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Actualizado el 06/12/2012
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Oscar Niemeyer, testigo del siglo

Autor: Carlos Fuentealba

El sábado 15 de diciembre, este insigne arquitecto brasileño hubiera cumplido 105 años. Pero su cuerpo dijo otra cosa ayer por la noche, tras una agonía que se extendió por varias semanas. El hombre que logró fundir las tradiciones arquitectónicas europeas con la sinuosidad brasileña deja una huella profunda no sólo en la historia de su país.

Oscar Niemeyer, testigo del siglo

La costumbre en Brasil dice que los niños deben llevar primero el apellido de la madre y luego el del padre. Oscar Ribeiro de Almeida de Niemeyer Soares, sin embargo, no siguió esa tradición. No sería la única vez, a lo largo de casi 105 años, que el insigne arquitecto brasileño buscaría un camino distinto al que sigue el común de la gente. Un camino que le granjeó un lugar en la historia de la arquitectura moderna y la admiración de otros insignes como Le Corbusier.

Ya desde niño, en la lejana década de 1910, este hijo de un alto funcionario judicial daba muestras de su vocación. Sentado frente al mar de Laranjeiras, un exclusivo barrio al sur de Rio de Janeiro, dibujaba el espacio con un dedo. ¿Qué haces?, le preguntaba su madre. “Desenhando”, respondía él. Los años demostrarían que el juego infantil estaba lejos de ser sólo eso. “Lo más importante en la obra de Niemeyer es la búsqueda de una identidad propia como ciudadano carioca, brasileño, latinoamericano y universal”, dice el profesor Constantino Mawromatis de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile. “En sus edificios se reconoce Brasil y el espíritu de su pueblo”, agrega.

Oscar Niemeyer construyó mucho y para todos. Casas unifamiliares o grandes edificios; clubes de yates o escuelas para poblaciones marginales; torres de agua o memoriales de derechos humanos; la casa matriz del Banco Do Rio o la sede del Partido Comunista francés. El fin le era indiferente, para él los cambios del mundo no los haría la arquitectura. “Para mejorar su vida, los pobres deben trabajar y si con esto no basta, deben salir a la calle y protestar”, decía.

Tan sólida como su apego a este mundo fue su fidelidad al comunismo, que no transó ni ante la caída del bloque soviético. A pesar de que dejó al Partido Comunista Brasileño en 1991, luego de 46 años de militancia, siguió declarándose comunista. “Mi abuelo fue un hombre útil y murió pobre”, dijo a un periodista en su centenario, al tiempo que defendía el legado de Prestes, Mao y Fidel Castro, de quien fue amigo personal. A pesar de todo esto, el centro de gravedad de su utopía siempre estuvo en Rio de Janeiro y su visita a Moscú, en plena guerra fría, estuvo marcada por las críticas: “Si me preguntan, estos edificios no me gustan, me ahogan un poco. No entiendo el sentido de tener las columnas tan cerca una de la otra”, dijo.

Una ciudad de la nada
También célebre fue su amistad con el ex presidente brasileño Juscelino Kubitschek, quien un día visitó al arquitecto e impresionado por el vanguardista diseño de la casa que se había construido le propuso “una idea magnífica, monumental, imposible”: construir una nueva capital para Brasil que ayudara a poblar el interior del país y, a su vez, resultara un modelo de la nueva sociedad utópica en que ya no habría clases sociales. Ese fue la génesis de Brasilia, en 1956, una ciudad inventada de la nada por el arquitecto y su maestro en la Escuela de Bellas Artes de Rio de Janeiro, el urbanista Lucio Costa. “Me importa poco que se diga que soy el arquitecto de Brasilia siempre que se diga también que Lucio Costa es su urbanista. Fue a él a quien se encomendó la tarea principal que era proyectar la ciudad, las calles, las plazas, los volúmenes y los espacios libres. Mi colaboración fue más modesta y se limitó a los palacios de gobierno”.

En pocos meses, Niemeyer diseñó decenas de edificios residenciales, comerciales y administrativos. Entre ellos la residencia del Presidente (Palacio da Alvorada); el Congreso Nacional (la Cámara de los Diputados y el Senado Federal); el Palacio de Itamaraty, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores; la sede del Tribunal Federal supremo; los edificios de los ministerios; la sede del gobierno, el Palacio del Planalto y una hermosa catedral  para venerar a un dios en el que no creía. Todo, por un modesto sueldo de 40 mil cruceiros, que representaba lo que ganaban la mayoría de los trabajadores brasileños.

“Brasilia fue un golpe internacional fuertísimo, por su calidad de diseño y radicalidad. Por supuesto, su fundación trajo muchos problemas porque la gente de gobierno estaba acostumbrada a vivir en Rio, en un emplazamiento paradisíaco. Entonces nadie se quería ir y terminaron yendo casi obligados. Las familias se quedaron en Rio y empezó a haber muchos quiebres matrimoniales. Era difícil encontrar un gásfiter, una nana o un prostíbulo. En la práctica una ciudad necesita de muchos factores que no son planificables”, asegura Patricio Basáez, director del Instituto de Historia de la Arquitectura de la Universidad de Chile. “Es terrible pensar así, pero las ciudades inevitablemente muestran las contradicciones de la sociedad que las habita: Brasilia con el tiempo se hizo ciudad; aparecieron los condominios cerrados y los márgenes se poblaron de favelas que rompieron con el diseño original, su historia nos habla de la historia de un proyecto que se vino abajo, pero que, de todos modos, heredó al país una ciudad, que según entiendo, es la mejor evaluada del país por sus habitantes”, agrega Basáez.

Genio y figura
“Oscar Niemeyer es tan transversal que yo te puedo contestar como ciudadana común y corriente”, dice Ana Magdalena Brache, directora del Instituto Cultural Brasil-Chile. “Cualquier brasileño lo conoce o sabe al menos que es el arquitecto que diseñó Brasilia. No podría decir si aprendí de él en el colegio, en mi familia, en la televisión porque es un referente que siempre ha estado presente”, agrega.

Según Brache, Niemeyer es a la arquitectura del continente lo que Pablo Neruda es a la poesía. Ambos reflejos de una época convulsa en la que muchos creadores abrazaron el proyecto utópico del comunismo. En el caso del arquitecto, la revolución rusa ocurrió cuando tenía 10 años y marcó profundamente una vida en que, por romanticismo o simple porfía, nunca abandonó ese ideal.

Tuvo una infancia y juventud marcadas por el bienestar económico, en la que sus mayores preocupaciones fueron las campañas del Fluminense y la bohemia carioca. A los 20 años entró a trabajar en el taller de tipografía de su padre, se casó con Anitta Baldo, hija de inigrantes italianos y se matriculó en la Escuela de Bellas Artes de Río de Janeiro. En 1932 comenzó su carrera profesional en el estudio de arquitectura de Lucio Costa, director de la escuela y uno de sus principales mentores, y en 1934 obtuvo el título de ingeniero arquitecto.

Desde ese momento no paró de construir. En 1936 recibió en encargo de proyectar el edificio del Ministerio de Educación, dirigido entonces por el legendario ministro Gustavo Capanema. Fue él quien promovió en Niemeyer que integrara las artes plásticas en su obra, lo instruyó en escultura y le presentó al pintor Cándido Portinarí, con quien años más tarde trabajaría en emblemáticos proyectos como la iglesia San Francisco de Pampulha, en Belo Horizonte, y la sede de la ONU, en Nueva York. 

El período de post guerra coincide con su época de mayor realización en Brasil, con la venia de los políticos desarrollistas. Ya consagrado como uno de los arquitectos más importantes del mundo, realiza una gira europea en la que entabla amistad con grandes intelectuales de la época, como Jean Paul Sartre, André Breton y Pablo Picasso.

La caída de Joao Gulart y el golpe de estado de 1964 lo sorprenden en Lisboa. Pese a que en su país se desencadena una sangrienta persecución política contra los militantes comunistas, Niemeyer decide volver a enfrentar la dictadura. Desde la Fuerza Aérea le advierten: “el lugar para un arquitecto comunista es Moscú”. La situación se vuelve insostenible, los militares asaltan la revista Módulo, que había fundando nueve años antes, y saquean todos sus proyectos. Lo vigilan día y noche, por lo que decide partir al exilio en Francia, donde Charles De Gaulle le entrega reconocimiento oficial para construir.

El exilio es también fructífero. Vive un par de años en París, expone en el Louvre y construye el Centro Cultura de La Haya y la sede del Partido Comunista francés. Viaja a Tel Aviv, donde asiste al arquitecto Arye Elhanani para construir una universidad, conjuntos habitacionales y una monumental sinagoga. Su obra llama la atención del presidente del Consejo Revolucionario Argelino, Houari Boumédiène, quien lo invita a vivir en una preciosa casa de Argel, donde diseña dos universidades y una mezquita que nunca fue construida. 

Aprovechando la progresiva apertura democrática, vuelve a comienzos de los ochenta a Brasil. En su regreso, cumple un sueño que había postergado desde su juventud: construir un sambódromo para el Carnaval de Rio de Janeiro. El final de la dictadura supone también una política de memoria histórica y homenajes. En este contexto, Niemeyer diseña memoriales para Jubelino Kubitschek, los pueblos indígenas y las víctimas de violaciones a los derechos humanos de toda América Latina, entre otros.

Tras recibir los premios Pritzker (el llamado “Nobel de la arquitectura”) y Príncipe de Asturias, Niemeyer baja el ritmo de producción. Su obra en los 90’ es un sambódromo para Sao Paulo y el impresionante Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi, que rápidamente se convierte en una atracción turística de Rio de Janeiro. El cambio de milenio, sin embargo, le entrega un nuevo aire y desde esa fecha ha construido más de 50 proyectos en Brasil, Italia, Rusia, Noruega y Francia.

En Chile no
Oscar Niemeyer nunca estuvo en Chile, pero entre sus célebres amistades estuvieron Salvador Allende y Pablo Neruda. De éste último, recibió el interés por la ciudad de Valparaíso, que en 2003 fue declarada Patrimonio de la Humanidad. Cuatro años más tarde, atraído por esta condición, el arquitecto donó a la ciudad un proyecto de centro cultural para reemplazar a la deteriorada ex cárcel de Valparaíso.

A poco andar, sin embargo, el proyecto se encontró con la férrea oposición de las organizaciones ciudadanas del puerto, las que reclamaron una discontinuidad absoluta entre el futuro edificio y el paisaje de los cerros porteños. “Niemeyer no tomó en cuenta la granulometría de la ciudad, que es muy fina para hacer un proyecto de ese tipo, que resultaba bastante agresivo”, explica Constantino Mawromatis. “En Valparaíso la ciudadanía puso el freno que debió haberse puesto con el mall de Castro”.

Cristián Romo, artista y miembro de la Corporación Parque Cultural ex Cárcel, sostuvo que el Gobierno estaba valorando la firma y el prestigio de Niemeyer sin sopesar el impacto del proyecto. A esa opinión se sumaron varios arquitectos, entre ellos, el Decano de la Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño, Mathias Klotz, que en la ocasión dijo: “Si el Congreso de Valparaíso fue el monumento a la estupidez del gobierno militar, este sería el ícono de la estupidez de la Concertación”.

En noviembre de 2008 la obra fue desechada definitivamente, tras pedirle a Niemeyer modificar sus bocetos en tres oportunidades. La última vez, el brasileño rechazó la petición y el proyecto quedó en nada. Ese mismo año, en el marco de una exposición en honor al brasileño, organizada por el Museo de Bellas Artes, la fundación Niemeyer dio a conocer el punto de vista del arquitecto, que es el que le ha permitido construir en todo el mundo: “La técnica para defender el patrimonio no es copiar lo que estaba hecho desde antes sino hacerle un contraste”.

Finalmente, el gobierno realizó en 2009 un concurso público que ganaron los arquitectos Jonathan Holmes, Martín Labbe, Carolina Portugueis y Osvaldo Spichiger con un proyecto de 10 mil metros cuadrados y un costo sobre los $ 9 mil millones. Fue inaugurado a inicios de este año.

Frases
“En el mundo deben quedar dos verdaderos comunistas: Niemeyer y yo”, Fidel Castro

“Cuando mi música sale bien, creo que se parece a la de Tom Jobin y la música de Tom, en mi cabeza, es la casa de Oscar Niemeyer”, Chico Buarque

“No es el ángulo recto lo que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre y sensual, la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida. De curvas es hecho todo el universo, el universo curvo de Einstein”, Oscar Niemeyer

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