La democracia y la margarita



Por Gabriel Zaliasnik, profesor de Derecho Penal, Facultad de Derecho Universidad de Chile

La pasada semana, a medida que las autoridades de salud anunciaban un importante incremento en el número de contagios y fallecidos que obligaba a decretar la cuarentena completa de la Región Metropolitana, surgieron como un coro ominosas voces criticando el manejo de la pandemia y poniendo en duda las cifras y estadísticas oficiales. Incluso en un deliberado exceso retórico destinado a socavar el trabajo de las autoridades, la inexperta doctora pero hábil política que preside el Colegio Médico se encargó de decir que “a mí no me sirve que el Ministro de Salud cambie el tono, yo necesito (…) que haya un cambio en la forma de gobernar esta pandemia”.

Esa frase en desenfadada primera persona reveló lo que se esconde detrás de la acción de diversos grupos y personajes que desde octubre del año pasado intentan debilitar nuestra democracia. Hay un intento por sembrar la desconfianza y la crítica para erigir obstáculos en lugar de alimentar el pensamiento y el genuino debate público. Valiéndose de la contingencia y de la cada vez más incestuosa relación entre algunos periodistas, académicos y verdaderos profesionales de la crítica en redes sociales, hay quienes atisban que en esta “microfísica del poder”, como denominó Foucalt a la diseminación del mismo en las sociedades democráticas, es posible de facto gobernar y no respetar la decisión ciudadana en las urnas. Ello explica por ejemplo el constante esfuerzo por ralentizar o incluso bloquear los proyectos de ley que buscan otorgar beneficios o implementar medidas urgentes en ayuda de los más necesitados. Quienes acusan mezquindad política se quedan cortos. Lo que hay es el genuino propósito de impedir la gobernanza del país por quien fue electo para ello.

Lo anterior me hizo recordar un antiguo anuncio televisivo del entonces candidato a la Presidencia de los EE.UU. Lyndon B. Johnson, en el cual una niña aparecía contando uno a uno los pétalos de una margarita, pero, cuando llegaba a diez, aparecía una áspera voz en off masculina contando en sentido inverso de diez a cero, como en el lanzamiento de un cohete. Al llegar a cero, la pantalla se iluminaba con una explosión nuclear y el candidato decía “esto es lo que está en juego. Construir un mundo donde todos los niños puedan vivir, o dirigirse hacia la oscuridad”.

A medida que la crisis se prolonga y los efectos se hacen más duros, aparecen aquellos que con entusiasmo ven en la oscuridad que acecha a nuestro país una oportunidad política. Son voces que con escaso pudor parecen profundamente querer un gran tropiezo por parte del Ministerio de Salud y su estrategia para enfrentar la pandemia. Creen que el aumento en el número de contagios y muertos, así como el incremento de la pobreza y cesantía, puede pavimentar su camino político, aun a expensas de no tener un país donde los niños puedan vivir.

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