Daniel Matamala

Daniel Matamala

Periodista, conductor de CNN Chile

Opinión

El club


Hace algunos años, el economista Rodrigo Wagner buscaba trabajo en Chile, al volver con un PhD de Harvard bajo el brazo. Primera pregunta del head hunter: “¿A qué colegio fuiste?”. Segunda: “¿Qué hacen tus papás?”. Tercera: “¿Qué hacen tus hermanos?”. “Y para rematar me piden que comente el número de hijos que tengo, todo con un tono que insinuaba si posiblemente pertenecía a alguna subtendencia religiosa”, recordaba Wagner. “Y no fue una excepción; amigos que volvieron del MIT han recibido preguntas similares”.

Recordé ese relato leyendo a uno de los fundadores de Cornershop, Daniel Undurraga. “Es un mercado monopólico y está todo coludido”, dijo el año pasado. Este viernes, en La Segunda, explicó que “todos se conocen, veranean en el mismo balneario y la colusión, sea explícita o implícita, se da de una manera mucho más natural que en otros lados. Eso hace que la gente sea más complaciente y tienda menos a innovar. Debería haber cadena perpetua y sin beneficios para la colusión, porque no hay otra manera de que eso pare de una vez por todas”.

Coincide el diagnóstico de otro emprendedor, el estadounidense radicado en Chile Nathan Lustig: “Las industrias están altamente concentradas en unos pocos cientos de familias muy ricas, que fueron a los mismos colegios y a las mismas universidades. Todos en la élite están a uno o dos grados de separación. Competir duro contra un amigo de la familia, el amigo de un amigo, un miembro de tu iglesia o de tu club de golf, es mal mirado, y la mayoría no lo hace”.

Huelga decir que Wagner, Undurraga y Lustig no son emisarios de Pionyang o La Habana en campaña para instalar el marxismo en Chile. Son partidarios del libre mercado que quieren desatar los efectos virtuosos de la competencia: riqueza, innovación y movilidad social.

Por eso apuntan a un obstáculo que traba esa competencia: la homogeneidad de la élite económica.
Muchos se resisten a ver el problema. Citando un gráfico de la OCDE, José Piñera celebra “el maravilloso legado de nuestra Revolución Liberal (…) Chile es el país con el ‘ascensor social’ más potente de la OCDE y quizá del mundo”. Para Luis Larraín, el mismo gráfico “desmiente el cuento que nos cuentan desde la izquierda y buena parte del periodismo en Chile. Las oportunidades de surgir en nuestro país son mucho mayores que en gran parte de los países que nos ponen como modelos”.

¿Qué dice en verdad el famoso gráfico? Que en Chile, el 23% de los hijos de familias en el cuarto más pobre están ahora en el primer cuarto de ingresos, la cifra más alta comparada con otros 15 países.
O sea, que 1 de cada 4 niños de menos recursos llega a ganar más de $600.000 mensuales, aproximadamente (y que, por lo tanto, los otros tres ganarán menos que eso).

Es una buena noticia, y un gran avance para alguien criado en la pobreza, pero no tiene nada que ver con la diversidad de la élite, un club al que evidentemente no se entra con 600 mil pesos al mes.
Ese club sigue cerrado. El profesor de Chicago Seth Zimmerman demostró que más de la mitad de los altos puestos directivos en Chile (53%) están en manos de egresados de nueve colegios particulares de Santiago: el 0,5% de los estudiantes chilenos.

Ellos son el 19% de los admitidos en las carreras universitarias más selectivas. Pero claro, después tenemos a los head hunters preguntando por el colegio.

“Tal vez Chile quede estancado por la naturaleza oligárquica de su sociedad”, advirtió hace poco el influyente académico James Robinson. Es que hay una relación entre homogeneidad de las élites y estancamiento económico. Ya en 1935, Pareto advertía la necesidad de una “circulación de las élites” vía meritocracia. Hoy, Brezis y Temin advierten que “una fuerte interconexión entre élites hace que todos los sectores de la economía estén regidos por un grupo que piensa de un modo monolítico”. Y eso es una desventaja crucial en tiempos de transformación.

¿Dónde está el talento que liderará a Chile en los radicales cambios que vienen? ¿Lo seguiremos buscando en un micromundo de familias interconectadas? ¿O abriremos las puertas al mérito del otro 99,5% de Chile?

Citando de nuevo a Undurraga: «los tres ingenieros más importantes de Cornershop son de Curicó, Río Bueno y La Calera».

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No es solo una cuestión de justicia. Es una necesidad de eficiencia e incluso, de sobrevivencia.

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