Una reunión cerrada a golpes: cuando la policía infiltró a la Sociedad de la Igualdad

Francisco Bilbao

En agosto de 1850, un piquete de sujetos reclutados por un agente vinculado al Cuerpo de Vigilantes de Santiago, asaltó una reunión de los igualitarios, a fin de propiciar su disolución por parte del gobierno. Fue uno de los tantos choques del grupo -que reunió a intelectuales afrancesados y artesanos-, con las autoridades, en su anhelo de introducir reformas en el Chile de los decenios conservadores.



La reunión terminó pasadas las diez de la noche. En los rostros de los líderes de la Sociedad de la Igualdad se dibujó la suave sonrisa de la satisfacción. La jornada fue un éxito, pues ese 19 de agosto de 1850 se logró reunir a una concurrencia de 200 personas, la mayor conseguida hasta ese momento. Mientras la gente comenzaba a desocupar el salón del edificio ubicado en la esquina de las actuales Monjitas con San Antonio, otro grupo, liderado por Francisco Bilbao, se quedó un rato conversando alrededor de una mesa ubicada en el patio del recinto.

Fue entonces que los igualitarios escucharon unos gritos, feroces y destemplados. No alcanzaron a saborear la curiosidad, cuando por el estrecho pasillo del edificio divisaron a un grupo de sujetos armados con garrotes que arremetieron con furia contra ellos. La gresca que se desarrolló entonces, fue descomunal.

Testigo de la pelea fue Benjamín Vicuña Mackenna, de 19 años, quien desde su puesto de secretario, era algo así como el joven maravilla de la asociación. Mucho tiempo después, en 1878, el también historiador y ex intendente de Santiago, describió con su particular prosa los sucesos en su libro Historia de la jornada del 20 de abril de 1851: una batalla en las calles de Santiago.

“Sin perder ni por un instante su serenidad los ocho o diez ciudadanos asaltados se formaron en línea, y echando mano cada cual a lo que encontró más cerca, lámparas, tinteros, bastones, silletas, comenzó una defensa tan peligrosa como la acometida, en medio de la oscuridad que el resplandor tenue de una noche entrenublada, penetrada por la ancha abertura del patio, apenas desteñía”.

El bullicio y los gritos alertaron a un destacamento del Cuerpo de Vigilantes de la ciudad -la policía de entonces-, quienes, con sable en mano, entraron a poner orden en el lugar, al mando del teniente Roberto Lemus. Casi un cuarto de hora demoraron en calmar la situación y el teniente Lemus ordenó detenerlos a todos. Así, tanto los atacantes (quienes “estaban ebrios y disfrazados con pañuelos en la cara”, según Vicuña) y los atacados, fueron llevados hasta un cuartel policial, ubicado en un viejo y roñoso edificio en la actual calle Puente, a una cuadra de la Plaza de Armas.

Plaza de Armas de Santiago en el siglo XIX

Jóvenes, liberales y revolucionarios

Solo unos meses antes, en marzo de 1850, se había reunido por primera vez la Sociedad de la Igualdad. Era un grupo formado principalmente por jóvenes aristócratas, quienes eran intelectuales, ávidos lectores y estaban henchidos del ideario del romanticismo. Porque si algo los distinguía era la admiración por la cultura francesa y sus procesos revolucionarios, como el que se había desarrollado en 1848, el que terminó con la renuncia del rey Luis Felipe y la instauración de la II república.

A partir de la lectura de algunos libros y los viajes de varios jóvenes de la elite al viejo mundo, estos se empaparon del espíritu liberal y romántico. Ello explica el éxito que tuvo en el país el libro Historia de los Girondinos, de Alphonse de Lamartine, cuyos primeros ejemplares llegaron a Valparaíso en el verano de 1848.

“Desde mediados de 1848 se materializó un verdadero culto por la obra, la que fue discutida y analizada en reuniones que se realizaban por las tardes en casas particulares, o durante la jornada diaria en la sala de redacción del diario pipiolo [liberal] El Progreso, otra costumbre copiada de la Francia de entonces”, explica el historiador Cristián Gazmuri, quien estudió a esa generación en su célebre libro El “48” chileno : igualitarios, reformistas radicales, masones y bomberos (Universitaria, 1999).

Por ello, es que las noticias de la revolución en Francia inflamaron los ánimos de sus admiradores chilenos. “Cuando se supo de su estallido, la juventud liberal chilena ya conocía e incluso manejaba los conceptos y valores fundamentales del pensamiento republicano y liberal, democritico”, detalla Gazmuri.

Lamartine frente al Hôtel de Ville de París, 25 de febrero de 1848. Óleo de Philippoteaux.

Uno de estos, era Santiago Arcos. Un joven que creció en Paris, debido al exilio de su padre, partidario de O’Higgins. Allí se educó y además aprovechó de frecuentar a intelectuales y artistas. Regresó a Chile, tras viajar a Estados Unidos, en 1848. Poco tiempo después, comenzó a masticar la idea de formar una asociación a imitación de los clubes políticos parisinos que conoció de primera mano. Aquel fue el origen de la Sociedad de la Igualdad.

Arcos llegó en un momento de creciente tensión política. Gobernaba el país el general Manuel Bulnes, y se había desatado la carrera por la sucesión presidencial. En tiempos de fuerte autoritarismo, el candidato elegido por el gobierno prácticamente tenía asegurado el triunfo, debido al férreo control de las elecciones. Allí surgió el nombre del exministro conservador Manuel Montt, que generó total desagrado en la oposición liberal. “Representaba el sector más extremo del peluconismo y era autoritario por temperamento y doctrina”, explica Gazmuri.

La elección y el ánimo de introducir reformas sociales, estimularon al inquieto Arcos. De allí a que comenzó a buscar apoyos para levantar su idea. “Se ha de haber sentido muy impresionado por la miseria, ignorancia y marginalidad, en un sentido amplio, de la gran masa de la población chilena”, añade el historiador.

En su texto La Sociedad de la Igualdad y sus enemigos, el músico José Zapiola detalla el momento que dio origen del club.

“Una noche se había suscitado una pequeña discusión entre dos miembros de la ‘Sociedad Reformista’ (Club de la Reforma) sobre los medios más adecuados para organizar una oposición capaz de triunfar del Gobierno en las elecciones de Presidente de la República, a la conclusión del último periodo del General Bulnes. Según la opinión de uno de los contrincantes, no había triunfo posible sin apoyo del pueblo; pues mientras más se había enajenado la oposición anterior este elemento, menos trabajo había dado el Gobierno para anonadarlos (....). El joven don Santiago Arcos que escuchaba esta polémica se acercó a uno de los interlocutores y le dijo: 'Usted es de mi opinión; nos uniremos con el fin que usted ha indicado (...) He hablado ya con unos pocos amigos, verdaderos amigos, nos reuniremos mañana, y espero que usted nos acompañe”.

Santiago Arcos

Uno de esos verdaderos amigos, resultó un recién llegado. Se trataba de Francisco Bilbao, entonces de 27 años, quien arribó a Valparaíso en febrero de 1850 desde Paris, donde vivió los sucesos del 48′ e incluso pudo conocer a varios de los intelectuales franceses del momento. Según Gazmuri, el chileno frecuentaba a Félicité Robert de Lamennais, además de compartir encuentros con autores como Edgar Quinet y Jules Michelet. Además, tenía suficientes credenciales revolucionarias, pues la publicación de su libro Sociabilidad Chilena (1844), le llevó a un juicio por blasfemia, lo que le obligó a salir rumbo a Europa.

Después de las primeras reuniones, la Sociedad de la Igualdad se posicionó como una propuesta novedosa. En principio no se plantearon objetivos políticos, aunque la fuerza de los acontecimientos los llevó hacia una posición más comprometida con la contingencia. “El objeto que nos proponemos es la asociación para conseguir la vida de la fraternidad en nosotros mismos, en nuestra instituciones políticas y sociales, en nuestras costumbres, en nuestras creencias”, se lee en el estatuto del grupo, redactado por Arcos.

Este último aspecto es clave para comprender la importancia de la Sociedad. Gazmuri plantea que esta fue la primera forma de sociabilidad moderna de la historia de Chile. A su juicio, eso se manifiesta en el hecho de que tuviera su propia fórmula de iniciación, un reglamento, y una organización en secciones (limitadas a 24 individuos) de acuerdo a los barrios de Santiago. Además, en una movida novedosa para la época, varios artesanos fueron invitados a participar.

En el grupo inicial, se cuentan nombres como el poeta Eusebio Lillo (autor del actual himno nacional), el músico José Zapiola, además del sombrerero Ambrosio Larrecheda y los sastres Cecilio Cerda y Rudecindo Rojas. Al poco tiempo, Lillo también se ocupó de editar el periódico del grupo, llamado El amigo del pueblo (tal como el que publicaba Jean Paul Marat durante la Revolución Francesa), en el que también participaron como redactores, Bilbao, Arcos y José Victorino Lastarria.

El ataque del “chanchero”

Pero la fraternidad no duró mucho. Al menos, con el gobierno. Probablemente por su novedad y su retórica crítica, el grupo pronto se hizo sospechoso para las autoridades. Más cuando se publicaron textos anticlericales escritos por intelectuales franceses en las flamígeras páginas de El amigo del pueblo. Por ello, se entabló una áspera polémica con medios como La Revista Católica, que no pasó a mayores. Pero lo peor estaba por venir.

Hacia mediados de 1850, el presidente Bulnes designó al abogado Antonio Varas como ministro del Interior. Este, a su vez, era muy cercano a Manuel Montt, lo que enardeció los ánimos de quienes se oponían a su candidatura presidencial. De esta forma, las reuniones de la Sociedad de la Igualdad de pronto se llenaron de militantes salidos desde los elegantes salones de la oligarquía. Pero, estos impusieron un giro decididamente opositor al grupo, lo que para Arcos significó una ruptura con su espíritu original. De esta forma, se alejó de la dirigencia.

El primer número de El Amigo del Pueblo circuló el lunes 1 de abril de 1850. Su epígrafe era: "Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia porque ellos serán hartos".

Se considera este un punto de inflexión en la historia de la Sociedad de la igualdad. “Desde entonces, el carácter de instrumento en la pugna política contingente prevaleció por sobre el de club republicano y popular de nuevo cuño y con objetivos de fondo a ser conseguidos a mediano plazo, hasta llegar a transformarse, en una gran asamblea conspirativa e insurreccional, dirigida por caudillos de la oligarquía pipiola tradicional”, explica Gazmuri.

Esta decisión lanzó al club en curso de choque con La Moneda. Con ya casi dos décadas de gobiernos conservadores imponiendo estados de sitio y limitaciones a los derechos como la libertad de reunión (que recién tendrá rango constitucional con las reformas de 1874), en palacio ya había cierta experiencia manejando grupos opositores. Por ello, buscaron formas de controlarlos sin generar mayor escándalo.

Fue entonces que apareció en escena un sujeto de 37 años llamado Isidro Jara, más conocido por su fino apodo de “El chanchero”. Este era un sargento de la Guardia Nacional, que también trabajaba como enganchador de reclutas y residía en la calle Bandera, muy cerca de la ribera del Mapocho; una zona que entonces era considerada peligrosa por concentrar a matones y delincuentes.

Cuenta Barros Arana en su libro Un decenio de la historia de Chile (1841-1851), que este individuo tenía vínculos con la policía, ya que era cercano al comisario Tomás Concha -un antiguo oficial del ejército-, para quien solía hacer algunos trabajos como agente encubierto.

Por entonces, la policía de la capital era el Cuerpo de Vigilantes -Carabineros se fundó en 1927-, el que contaba con 120 efectivos, los que estaban organizados bajo un estructura militar en ocho cuarteles. El superior inmediato era el Intendente de la provincia, a su vez, nombrado directamente desde la presidencia de la república.

Benjamín Vicuña Mackenna. Colección Biblioteca Nacional.

“El chanchero” ya se había visto las caras con los igualitarios. Al poco tiempo de que el grupo inició sus actividades, se inscribió (según Barros Arana, por instrucción de Concha) para participar, pero al poco tiempo fue expulsado. Es probable que fuera reconocido como espía. Pero antes de irse, asegura Vicuña Mackenna, se enfrascó en una reyerta con Arcos y Bilbao.

Por ello, apenas recibió el encargo del comisario, el rudo “chanchero” se apuró en reunir a un grupo de diez sujetos armados con garrotes, palos y lo que tuvieran a mano. “A estos debían agregarse dos policiales disfrazados, elegidos por Concha -agrega Barros Arana-. A cada uno de ellos se les dio una contraseña para que en cualquier lance se les tuviera como agentes de la policía secreta”.

La misión asignada era atacar por sorpresa una reunión de la Sociedad de la Igualdad y disolverla, ojalá sin provocar muertes. Se trataba de generar tal escándalo que sirviera de pretexto para cerrar a la asociación y evitar que siguiera creciendo.

Así llegó la noche del 19 de agosto. La asamblea de los igualitarios se desarrollaba en calma, salvo por un incidente. En un momento, a un joven se le acusó de trabajar como espía y fue conminado a retirarse. Este se resistió e incluso fue defendido por algunos de los asistentes, pero finalmente otros lo sacaron del lugar a empellones. Mientras, el “chanchero” y su partida de matones, deambulaban por la plaza de Armas esperando el momento propicio para dejarse caer. Apenas vieron salir algunas personas del edificio, se encaminaron hacia este.

El incidente solo caldeó más los ánimos. En los días siguientes muchos se inscribieron en el club y demandaron medidas más radicales. Más cuando se supo que el gobierno suspendió al juez Pedro Ugarte -quien llevó la investigación de la causa-, debido a que mostró una abierta y exaltada simpatía por los igualitarios, a quienes liberó sin demora, mientras que a los atacantes los retuvo en prisión. Con las confesiones de estos, consiguió establecer que el ataque fue preparado de antemano.

Pero la crisis no hizo más que empezar. Montt fue proclamado como candidato -y virtual presidente electo- en octubre. La Sociedad de la Igualdad se pronunció -de forma previsible- en su contra y organizó varias marchas por el centro de Santiago, en las que destacó la figura de Bilbao. La intendencia replicó con un bando en que prohibió las manifestaciones masivas y ordenó que las reuniones del grupo fuesen públicas y con acceso para cualquiera.

Poco después, al llegar a una reunión, Bilbao recibió un ramo de flores, como regalo de una admiradora. Cuando le tocó subir al estrado para hablar, hizo gala de su carisma y sentido del drama, acaso invocando a sus admirados revolucionarios franceses. Tomó el ramo, lo agitó y sentenció: ''El ruido del tambor, la publicación de órdenes represivas, el apresto de la tropa armada, parece anunciar al poder los peligros del combate. En presencia del aparato de guerra, la Sociedad de la Igualdad...se presenta armada de flores". El entusiasta aplauso de la asamblea retumbó largo rato.

La Sociedad de la Igualdad fue disuelta el 9 de noviembre de ese año. Varios de sus integrantes fueron detenidos y encarcelados, mientras que otros salieron al exilio. Desesperado, Bilbao se disfrazó de mujer y se ocultó en la casa de un vecino de su madre. Luego pasó a la clandestinidad y participó en el fallido intento de revuelta del 20 de abril de 1851. Tras este, salió de Chile y nunca más regresó. Murió en Argentina en 1865.

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