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Actualizado el 20/01/2014
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¿Para qué la universidad?

Autor: Aldo Valle

La universidad debe ser un momento estelar en la biografía de cada persona, pero no estamos discutiendo sobre ese asunto; se promueve más lo relativo a indicadores sobre empleo o renta que un debate sobre su sentido y misión.

A PROPOSITO del sentido de la universidad como institución, la política pública ha optado por referirla a indicadores y porcentajes. En este mismo acto, sin advertirlo, se la reduce a un instrumento útil para dar respuestas a demandas cuantitativas, aunque poco efectivas y de dudosa calidad. El carácter y la misión de esta institución en una sociedad democrática son omitidos y así se deja que el discurso de la economía se despliegue a sus anchas, al punto que llega a inhibir valiosas tradiciones de la cultura occidental. Asistimos de este modo a la epifanía nacional del “dominio de la técnica” por sobre los fines y los valores.

Estos días, en que miles de jóvenes han postulado a las universidades y se han matriculado, parece pertinente revisar por qué debemos contar con buenas universidades. Surgirán interrogantes acerca de cómo entendemos esta institución. Una concepción tecnocrática tiende a responder los desafíos de la universidad conforme a relaciones cuantitativas, en apariencia ideológicamente neutras, pero en realidad con efectos funcionales y legitimadores de un determinado paradigma político y económico. Esta idea es uno de los términos del asunto controvertido que debe interesarnos.

La universidad, como institución dedicada a la formación de personas, a la investigación científica y el desarrollo de la cultura, no debe ser la mera extensión de ese carácter mundano que presentan las relaciones sociales. Por lo mismo, pasiones o cálculos asociados al dinero, la fuerza o el partidismo deben detener su curso. Esta debe encaminarse a instituir espacios de deliberación pública capaces de recrear las condiciones para el diálogo entre tradiciones culturales e intelectuales, para que la racionalidad y la imaginación fluyan sin interferencias y los desacuerdos normativos se procesen conforme a un ethos republicano. Estas instituciones, no al modo de laboratorios de ingeniería social, ni de estructuras burocratizadas, sino como instancias de la razón práctica, tienen la responsabilidad de contribuir a que la sociedad sea capaz de comprenderse y proyectarse.

La institución educacional debe formar en valores y virtudes. Por esta razón, debe hacer un esfuerzo permanente, porque junto con garantizar calidad en la formación profesional y disciplinaria, eduque en ambientes de pluralismo y apertura intelectual. Para esta condición es también imprescindible que la universidad acoja la mayor diversidad social y cultural, y que el acceso dependa sólo del talento y del mérito del postulante. La universidad, en este sentido, tiene una elevada misión cívica y de moral que consiste en una búsqueda singular. Como ha de hacer toda educación, que no sea mera instrucción o adiestramiento, la universitaria debe contribuir a descubrir en cada joven a ese hombre o mujer sublimes escondidos en toda persona, según palabras de Jenaro Abasolo, un filósofo social chileno del siglo XIX, tan original como poco conocido.

 La universidad debe ser un momento estelar en la biografía de cada persona y del país, pero en Chile no estamos discutiendo sobre esta cuestión; se promueve más lo relativo a indicadores sobre empleo o renta que un debate acerca del sentido y misión de la institución.

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