Puntos suspensivos



Por Guillermo Larraín, académico de la Universidad de Chile

El gobierno ha anunciado una Ley Corta de Pensiones que aumentará la pensión básica solidaria a $177 mil, a la vez que ampliará el Pilar Solidario desde el 60% al 80% más vulnerable. En las condiciones actuales, nadie puede estar en contra de un incremento en el pilar solidario, pero hay que decirlo: es una estrategia decepcionante.

Primero, porque a pesar de que Chile es uno de los países que más información tiene respecto de las variables clave de su sistema previsional, información necesaria para hacer una reforma rica en contenidos, se propone la más simple de todas: aumentar el gasto público. También es la más frágil porque, como lo mostró la reforma de 2008, los incrementos prometidos al pilar solidario pueden no sostenerse en el tiempo. Salvan la situación del momento, pero no hay garantía que se mantengan.

Segundo, porque tras esa simpleza no hay una búsqueda iluminada por una relectura del principio de subsidiariedad, según la cual se deben preferir las soluciones simples a las complejas, o una búsqueda estética -como sugería aquel famoso libro de Schumacher de los años 80 “Lo pequeño es hermoso”-, sino que el gobierno demuestra que no tiene y nunca tuvo claridad respecto de qué hacer con las pensiones.

Esto proviene de algo que usualmente la derecha se lo atribuye a la centroizquierda: su ideología. En efecto, cuando muchos hemos sostenido que en el sistema previsional se requiere un rol del Estado más importante y que el ahorro individual no podía resolver el problema de pensiones en su integralidad, usualmente nos han acusado de ser “ideológicos”, a pesar de que muchos hemos sostenido que es necesario que exista un pilar de ahorro individual.

Lo que muestra esta reforma es la inflexibilidad ideológica de la derecha, que queda caricaturizada al máximo por aquellos que plantean que es preferible sacar el 100% de los ahorros (y terminar de matar este sistema previsional) o que el gobierno (y su candidato) deben “morir con las botas puestas”, defender sus ideas aunque sean impopulares (como si el ahorro individual fuera una bandera por la cual hay que dar la vida). Hay actos heroicos que son inútiles: este es uno.

El gobierno habría puesto en grandes aprietos a la oposición retomando la propuesta de Bachelet, que mantenía el 10% de capitalización individual y aumentaba gradualmente la cotización de cargo del empleador para financiar un nuevo pilar de ahorro colectivo. El proyecto estaba presentado y habría sido difícil oponerse a ello.

Si no lo han hecho es en parte para no reconocer directamente que erraron su estrategia en pensiones. Por supuesto, con esta reforma corta lo reconocen indirectamente. Es un proyecto que no conduce el problema hacia una solución, sino que la pone en puntos suspensivos. Alguien en el futuro decidirá algo en algún minuto. Tal incertidumbre es responsabilidad del gobierno.

Muchos hemos planteado por años la aspiración de enriquecer nuestro sistema previsional agregando lógicas distintas y complementarias del ahorro individual. Estas son necesarias para proveer al sistema de más flexibilidad para enfrentar problemas tan complejos como la mayor longevidad, los grandes shocks al empleo, la informalidad o el cambio tecnológico. Todos estos factores hoy quedan como amenazas reales o latentes que el sistema previsional no tiene cómo enfrentar adecuadamente.

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