa de un ataque. Prefiere no correr riesgos.

En 1978, Eric von Baer compró un fundo en Cajón, para seguir ampliando su empresa, y hasta allí se trasladó con su mujer, sus cuatro hijas, dos sobrinos y las dos abuelas. El terreno estaba justo donde hoy termina la calle principal del pueblo, Arturo Prat, pavimentada recién en 1993. Cajón tenía entonces cinco calles de tierra, una botillería, almacén, posta, escuela y comisaría. Todo el resto de los servicios debía conseguirse en Temuco. De los mil habitantes, la mayoría eran obreros que vivían en la Villa Los Molinos.

Los Von Baer se instalaron en el primer piso de una casa que debió ser reconstruida en 2010, después que se vino abajo con el terremoto. Ena recuerda que tenían un baño, una cocina con comedor de diario, un living comedor, una biblioteca y agua potable en pozo que había que sacar en baldes. Las hermanas compartían pieza. La mitad del inmueble era ocupado por oficinas de la fábrica y el laboratorio en el segundo piso.

El fundo es enorme. Varias miles de hectáreas, donde hay plantaciones, pasa el río Cautín y está la casa de dos pisos estilo alpino, con tejas café y pintada de gris. La empresa funciona en una construcción aparte. Abundan los árboles, las flores, el boldo, el llantén, la menta. Helga, la madre, combina estas hierbas para tratar los dolores. Una vez al mes, Ingrid le manda a su hermana Ena “al norte”, como dicen, una bolsita de hierbas secas del patio.

La senadora se mueve en este campo con confianza. Se nota que fue su centro geográfico y emocional en sus años en La Araucanía. Aquí aprendió a nadar a los cinco años, aquí vive hace décadas su caballo “Floppy”, aquí están los recuerdos de su familia con que habla en castellano y alemán. Dice que todos los veranos las hermanas debían trabajar separando granos desde 9 de la mañana a 6 de la tarde, junto con las temporeras que venían de Cajón y de las comunidades mapuches. Almorzaban todas juntas, recibían el mismo sueldo. Eran los días en que Ena, que siempre andaba descalza, se ponía zapatos, “porque la araña del trigo es muy peligrosa”.

Este lunes, Ena llega al campo a la hora de almuerzo. Bajo el parrón, su madre sirve carne, papas cocidas con cáscara y lechuga cosechada ahí mismo. El padre ofrece pan de trigo rojo, producido en la fábrica: asegura que cada rebanada tiene más antioxidantes que una copa de tinto. Más tarde, la senadora parte al río, se saca los zapatos, arremanga sus jeans y se mete adentro. Luego camina entre los álamos y las espigas de trigo. No se irá del fundo familiar sin andar en su caballo. Galopa con destreza. Y bien campechana, chifla para que los tractores no se le crucen en el camino.

La schule y la escuela

Ena von Baer entró a la Deutsche Schule en Temuco, a la que ya iban sus dos hermanas mayores. Cuenta que allí era de las pocas alumnas que hablaba alemán en la casa, que se volvía en micro y recibía mesada para comprar útiles. La mayoría de los alumnos pertenecía a una tercera generación de alemanes en Chile, vivían en Temuco -aunque otros, como los Seco, los Luchsinger o los Kümber, también vivían en fundos- y los iban a dejar y a buscar a la casa. Todos almorzaban en el internado, escuchaban canciones del coro de München, celebraban fiestas alemanas y los domingos se reunían en la iglesia luterana de la ciudad. Cuando salían a la calle, la gente les gritaba canutos.

Cuando Ena entró al colegio, lo único que le importaba era aprender a leer. Cuando lo logró, decidió que no quería ir más. Eso fue en segundo básico. Entonces se negaba a levantarse y se metía con desgano al Renault 5, que conducía por media hora su abuela, la Omi, hasta la Deutsche Schule. A fines de ese año, 1981, el director le dijo a Helga Jahn que su hija necesitaba ir al sicólogo porque no prestaba atención en clase. La madre la retiró por un año.

Helga Jahn es una asistente social de más de 70 de años, tercera generación de alemanes nacidos en Chile. Dice que por mucho tiempo fue apoderada de niños indígenas que estudiaban en el internado de la escuela de Cajón y de hijos de los trabajadores del campo que iban a ese establecimiento. Todas las tardes, después de clase, los hermanos Flores -hijos de una cuidadora del fundo-, los hermanos Colipe -de la comunidad mapuche de Pumalán-, las gemelas Heisse -que vivían en la Villa Los Molinos- y las Von Baer estudiaban juntos las tablas de multiplicar que ella les enseñaba en la cocina. Los niños tomaban leche y mate. Después jugaban a la escondida, se bañaban en el río y andaban a caballo.

Por eso, como ya conocía la escuela del pueblo, la madre pensó que a Ena le haría bien ir allí. Se lo planteó a su hija: “No te vas a quedar en la casa todo el día”. La decisión arrastró también a Sybille, la hermana menor, quien fue matriculada en kínder de la escuela rural.

Entonces llegó marzo, el comienzo de las clases y una Ena peinada con esas trenzas rubias que tanto impresionaron a su compañero Héctor Valenzuela.

La división

Cuando Ena llegó a estudiar a Cajón, la escuela sólo llegaba a 8° básico, era de ladrillos con cemento y fierro, tenía 12 salas que se calentaban a leña y olían a humo, y los cables eléctricos estaban a la vista. Fue uno de esos cables que años más tarde hizo cortocircuito e incendió todo el establecimiento en 1993.

La escuela hoy es un edificio de cemento, rejas celestes y un gran rewe tallado en madera. Es un elemento sagrado de la cultura mapuche, que conecta al pueblo con el cosmos. En el colegio -que hoy es un liceo que tiene hasta educación media- se reúnen alrededor de él los 24 de julio para celebrar el We Tripantu o año nuevo mapuche. “El We Tripantu en Cajón lo celebramos siempre -recuerda Ena-. Hay celebraciones mapuches que son cerradas, a las que invitaron un par de veces a mis papás. Pero el We Tripantu es más público, todos llevamos comida y nos reunimos en un fogón”. En la escuela siempre fue una fiesta alegre, con hierbas, sopaipillas y merkén. Hasta el año pasado, cuando antes de empezar la celebración, un alumno de 8° básico, Orlando Marilenes, expresó un malestar: “No puede ser que estemos en medio del conflicto mapuche y en el liceo no nos expliquen nada”. Eso nunca antes había ocurrido.

La escuela queda a mitad de camino entre el pueblo y el río Cautín. Cruzando el puente comienza el mundo de Itinento, Llamuco Bajo, Llamuco Alto, Santa Rosa, Natre, Tres Cerros, Codoville, Vilcún, Mate Amargo, Llepeuco y Lautaro, todas comunidades mapuches. En ellas hay rewes e iglesias evangélicas. Muchos de sus niños asistían y siguen asistiendo al colegio de Cajón. En los días de Ena allí, el 50% de los niños de la escuela hablaba mapudungún.

La senadora revisa los libros de ese entonces. Ve que en el 3º A, su curso, no había alumnos de apellidos mapuches. Sólo estaban los niños que vivían en Cajón. Pero en el acta del 3º B, la situación era la inversa: de los 30 niños, 23 tenían uno o dos apellidos mapuches. “Había una división horrorosa”, dice. “Eramos dos cursos, que a la vez eran dos mundos. Los dos teníamos clases en castellano y unos no entendían nada”.

Ena explica que cuando ella era niña, aquí no existía la violencia actual, pero que igual había problemas. “Existía el mundo del pueblo y el mundo de las comunidades. Mi contradicción era ver que los niños llegaban de allá y había una chilenización a la fuerza. En La Araucanía que yo crecí, esos mundos confluían a veces con dificultades, incomprensiones. El error del país fue no reconocer una cultura que hay que cuidar. Este no es sólo un problema de pobreza, tiene que ver con discriminación, desarraigo, pérdida cultural”.

Esos mundos distintos a los que Ena alude eran patentes en la escuela de Cajón. Los niños mapuches se sentaban juntos en el patio, uno al lado del otro, no tenían cuadernos ni uniforme, hablaban en su idioma. Tampoco compartían fuera de clases, ya que apenas terminaba la jornada se iban caminando rápido: les quedaban entre seis y 18 kilómetros por delante. Muchos de los alumnos que vivían en Cajón los molestaban, les decían “mapuchitos”. Por eso, un día de 1982, molesta por esas burlas, la profesora Luz Sepúlveda decidió dar una lección: aquí no había diferencias. Como los estudiantes indígenas andaban descalzos, hizo que todos los alumnos de tercero básico -incluida Ena von Baer- se sacaran los zapatos. Al final del día, todos debieron lavarse los pies embarrados. Sin embargo, a la hora de partir a casa, sólo los del 3º A pudieron ponerse zapatos de vuelta.

Ena von Baer dice que en Cajón conoció la discriminación y el dolor que produce. “En esa escuela me sensibilicé frente a la desigualdad y la injusticia en cuanto a oportunidades”. Y también comprendió que “si hubiésemos entendido esa sociedad, en La Araucanía no hubiese existido este pasto seco para una división ideológica del problema”.

Luis Monsalve es el conserje de la escuela hace 45 años. Cuando le preguntan por “las Baer”, habla de Ena por una obra de teatro donde ella se paseó por un escenario al son de “Alicia va en el coche”. Y también se acuerda del resto del 3º A. De Héctor Valenzuela, que es chofer de ambulancia; de Margareth Heisse, que estudió Pedagogía en Temuco; de Luchito Fuentealba, que vende pescados en la feria; de Ariel Valenzuela, que es agente de ventas, y de Evelyn Jara, la mejor alumna de la clase, que egresó hace poco de Auxiliar de Enfermería y trabaja en la posta de Cajón.

Del 3º B, la mayoría se quedó trabajando en las comunidades indígenas. Cambiaron las rucas por casas de madera, la carreta de bueyes por bicicletas y camionetas, sembraron lechugas y varios siguen llevando verduras al pueblo o trabajando en las forestales. El resto, dicen, se fue al norte a trabajar de temporeras, empleadas domésticas y panaderos. Muchos no les enseñaron mapudungún a sus hijos, para que no los discriminaran.

Ocho años después de que Ena von Baer pasara por esta escuela, un niño de las comunidad de Llepeuco entraba al preescolar. Era Celestino Córdova Tránsito, principal imputado en el crimen de los Luchsinger Mackay. La senadora no quiere hablar de ese incidente ni de lo que pasó con su familia después de eso. Pero durante el día se le van saliendo detalles: que sus hijos por primera vez no van a ir de vacaciones donde los abuelos y que sus padres debieron trasladarse del campo de Gorbea a Cajón. Cuando ve un campo seco, se encoge imaginando que con un fósforo todo podría arder. Pero aclara: “Cómo les voy a tener miedo a los mapuches si nos conocemos; yo le tengo miedo a los grupos radicalizados”.

Cruzar el puente

Cuando Ena von Baer camina por Cajón, la reconocen. A ella no la sorprende. “Acá no había muchas familias alemanas, así es que mi contacto era con la gente del pueblo”, dice. Sin embargo, al verla transitar por estas calles y entre la gente, más parece una turista.

El día anterior, Luis Monsalve, quien fue director de la escuela por 26 años, había recordado que Von Baer no era una alumna especialmente brillante, pero que sí era alegre, responsable y maternal con los niños del otro lado del puente. Que se acercaba a secarlos cuando llegaban mojados por la lluvia y que les regalaba su desayuno, ya que ella en su casa ya se había tomado un plato hondo de leche entera y harina tostada.

De niña, Ena von Baer varias veces cruzó el puente sobre el Cautín hacia las comunidades mapuches. Cada vez que se caía del caballo, por ejemplo, su mamá la llevaba donde la componedora para que le arreglara los huesos. Si la señora María decía que no podía solucionarlo, entonces se iban al Hospital de Temuco. También, una vez por semana, Helga Jahn llevaba a sus hijas donde otra señora María, que vivía en Tres Cerros y era hilandera. Las niñas separaban la lana recién esquilada de la oveja, la escarmenaban y después la señora la hilaba. Las Von Baer pasaban toda la tarde en la ruca, tomando mate.

“Nosotros crecimos con las comunidades. Crecimos metidos dentro de las rucas. Era una influencia cultural mutua, lenta, que absorbe. Yo les transmito eso a mis hijos, yo les hablo de los héroes mapuches. Cuando les pasan historia en el colegio desde una mirada, yo les hablo de esta otra”, dice Ena. De sus orejas cuelgan aros de plata mapuche, que representan la luna en primavera.

De regreso

En 1983, Ena von Baer y su hermana Sybille ingresaron otra vez al Colegio Alemán. Ena hizo de nuevo tercero básico. Dice que le impactó “ver el mundo de nuevo del otro lado. Ver tanta discriminación a la gente más humilde y a los mapuches. Siempre me enervaba que alguien se riera de otro que pronunciaba mal por una diferencia social. En Temuco me peleaba con mis compañeros por eso”.

Y dice también que aprendió la lección de las oportunidades. Mejoró sus notas y se transformó en una alumna aplicada. La relación con los niños de Cajón se limitó a un par de amigos que dejó de ver cuando se fue a Santiago y a compartir un par de tardes de integración al año: su curso de la Deutsche Schule apadrinó a otro de la escuela de Cajón y se juntaban a orillas del Cautín. Los niños del Colegio Alemán traían strudel y los de Cajón, sopaipillas. La primera vez, Ena se puso nerviosa: “Se me juntaban mis dos mundos en un partido de fútbol”.

Aunque estudiaba en Temuco, dos veces a la semana Ena y sus hermanas iban al grupo folclórico de la escuela de Cajón, donde aprendieron a bailar cueca y tocar guitarra, pero nunca le enseñaron el cultrún. Luego, aprovechó las oportunidades que ella sí tenía en frente: se fue dos veces de intercambio a Alemania, estudió Periodismo en la UC, hizo un doctorado en la universidad alemana de Aquisgrán, se postuló en 2009 a senadora por la Región Araucanía Sur y perdió por sólo 588 votos.

Cuando ya su día en Cajón se acaba y va camino al aeropuerto, Ena von Baer se queda pensando. Luego de un momento, dispara: “Puede que nos hayamos equivocado, que la educación haya segregado, que hayamos sido paternalistas… pero nada justifica que se queme gente viva: los ataques son de noche y eso es terrorismo. No es como crecimos. No sé en qué momento esto se volvió tan loco”.

 

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