Los guardianes de la democracia

Sala de la Cámara de Diputados aprueba en general segundo retiro del 10% con más votos que el primer proyecto



Por Pedro Fierro, director de Estudios de Fundación P!ensa y académico UAI

La irrupción de Pamela Jiles en la carrera presidencial no ha dejado indiferente a nadie. El discurso simplón y el maniqueísmo de sus recientes intervenciones despertó gran preocupación en amplios sectores. Y el tema no es para menos. Al mismo tiempo en que muchos chilenos celebraban la llegada de la mesura y la institucionalidad a la Casa Blanca, se comenzaba a instalar en el país una retórica que -a punta de nietitos y abuelas- tensionaría a cualquier democracia liberal.

Y las eventuales explicaciones tampoco son menos serias. La tentación de muchos -me incluyo- ha sido volcarnos a las causas sociales que explican el fenómeno. Comprender los elementos que validan estas retóricas. Identificar la segregación, la sensación de abandono y las frustraciones de las inequidades que viven miles de compatriotas. Todo aquello que nos invita a concluir que los populistas quizás tengan un punto.

Pero las democracias no se construyen (solo) en base a reflexiones intelectuales o intereses académicos. Por lo mismo, quizás tendremos cierta consciencia respecto a que la irrupción de Pamela Jiles no se explica únicamente por el malestar y la desafección, sino que también por la obsecuencia de aquellos que naturalmente están llamados a enfrentar estos procesos: la izquierda y la derecha democrática.

Porque el problema no se agota en la aparición de Jiles en las encuestas, ni tampoco en la demagogia presente en la discusión de su insigne segundo (y ya sabemos que tercer) retiro del 10%. Son muchas otras cosas que paulatinamente han ido degradando la discusión política, permitiendo que estos discursos se instalen y convoquen. Desde la ola y amenazas infundadas de acusaciones constitucionales, hasta el intento de Camila Vallejo de desconocer las reglas básicas de un acuerdo político que nos permitió embarcarnos en el proceso más relevante de nuestra historia reciente. Todo ha sucedido a vista y paciencia de quienes debiesen defender la institucionalidad, la decencia y la (todavía vigente) Constitución. Porque somos expertos a la hora de proteger a la democracia del norte y exigir que un candidato reconozca su derrota, pero no tenemos mayor empacho en permitir que un aspirante criollo exija públicamente la renuncia de nuestro Presidente democráticamente electo.

Los partidos tradicionales se han degradado. O, mejor dicho, se han “autodegradado”.

Hace pocos días, un emblemático precandidato constituyente -ciertamente independiente- declaraba estar analizando la opción “más digna” para llegar a la convención. ¿Podemos, acaso, criticar su genuina preocupación cuando los presidentes de los mismos conglomerados han buscado incansablemente desmarcarse de las organizaciones que representan?

Como dirían Levitsky y Ziblatt en su ya célebre libro, los partidos políticos son los guardianes de la democracia. Trascendental mantra que debiésemos internalizar. Podemos seguir en la lógica de comprender y enfrentar los desafíos sociales que han surgido en estos últimos 30 años, pero, en política, eso no se puede traducir en obsecuencia. Menos cuando decidimos embarcarnos en un proceso que nos va a invitar a reconfigurar nuestro país.

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