Elecciones 2021: Cómo el mundo observa los comicios en Chile

Desde el estallido social de 2019, la imagen del país en el extranjero ha sido motivo de debate. Recientemente el diario uruguayo El País habló de “la tragedia chilena”, mientras que la revista británica The Economist afirmó que Chile “luce peor que en cualquier punto desde el retorno a la democracia”. De cara a las elecciones presidenciales, Michael Reid, Enrique Krauze, Cynthia Arnson, Aders Beal, Michael Shifter, Carlos Malamud y Talita Sao Thiago Tanscheit, entregan su diagnóstico en las siguientes columnas de opinión escritas para La Tercera.




Confío en Chile

Por Enrique Krauze, historiador y escritor mexicano.

Fui uno de los muchos mexicanos entusiasmados con el triunfo de Salvador Allende. Representaba para nosotros la posibilidad de un socialismo democrático y libre. No idealizo su gobierno, pero absolutamente nada justificaba el golpe de Estado de Pinochet apoyado por Estados Unidos. En esos años no perdí la esperanza en el temple chileno. En febrero de 1979 visité Santiago y escribí un reportaje crítico sobre las dictaduras sudamericanas tras el cual Vuelta, la revista que lo publicó, fue prohibida en el Cono Sur. Tiempo después, celebré el regreso a la democracia logrado por la vía plebiscitaria. Nunca comulgué con la ortodoxia neoliberal, pero en este siglo valoré el alto mérito de un país que, estando tan lejos de Europa y Estados Unidos, se proyectaba al mundo con la excelencia de sus productos. Sin duda, faltaba mucho por hacer, sobre todo en el ámbito social, pero Chile ponía la pauta.

Hoy Chile vive un tiempo nublado. Me duelen las imágenes violentas, me entristece su polarización política, me indignan las injerencias de gobiernos populistas en su vida pública, me preocupa que se repita la dialéctica perversa entre dictadura y revolución. Pero confío en Chile.

Cualquiera que sea el resultado en las urnas, espero que los chilenos no olviden la tradición republicana que los ha formado. Espero también que recuerden la gran lección del siglo XX: las ideologías redentoras conducen a desastres inmensos. Ojalá valoren el diálogo, la responsabilidad y la mesura sobre los extremismos de cualquier índole. Mucho del destino de las democracias en América Latina está en sus manos.

La necesidad de construir nuevos consensos

Por Michael Reid, editor de The Economist.

Ernest Hemingway escribió una vez que las quiebras acontecen paulatinamente y luego repentinamente. Visto desde lejos, así parece ser la situación de Chile. El mundo se había acostumbrado a ver en Chile un país estable y predecible. Ese país ha desaparecido por ahora.

El estallido social de octubre de 2019 reveló unos descontentos que se habían acumulado a pesar de los enormes avances durante los 30 años previos: la ralentización del crecimiento económico estrechó oportunidades, sobre todo para los jóvenes, e hizo que las desigualdades multidimensionales en la provisión de servicios y bienes públicos se convirtieron en intolerables.

El acuerdo para la Convención Constituyente parecía ofrecer un camino institucional y pacífico hacia un nuevo contrato social. Pero hasta ahora parece que la Convención ha servido para ahondar divisiones.

Ahora Chile enfrenta una elección altamente polarizada, con posibilidades reales de que el gobierno que surja de ella sea o el más izquierdista desde Allende o el más derechista desde Pinochet.

¿Revolución o contrarrevolución? Las consecuencias políticas del estallido no han terminado y la opinión pública parece volátil. Para un observador extranjero, lo lógico sería que Chile reconozca que no todo fue malo antes de 2019 (ni mucho menos), que el país sí necesita reformas, pero no una ruptura, y que necesita combinar cambios con estabilidad y paz. En otras palabras, necesita construir nuevos consensos. Ojalá que ese camino siga abierto.

Lo único seguro es que Chile va a seguir ofreciendo incertidumbre por un tiempo más, puesto que el nuevo gobierno va a tener que convivir con la Convención, y no se sabe si el nuevo texto constitucional va a ser racional o utópico, y si los chilenos finalmente lo van a aprobar o no.

Chile desde el exterior

Cynthia Arnson, directora del Programa Latinoamericano del Woodrow Wilson International Center for Scholars en Washington, DC, y Anders Beal, asociado del Programa Latinoamericano del Woodrow Wilson International Center for Scholars en Washington, DC.

Las protestas sociales masivas de 2019 sorprendieron a muchos en la comunidad internacional, dado que una secuencia de gobiernos de la Concertación de centroizquierda había logrado reducciones masivas de la pobreza en un marco de inclusión social. Las protestas fueron quizás menos sorprendentes en Chile, donde desde 2006 movilizaciones callejeras masivas de estudiantes habían desafiado a los gobiernos de Michelle Bachelet y Sebastián Piñera. Muchos de los temas que motivaron esas manifestaciones -altos niveles de deuda estudiantil, falta de oportunidades y movilidad social, la gran brecha en la calidad de los servicios entre los sectores público y privado, y la desconexión entre los partidos políticos y el electorado- presagiaron las demandas de aquellos que salieron a las calles en 2019.

La extrema violencia de algunos manifestantes, incluida la destrucción del transporte público y la propiedad privada, inicialmente dominó los titulares. Lo que finalmente quedó claro fue la amplitud y el tamaño de las protestas pacíficas en todo el país, algunas de las más grandes en la historia de Chile. El modelo de crecimiento impulsado por el mercado de Chile no había hecho lo suficiente para abordar la profunda desigualdad, y la propia Constitución de la era de Pinochet se erigió como un impedimento estructural para una mayor equidad.

La convocatoria de la Convención Constitucional y la amplia participación y consulta que precedió al plebiscito demostró una vez más que Chile, de manera modelo, estaba canalizando el descontento social a través de canales institucionales. El número de nuevos rostros electos a la Convención sirvió, por un lado, como ejemplo de renovación democrática (incluida la elección de Elisa Loncón para presidir la Convención). Por otro lado, existen dudas sobre la experiencia y credenciales de los electos para redactar un documento tan complejo y fundacional como una nueva Constitución. Es importante que la nueva Constitución preserve lo saludable de la democracia chilena -respeto por los derechos políticos y civiles, instituciones sólidas y la separación de poderes-, al tiempo que perfecciona una economía de mercado exitosa para que genere crecimiento y equidad.

Chile no ha escapado a la tendencia hacia una fuerte polarización en América Latina, Estados Unidos y el mundo. Los principales candidatos en las elecciones presidenciales tienen visiones dramáticamente diferentes del futuro de Chile. Gobernar con eficacia requerirá superar la polarización actual en la sociedad chilena. ¿El próximo presidente salvará la brecha o la profundizará?

Un país en territorio desconocido

Por Michael Shifter, presidente del Diálogo Interamericano.

Mi impresión es que Chile se encuentra en terreno desconocido. Está en proceso de definir una nueva época. Es difícil pensar en otro momento de tanta incertidumbre. El país está convulsionado. El estallido social de octubre de 2019 marcó un antes y un después.

Es llamativo que la política tradicional, un referente para América Latina, colapsó de manera dramática. La mayoría de los chilenos está buscando nuevas opciones políticas. La ideología importa menos que una actitud contra el establishment, visto por muchos chilenos como incapaz de resolver problemas básicos.

En materia económica, Chile enfrenta importantes desafíos, como el déficit fiscal. En política, el colapso de una derecha moderada y surgimiento de una derecha ultra, polariza la sociedad aún más. La izquierda, que responde a demandas sobre todo por los jóvenes para mayor equidad y reformas sociales contiene elementos más radicales.

No parece que hay mucho entusiasmo por los dos candidatos que probablemente pasarán a la segunda vuelta. Hay muchos indecisos. Como la elección peruana, muchos elegirán el “mal menor”, motivado por temor del otro.

La Constituyente genera incertidumbre. El resultado de debates entre los moderados y radicales sobre temas claves no está claro. Hay escenarios complicados, por ejemplo, si el candidato de ultraderecha gana y tiene que gobernar bajo nueva Carta Magna de izquierda.

Un hecho que parece cada día más relevante es la violencia, tanto en La Araucanía como en Santiago. La destrucción de bienes públicos por grupos violentos, junto con la percepción de que la criminalidad va en aumento, explican por qué sectores crecientes de la población prefieren los que prometen orden.

Aunque el cuadro es riesgoso, tengo esperanza de que Chile va a salir bien de esta prueba de fuego. El país tiene gran aprendizaje por otros momentos de su historia. Sobre todo, cuando uno mira el panorama regional, destacan sus fortalezas institucionales y una ciudadanía que ha mostrado su vocación para hacer reformas, forjar consensos y vivir en paz.

Que Chile no se transforme en Brasil

Por Talita São Thiago Tanscheit, investigadora en el Observatorio Político Sudamericano del Instituto de Estudios Sociales y Políticos de la U. del Estado de Río de Janeiro.

Como en Brasil en 2018, las elecciones presidenciales chilenas de 2021 están marcadas por la irrupción de la ultraderecha, con la aparición de José Antonio Kast como el candidato más probable para pasar a segunda vuelta con Gabriel Boric. El surgimiento de esta ultraderecha preocupa a los expertos en todo el mundo, especialmente por sus conflictos con el componente liberal de la democracia.

También es destacable la defensa de valores conservadores y de políticas de “mano dura”. En Brasil, la elección de Jair Bolsonaro representó la adopción de políticas radicales y autoritarias que interrumpieron el ciclo democrático más largo de nuestra historia y resultaron no solo en una falta de respeto a las reglas democráticas, sino en un aumento del desempleo y del costo de vida de la población, lo que lleva a millones de personas a la pobreza y al hambre.

Hoy, el rechazo a su gobierno es del 59% y alrededor del 70% de la población piensa que el presidente no merece ser reelegido. A diferencia de la estabilidad, el escenario brasileño es de deterioro.

Por tanto, hemos observado con preocupación el ascenso de Kast en las encuestas de opinión pública. En un momento en que el país atraviesa profundas transformaciones, y cuando se prepara una nueva Constitución, es necesario contar con un líder que esté a la altura del desafío que es implementar una nueva Carta Magna.

Con posiciones políticas cercanas a Bolsonaro, una victoria de Kast podría llevar al país a un escenario de inestabilidad e incertidumbre aún mayor. En Brasil, la elección de Bolsonaro no garantizó la ley y el orden público como prometió el candidato en 2018, sino el incremento de la violencia.

Si Chile nunca fue Finlandia, que no se convierta en Brasil. Al menos en lo que tenemos hoy.

Chile en la encrucijada

Por Carlos Malamud, investigador principal del Real Instituto Elcano.

En 1850, Domingo F. Sarmiento, el argentino que tan bien conocía Chile, publicó en Santiago Recuerdos de provincia, donde escribió: “¡Bárbaros! Os estáis suicidando, dentro de 10 años, vuestros hijos serán mendigos o salteadores de caminos”. Si bien su comentario se dirigía contra Rosas y las élites transandinas de su natal San Juan, de vivir en nuestros días no sería extraño que dedicara esas mismas palabras a las élites chilenas y a su sociedad en general.

Hoy, Chile enfrenta una coyuntura muy complicada. Debe elegir nuevo Presidente, redactar una nueva Constitución, hacer frente a una progresiva descapitalización de sus fondos de pensiones con imprevisibles consecuencias económicas, y todo en un contexto que podría incluso provocar un cambio de régimen. Llegados a este punto, habría que analizar si el país puede cambiar bruscamente y sin amplios consensos su matriz política y productiva sin caer en la autodestrucción.

También habría que preguntarse cómo se llegó hasta aquí. Evidentemente, la responsabilidad del actual gobierno, con su Presidente a la cabeza, es enorme, sin olvidarnos ni de sus antecesores ni de las élites nacionales. Pero, si hablamos de ellas hay que incluirlas a todas: económicas, políticas, sociales, culturales, académicas, deportivas, etc.

Ciertamente, muchas cosas se hicieron mal, persisten abundantes desigualdades y la percepción popular no coincide con el relato del gran éxito chileno. Sin embargo, si comparamos al país de hoy con el de hace medio siglo, el cambio es espectacular, no solo atendiendo a la mayor parte de los indicadores, sino también, y muy especialmente, recorriendo sus calles y regiones.

El silencio de unos y el estruendo de otros ha “peruanizado” al país. Todo indica que los ganadores de la primera vuelta serán los candidatos más extremos, lo que llevaría a buena parte de la ciudadanía a tener que votar por el mal menor, a elegir entre el horror y el espanto. Con un Parlamento fragmentado, con un sistema político en fase terminal, sin un claro rumbo político ni económico y la protesta social desbordada no sería descartable que Chile emprendiera el camino apuntado por Sarmiento hace 170 años.

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