¿Cómo navegar?



Por Yanira Zúñiga, académica Instituto de Derecho Público, Universidad Austral de Chile

Como toda fotografía en movimiento, el riesgo de que la lente con la que intentamos capturar las elecciones recién pasadas se desenfoque y nos ofrezca una imagen borrosa es alto. Aun así, me quiero arriesgar a reflexionar mientras observo. Confío en que quien lea esto sabrá disculpar mi osadía.

Hay quien supone que la transformación y el conservadurismo no pueden coexistir y que un destello de la primera significa la derrota del segundo y viceversa. No es mi caso. Hace décadas Foucault sugirió que, dado que el poder social no se concentra en el Estado -es una red que circula-, cobija variadas luchas que se libran en distintos frentes y con diversas estrategias. Esas luchas cuestionan las formas de autoridad y las relaciones que se dan en diferentes espacios. Se presentan como fuerzas en pugna, como un encadenamiento de acciones y reacciones.

Creo que éstas y las elecciones previas arrojan mucho de eso. En Chile, como en otros países, no solo está en cuestión la autoridad de los partidos políticos, sino también del saber científico. Por algo discutimos sobre la existencia del cambio climático o sobre la utilidad de las vacunas. El eslogan “más o menos Estado”, un guiño a la clásica disputa sobre el vínculo Estado-Mercado, se ha quedado corto para resumir esas luchas políticas. Cómo debe organizarse la familia o la escuela han capturado también la agenda. Esto no es casual. El eslogan “con mis hijos no te metas” es una reacción conservadora ante el avance del reconocimiento y protección de la autonomía de niños/as.

Aunque algunas estrategias cambian (como el uso de redes sociales), otras se reciclan. También las doctrinas. Por ejemplo, en el vocabulario de simpatizantes del Partido Republicano la bandera o el himno parecieran condensar parte del alma nacional (algo así como un “horrocrux”). Este patriotismo no niega la existencia de identidades (entidades prepolíticas basadas en la etnia o la tradición cultural), tan solo rechaza su diversidad al interior de cada Estado.

Hay, sin embargo, otras ideas que se le enfrentan. Sin ir más lejos, hay un patriotismo inserto en una larga tradición de republicanismo, democracia y diversidad étnica que no se oponen. Ese patriotismo, cívico o de la Constitución, es plural, descansa en la construcción colectiva, nacional e internacional (a diferencia del patriotismo de Kast o Bolsonaro); repele al individualismo depredador o competitivo, pero reivindica el individualismo basado en la autonomía, fuente de la creatividad, la crítica y la autodeterminación. Este patriotismo, que subyace en los estados de bienestar de Europa, promueve un colectivismo basado en la libertad, la igualdad y el bienestar social.

Sin duda, en este mar electoral, de ofertas, caras e ideas, nuevas y no tanto, es difícil navegar. Pero, un faro en el que se puede confiar en estos casos es el de la densidad democrática. Ojalá lo sigamos.

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