Columna de Sergio Muñoz Riveros: Liderazgo precario, rumbo incierto



Por Sergio Muñoz Riveros, analista político

El acelerado incremento de la desaprobación a Gabriel Boric no se explica solo por su inexperiencia o impericia. En el origen de los errores y pasos en falso está sobre todo la visión distorsionada de la realidad con la que él y su equipo llegaron a La Moneda, tributaria de la línea de agitación rupturista impulsada por el FA y el PC contra el gobierno anterior. Una de las primeras decisiones fue levantar el estado de emergencia en la Macrozona Sur, determinada en gran medida por la negación “ideológica” de la amenaza terrorista, así como por la insistencia en demostrar que allí existe un conflicto entre el Estado chileno y el pueblo mapuche. De un mal diagnóstico no pueden esperarse buenos remedios. Lo mismo ocurrió con la decisión de poner urgencia al proyecto de amnistía de los llamados presos de la revuelta. En ambas decisiones, influyó probablemente el deseo de no enemistarse con los guerreros de La Araucanía y de Santiago. No le sirvió de nada.

El gobierno se define a sí mismo como transformador, pero ello no se traduce en un plan coherente. En Buenos Aires, Boric dijo que su gobierno quería acabar con el neoliberalismo, lo que, a estas alturas, solo se entiende cómo la forma en que la izquierda designa el empeño por reducir el espacio de la empresa privada y alentar el estatismo como supuesta llave de la igualdad. Es el intento de probar que Chile progresó “de la manera equivocada”, lo que ahora se corregirá.

Luego de la derrota del proyecto impuesto por el PC sobre el retiro de fondos previsionales, ¿se embarcará el ministro de Hacienda en una reforma tributaria en circunstancias tan poco propicias como las creadas por la inflación creciente y las expectativas de mínimo crecimiento para este año, y además en medio de la incertidumbre aportada por la Convención sobre el derecho de propiedad y las garantías para la inversión?

Las dos trenzas de partidos que apoyan a Boric no irradian gobernabilidad precisamente. Las pugnas en La Moneda ya son vox populi. Se ha configurado un cuadro que hace temer por la estabilidad y la gobernabilidad. En tales condiciones, no se puede eludir un asunto incómodo: la estatura de Boric como gobernante. Es imposible entender lo que pasa al margen de sus capacidades y su temperamento. Da la impresión de que no tiene claro hacia dónde ir, o de que no se atreve a elegir un curso de acción que pudiera quebrar el frágil bloque que lo sustenta.

Si quiere detener el desgaste y salvar su gobierno, tiene que optar por el realismo. Nada es más importante que evitar que el país se encamine a una crisis. Eso lo obliga a priorizar los acuerdos amplios para atender las necesidades más urgentes: freno a la inflación, combate a la delincuencia, orden público, avance en materia de pensiones, aliento a la inversión, etc. ¿Y respecto de la Convención? Lo más elemental: no necesita hundirse con ella.

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