Muchas veces nuestros clientes nos piden que los ayudemos a tomar difíciles decisiones. En estricto rigor, los coach no debemos aconsejar ni recomendar, pero si queremos ayudar podemos crear las condiciones para que nuestros coachees puedan pensar... antes de actuar…

Por eso, lo primero que les pido a mis clientes frente a decisiones complejas, es que sientan la libertad de un día inclinarse por la opción A, otro por B, otro por A… y así… sucesivamente… hasta que se vayan sintiendo más seguros.

Otro camino que tenemos los coach frente a la toma de decisiones de nuestros clientes es motivarlos a generar más alternativas, pues a veces se debaten frenéticamente entre dos. Aumentar las opciones descomprime la bóveda craneal y ayuda a mirar las cosas desde una nueva perspectiva.

Con esta breve introducción en mente, retornemos a las oficinas de Fantasía S.A., esa consultora financiera donde ya llevo un par de meses haciéndole coaching a dos ejecutivos: Hans el colono y Sergio el Ruso.

Ambos, a mitad de camino, se debaten en una encrucijada.

Hans no sabe si separarse o aguantar a su señora y Sergio no sabe si mandar todo a la punta del cerro o resistir la tormenta, el chaparrón y el tsunami que ha vivido en términos laborales y matrimoniales, después de un triste espectáculo que dio en un evento al que gran parte de la plana mayor de Fantasía asistió.

Hans ya no sabe qué hacer con su señora, pues pese a la terapia de pareja, la terapia personal y las pastillas del psiquiatra, Claudia oscila entre el carrete y la cama. La única razón que supuestamente detiene a este colono son sus hijos, pero desde que nació el tercero las cosas sólo han empeorado.

Sergio, por su lado, está agotado de estar constantemente en capilla. Desde que los socios de Fantasía S.A. lo vieron vomitar, pelear y chocar en un matrimonio, el Ruso siente que camina con la cruz en su propio vía crucis. Pese a que aceptó los tratamientos y las condiciones que le pusieron su señora y la oficina, cualquier error o tropiezo da rienda suelta a las más lapidarias sentencias.

Y María Cristina, una de las socias de Fantasía S.A., está encima de ambos procesos. Ella tiene su película muy clara: quiere que Hans se separe y se ordene y que Sergio renuncie y se vaya. Y no solo lo tiene claro, sino que espera que mi trabajo sirva… para que ambos… tomen la decisión correcta.

Frente a esta presión, recurro a los sabios consejos de Steve Andreas, un afamado coach y programador neurolingüístico que decía que saber lo que uno quiere es importante, pero "aún más importante es estar seguro de que uno quiere algo que valga la pena tener, de modo que cuando lo obtenga quede satisfecho".

Dicho lo anterior… ¿Querrá Hans realmente separarse? Y si se separa… ¿quedará satisfecho? Francamente no lo sé, pero tampoco me compro tan fácilmente esa frase de que la única razón por la que no disuelve su matrimonio es por sus hijos.

Ese es mi mapa, pero Steve Andreas me recuerda que a veces escogemos metas que están casi garantizadas para no ocurrir. Insisto… ¿se podrá separar alguien que acaba de ser padre por tercera vez con una mujer que siempre ha sido igual?

No lo sé, los seres humanos siempre nos pueden sorprender, pero Steve me hace ver que aunque lograr estas metas sea posible, muchas veces el esfuerzo y el sacrificio requeridos pueden convertirlas en algo que no valga la pena.

¿Valdrá la pena que Sergio, después del tremendo esfuerzo que ha hecho por rehabilitarse, mande  todo a la punta del cerro para empezar de la nada en otro lugar?

Peor aún es leer lo que dice Andreas en el libro el Corazón de la Mente, pues aquí afirma que "muchas personas descubren que, a pesar de alcanzar estos tipos de metas, siguen insatisfechas", pues "la meta que perseguían no era lo que realmente deseaban".

En definitiva… ¿querrá separarse Hans? ¿Querrá Sergio mandarse a cambiar? Es más… ¿Son estas verdaderas metas? ¿Objetivos?

No… sinceramente no lo son… pues nadie genuinamente quiere separarse o perder su trabajo… y es por ello que el trabajo del coach es ayudar a sus clientes a que entiendan que hay detrás de estas declaraciones… o… dicho de otra manera… qué es lo que realmente desean…

Así, después de preguntarle a Hans qué es lo que estaba buscando al separarse, me dijo… paz… "quiero paz Sebastián, quiero poder descansar y no estar siempre asustado. Vivo con miedo de que a mi señora o a mis hijos les pase algo malo por alguna acción u omisión de su parte. Esto muchas veces no me deja trabajar tranquilo y si hay algo que verdaderamente me da satisfacción hoy en día son mis hijos y mi trabajo. Quiero enfocarme en la oficina y tener un fin de semana normal, poder levantarme, abrir las cortinas y que los niños suban a la cama, y no tener que salir a oscuras, en silencio, y llevarme a mis hijos a la plaza para que no vean en las condiciones que está su madre".

Sergio, sorprendentemente, quería lo mismo. Quería paz. Quería trabajar tranquilo, enforcarse en lo que le gusta. "En estas semanas me he dado cuenta que pese a todo, me encanta mi trabajo. Me encanta jugar con los números, contarles a mis clientes cómo van sus inversiones, darles buenas noticias, prevenirlos de las malas y ganar plata. Me fascina cerrar contratos y traer plata a la oficina y a mis bolsillos. Me hace feliz que Miguel Ángel y los socios reconozcan mis esfuerzos. Y amo a mi señora y lo único que quiero es que vuelva a confiar en mí, que de verdad crea que puedo cambiar y ser esa persona que le prometí iba a ser cuando nos casamos. Estoy en deudo con ella, lo sé, pero quiero ponerme al día".

Estas conclusiones, a las que llegamos pasados la mitad del proceso, dejaron tranquilos a mis coachees y molesta a María Cristina. Por suerte, Miguel Ángel, el gerente general, puso paños fríos y dijo que había que esperar cómo terminaba todo, pues lo que él estaba viendo día a día en la oficina, era a dos ejecutivos que estaban mucho más enfocados en la productividad y en el cuidado de sus relaciones.

Silencio.

María Cristina se levantó con una forzada sonrisa y asumo que con ella quiso despedirse. Miguel Ángel, con una sonrisa más triste, me acompañó en silencio hasta la puerta del ascensor y se despidió con un fuerte apretón de manos.

Una vez cerrada la puerta, respiré y me sentí tranquilo y golpeado, pues a esa altura del partido ya sabía que era imposible dejar contentas a todas las partes. Sin saber cómo iba a terminar mi trabajo en Fantasía S.A., tuve la claridad en ese trayecto vertical, de que mi foco tenía que ser acompañar a mis clientes en estas difíciles tomas de decisiones.

Al abrirse las puertas y llegar a la calle, sentí un profundo alivio, pues en esta oportunidad, no era yo el que tenía que decidir. Mi rol era acompañar y por dura que fuera la espera, sabía ya, por experiencia, que todos los seres humanos contamos con los recursos necesarios para alcanzar nuestros objetivos.