¡Actuar ahora!

Imagen de Antofagasta en fase 1 (cuarentena). Foto referencial.

Imagen de Antofagasta.



Ricardo Abuauad es decano Campus Creativo UNAB, profesor UC.

El informe publicado la semana pasada por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU es incuestionable. Estamos frente a una crisis provocada por el hombre que exige actuar ahora. Las excusas (que lo que hagamos en Chile es irrelevante, que tenemos otras urgencias) se desarman cuando comprendemos el impacto que esto tiene para nuestro país.

Las ciudades son vistas como causantes de esta crisis: la realidad es opuesta. Ellas son la forma más sustentable de vida colectiva, por lejos más que los suburbios expandidos, consumidores de suelo en baja densidad, como lo han demostrado varios, entre ellos Glaesser (“Green Cities, Brown Suburbs”).

Pero nuestras ciudades requieren ser vistas, en esta nueva realidad, como zonas áridas (en el centro-norte, al menos, incluyendo Santiago). Según un reporte de este año de la Coalición para la Transición Urbana, podría reducirse un 30% del total de emisiones para 2050 solo mejorando la eficiencia de las construcciones. El Institut Paris Region ha trazado un camino hacia la “vida low tech” en 2040, que supone el “discernimiento tecnológico” (buscar las tecnologías más simples para la resolución de problemas). El control climático pasivo es el ejemplo natural.

En 2018, ARUP (consultora internacional) publicó el reporte “Cities Alive, repensando ciudades en entornos áridos”, donde uno de los casos evaluados es Antofagasta. Se recomienda ahí controlar la expansión urbana y su dependencia del auto; promover en cambio modelos de ciudad compacta; impulsar la reutilización de aguas pluviales y grises; impulsar formas de movilidad activa (peatón, bicicleta); defender usos mixtos, nuevas centralidades y proximidad que requieren menos desplazamientos; estudiar la creación de cinturones verdes que detengan la desertificación; rediseñar los espacios verdes para requerir escaso riego; priorizar el transporte público sustentable; mejorar la calidad y cobertura de la “sombra” urbana; aumentar la permeabilidad del suelo; concebir las vías como “calle completa”, con repartición de usos que priorice modos sustentables; control solar pasivo; cubiertas y edificios verdes; infraestructura azul; despejar y potenciar los corredores de viento; y un gran etcétera.

Sabemos muchas de estas cosas, las estudiamos y discutimos. Y, sin embargo, en la práctica, nuestras ciudades se construyen de otra forma. Esta semana el ministro Moreno dijo de AVO que “significará una disminución en los tiempos de traslado, ahorro de combustible y menor contaminación”, y que “aportará a la calidad de vida de los vecinos”. Invito a los lectores de esta columna a contrastar lo que se está haciendo (por poner sólo un ejemplo) en lo que se llama “mejoramiento de la Pirámide”(sic) con las recomendaciones de ARUP. Me recuerda esa frase de Max Plank: “Una verdad científica no triunfa convenciendo a sus oponentes y haciéndolos ver la luz, sino más bien por el surgimiento de una nueva generación que ya está familiarizada con ella”. Puede que ahí esté la esperanza.

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