Cuando se habla de leyendas del fútbol mundial, hay uno que, para algunos, está un escalón por sobre los demás. Uno que mostró, sin dudas, uno de los mayores talentos que se ha visto en una cancha. Un goleador intratable que anotó 1284 tantos en su carrera, con una categoría única y una habilidad envidiada por sus colegas con la pelota en los pies. Simplemente, un súper clase. Se trata de Edson Arantes do Nascimento, alias Pelé, quien, para muchos, tiene el trono del mejor de todos.

El futbolista nacido el 23 de octubre de 1940 (81 años), y que con los años se iba a convertir en O Rei, debutó profesionalmente a los 16 años en el Santos FC, club en el que estuvo hasta 1974 y con el que fue campeón del mundo a nivel de clubes en 1962 y 1963, y con el que conquistó seis Brasileirao, cuatro Torneos Río-Sao Paulo, diez Campeonato Paulista, dos Copa Intercontinentales y dos Copa Libertadores. Su palmarés, además, registra tres Mundiales (1958, 1962 y el de 1970).

Es por lo anterior que para su segunda cita planetaria, la cual se disputó en Chile, Pelé llegó como el llamado a ser la máxima figura, pese a que en ese instante su palmarés aún no estaba completo. Todos los ojos estaban encima de él. La prensa, los hinchas, sus rivales. Absolutamente todos querían observar al crack brasileño, quien venía de ser clave para darle el primer Mundial a su selección, con apenas 17 años.

La estadía del ariete en suelo nacional fue más triste que alegre. En la previa del arranque del certamen, estuvo presente en los duelos amistosos que la Verdeamarela disputó ante Santiago Wanderers y Everton. Frente a los caturros, los brasileños igualaron de manera increíble 2-2, con una conquista y una asistencia de O Rei. Tras ello, superaron 9-1 a los ruleteros. Hasta entonces, el goleador se mostró en óptimas condiciones y parecía que nada le impediría brillar.

Pelé, en el estadio de la Compañía Chilena de Tabacos en Valparaíso, durante su preparación para el Mundial de 1962. FOTO: Archivo.

Pero el certamen se acabó tempranamente para el atacante, quien en ese entonces tenía apenas 21 años y militaba en el Peixe. Pese a que en su debut ante México, en un duelo que se llevó a cabo en el estadio Sausalito, cumplió con las expectativas, anotando un gol y asistiendo en otro, el ariete se despidió de la competencia en el segundo encuentro, frente a Checoslovaquia. En el complemento de ese compromiso, sufrió una lesión muscular, que, finalmente, lo sacó del torneo.

Sin Pelé, Brasil se las ingenió para triunfar de igual manera. Tras dejar en el camino a la Roja en semifinales y superar a Checoslovaquia en la definición, se quedó con la Copa del Mundo, en un torneo en el que un soberbio Garrincha hizo olvidar la ausencia de O Rei.

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