Conflicto y oportunidad



Por Isabel Serra, académica Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño UDP

Es un consenso generalizado que el concurso Alameda Providencia impulsado por el anterior gobierno fue un avance en materia de planificación intercomunal, diseño urbano, paisaje y movilidad. Este se concibió como un proyecto que incluyó un modelo de gobernanza y gestión que innovó en variados ámbitos.

Esta iniciativa tuvo su origen desde un requerimiento de transporte. En ese entonces, los presupuestos de rediseño vial del sector de Pajaritos ya estaban aprobados, y a partir de esta ventana y del ímpetu de las autoridades de la época, se incorporó la necesidad de plantear una visión más amplia y compleja, invirtiendo fuertemente en transporte público de superficie, movilidad sustentable, resguardando el patrimonio construido y vegetal, potenciando la caminabilidad.

La Intendencia decide llamar a concurso; el proceso no sin dificultades fue exitoso, concursaron oficinas nacionales e internacionales, de muy alto nivel, adjudicándose el primer premio a Lyon Bosch Arquitectos y equipo. Por primera vez, desde que O’Higgins dibujó en un papel roñoso su visión sobre la Alameda de las Delicias, es que por fin teníamos una visión de ciudad de carácter metropolitano.

Por mezquindades políticas, se desestimó la iniciativa, quedando a la espera para su implementación. Hoy, se vuelve sobre la misma. Pero, lamentablemente, pasado el tiempo y observado los cambios profundos y abruptos vividos, podemos establecer que el proyecto anteriormente adjudicado ya no responde a las urgencias y exigencias actuales.

Primero, en el contexto de la crisis climática, las altas temperaturas, los incendios e inundaciones, nos deberíamos replantear rápidamente un plan de descarbonización de la red de transporte y potenciar la movilidad activa, desde una mirada integrada del espacio público y vial. ¿Podría ser la Alameda Providencia nuestro primer eje de movilidad carbono 0 en nuestro país? (no solo desde el punto de vista de la matriz energética, sino que desde la captación de CO2 de la masa arbórea y otras innovaciones en el espacio público).

En segundo lugar, tenemos varios conflictos socioespaciales a lo largo del eje, con foco en plaza Baquedano, en variadas dimensiones, escalas y distritos administrativos, que sobrepasan a la actual institucionalidad política y técnica en materia de mecanismos de planificación, diseño e implementación de un proyecto urbano.

Entonces, es necesario explicitar desde el urbanismo crítico que las antiguas herramientas ya no sirven, que en este contexto de incertidumbre socio política, de cambios tecnológicos y de estilos de vida, debemos re-pensar en cómo construimos conocimiento urbano, cómo incorporaremos otros saberes o cosmovisiones, cómo identificamos estas nuevas necesidades y cómo traducimos y priorizamos estos nuevos requerimientos socioespaciales, incluyendo las diversas perspectivas e interseccionalidades.

Nuestro país está viviendo un momento histórico, está elaborando una nueva Constitución, procedimiento no exento de conflictos y controversias, pero así mismo lleno de oportunidades para plasmar en el lugar de disputa, la hoy también denominada Plaza Dignidad, un espacio re-significado, un espacio ciudadano por antonomasia, que equilibra simbólica y geográficamente el poder político representado por La Moneda y el poder económico simbolizado por el mall.

No importa el resultado final de un diseño urbano que tal vez rápidamente quedará obsoleto; ahora lo principal es el proceso de transformación de este centro, de esta plaza en el símbolo del encuentro de la diversidad, la inclusión, la solidaridad y del consenso de nuevas formas de planificar, de con-vivir y donde podemos empezar espacializando las palabras de la presidenta de la convención:

“El amor es la base para poder entendernos, comprendernos, escucharnos (…) con el amor es posible vencer el odio, generar esperanza y armar futuro (...) Somos seres humanos, tenemos los mismos derechos. Con el amor vamos a aceptar que seamos diferentes, porque no somos iguales. Hay identidades diferentes en todas las casas”.

Finalmente, hay que recordar que la planificación no es solo la expresión técnico-racional de un orden patriarcal y jerárquico de actividades económicas, sino que es la construcción de los deseos, esperanzas y futuros de pueblos y de comunidades que han decidido escribir un nuevo pacto de convivencia y nuevas visiones de cómo vivir juntos y juntas la vida buena en nuestras casas, barrios, ciudades y territorios.

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