Columna de Juan Ignacio Eyzaguirre: El fondo del fondo

El Capitolio, sede del Congreso de EEUU

El crecimiento de los capitales y del poder de Blackrock, Vanguard y State Street viene de sus fondos “pasivos”, aquellos que simplemente siguen un índice como el S&P500 o el Dow Jones, sin buscar ganarle al mercado y cobrando una fracción de las comisiones que los administradores “activos”, cuyos costosos equipos de inversión intentan seleccionar acciones “ganadoras”



En el Congreso estadounidense se debate si Blackrock, Vanguard y State Street, los tres principales administradores de fondos, debiesen votar en las juntas de accionistas de las grandes empresas. Con sus más de US$20 billones (millones de millones) de activos en administración, estas tres compañías de inversiones han pasado a ser los principales accionistas de las empresas estadounidenses.

Este ingente capital conlleva un gran poder pues las juntas de accionistas se han vuelto cada vez más controversiales, definiendo en sus votaciones compromisos ambientales, políticas de diversidad y sueldos de CEOs. Amazon y Johnson & Johnson han sido obligadas a realizar auditorías a sus políticas de diversidad racial, a ExxonMobil le han impuesto un mayor compromiso de reducción de emisiones y a los gerentes de Intel les rechazaron su paquete de compensación por considerarlo excesivo.

El crecimiento de los capitales y del poder de Blackrock, Vanguard y State Street viene de sus fondos “pasivos”, aquellos que simplemente siguen un índice como el S&P500 o el Dow Jones, sin buscar ganarle al mercado y cobrando una fracción de las comisiones que los administradores “activos”, cuyos costosos equipos de inversión intentan seleccionar acciones “ganadoras”. A su vez, los fondos “pasivos” gozan de economías de escala: entre más crecen menores comisiones pueden cobrar sin hacerse del problema de encontrar oportunidades para invertir los aportes adicionales.

En 2008, Warren Buffet apostó US$1 millón al fundador de un hedge fund, jugándosela a que en diez años los hedge funds no le ganarían al índice del S&P500, que es simplemente el promedio de acciones que representan el 80% del valor de la bolsa de Nueva York. Buffet ganó la apuesta y con él también lo hicieron múltiples inversionistas institucionales que han balanceado su capital hacia fondos pasivos, reordenando el mundo de inversiones.

El problema, indican algunos, es que Blackrock, Vanguard y State Street no buscan que las empresas maximicen sus retornos, pues simplemente persiguen un índice, mientras detentan un gran poder en las votaciones de las juntas de accionistas.

El CEO de Blackrock, Larry Fink, se ha posicionado como gurú del propósito empresarial promoviendo capitalismo de “stakeholders”, convirtiéndose en referente de las tendencias ESG (medioambientales, sociales y de gobierno, por sus siglas en inglés). Y la creciente influencia de sus cartas anuales a gerentes generales ha marcado el debate global sobre el rol empresarial, envalentonando las voces que demandan de las empresas mayores compromisos y generando de paso detractores en ciertos círculos.

Hace un par de semanas, Tim Buckley, CEO de Vanguard, rechazó los llamados de activistas para detener nuevas inversiones en compañías asociadas al petróleo y el gas. Buckley dijo estar determinado en proteger a sus 30 millones de clientes y US$8 billones de activos del riesgo climático, pero ello no implicaría terminar nuevos compromisos con la industria de combustibles fósiles. “Vanguard no busca dirigir la estrategia de las compañías. Nosotros establecemos discusiones con las empresas sobre el cambio climático, les preguntamos sus objetivos y que reporten cómo están mitigando los riesgos. Con esa transparencia nos aseguramos que los riesgos climáticos sean integrados correctamente en los precios de mercado”, agregó el CEO en una entrevista con el Financial Times. “Nuestro deber es maximizar el retorno de largo plazo para nuestros clientes. El cambio climático es un riesgo material, pero no es el único factor en nuestra decisión de inversión. Ya estamos viviendo una crisis de pensiones, la que no debemos agravar por nuestra preocupaciones climáticas”, agregó sin resquemor a las controversias.

Estas tensiones sobre los fondos “pasivos” se enmarcan en la asignación de capitales de los grandes inversionistas institucionales (i.e fondos de pensiones), quienes también contribuyen a otros fondos, por ejemplo a agresivos activistas o private equities, quienes logran sus retornos promoviendo cambios en empresas que han decepcionado al mercado. El temido inversionista Nelson Peltz acaba de conseguir sillas en el directorio de Unilever tras elocuentes críticas a sus gerentes por fracasar consistentemente en sus resultados financieros mientras alardean de compromisos ESG. Aguerridos fondos de private equity como KKR o Blackstone también han alcanzado récords de crecimiento haciéndose de grandes compañías, recientemente Telecom Italia o la gigante Toshiba, las cuales llevan años de decepciones financieras.

En esta dinámica reside una de las virtudes principales de un mercado de capitales libre y abierto. En lugar de definir a priori a los ganadores, permite que emerjan de la variedad de opciones en la competencia entre alternativas.

* El autor es Ingeniero Civil UC y MBA/MPA de la Universidad de Harvard

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