La señal y el ruido

La Moneda se decidirá en el centro, pero no en el viejo centro de la DC, sino en el centro de un sentido común social que lleva casi dos años clamando por transformaciones profundas de nuestro modelo económico, político y social, hechas en paz y unidad.




En su libro La señal y el ruido, el estadístico Nate Silver analiza cómo rescatar las señales, aquellas que nos indican el curso de los acontecimientos, y separarlas del ruido, esa montaña de información confusa y aleatoria de la que se nutren los frenéticos ciclos noticiosos de los medios y las redes sociales.

Ese ruido hoy está en todos los análisis de las primarias presidenciales. Es lógico que sea así. Esta fue una campaña repleta de historias sorprendentes y giros, al menos en apariencia, radicales. Hace 72 días, la de Gabriel Boric parecía una candidatura testimonial que ni siquiera podía reunir las firmas para inscribirse. Entonces llegó la célebre cancioncita de la diputada Pamela Jiles (“no lograron juntar las firmas porque el pueblo no los quiere, los nietitos los detestan, váyanse para la casa”), que desató una avalancha en su favor. Luego, el triunfo del Frente Amplio en la elección de constituyentes y alcaldes de mayo, el contraproducente veto de Daniel Jadue al Partido Socialista en la primaria de izquierda, los errores no forzados del candidato comunista y finalmente el triunfo avasallador de Boric.

En la derecha, también la narrativa es la de un joven desafiante (Sebastián Sichel) quien, tras venir de atrás toda la carrera, tomó impulso en el sprint final, para derrotar a Joaquín Lavín, el viejo crack que corría como favorito. Un relato supuestamente confirmado por encuestas que se han equivocado en todos los comicios recientes, y que muestran un vuelco de la opinión pública en la última semana de campaña (el detalle, claro, es que son publicadas después de la elección, sin ninguna verificación independiente de sus resultados).

A falta de estudios de opinión pública confiables, en todo esto hay más ruido que señales. No podemos basar el análisis en encuestas electorales que no son más creíbles que el horóscopo y se han mostrado menos predictivas que los pronósticos del Pulpo Paul. Sí, parece razonable pensar que la franja, los debates y el tono de la campaña favorecieron a Boric por sobre Jadue, y a Sichel por sobre Lavín, pero no sabemos con certeza si esos factores dieron vuelta la elección, consolidaron tendencias que venían de antes, o no tuvieron efecto alguno. Todo ese ruido tiene más de tincada que de ciencia.

¿Cuál es la señal, entonces? Esa sí es nítida.

Desde el estallido, en Chile hemos tenido una señal constante, clara e inequívoca de la temperatura social. Esa señal irrumpió en la marcha más grande de la historia, el 25 de octubre de 2019. Continuó en el plebiscito constitucional del 25 de octubre de 2020. Persistió en la megaelección del 15 y 16 de mayo de 2021 y su segunda vuelta del 13 de junio. Y se ratificó en las primarias presidenciales del 18 de julio de 2021.

Muchas cosas han pasado en el intertanto: la masividad, la esperanza y la violencia del estallido. El acuerdo constitucional. La irrupción de la pandemia, la distancia social y las cuarentenas. La peor crisis económica y de empleo en 35 años. Los retiros de las AFP. El proceso constituyente.

Sin embargo, la señal sigue siendo la misma. La misma de la que hemos hablado majaderamente en este espacio. Mientras la élite está perdida en su propia polarización y en el miedo a un pueblo indócil, los chilenos no están polarizados en lo absoluto: una enorme mayoría demanda transformaciones profundas de nuestra sociedad, hechas en paz y sin violencia. Demanda una renovación de la clase política. Prefiere a los independientes y rechaza a los partidos tradicionales. Celebra los grandes acuerdos para mover transformaciones de fondo y desconfía del sectarismo. Se ve a sí mismo como parte de un pueblo diverso. Mira el futuro con esperanza antes que con miedo o rencor.

Por eso se tomaron las calles en 2019. Por eso eligieron arrasadoramente el Apruebo en 2020. Y por eso están votando, en todas las elecciones de 2021 a favor de los cambios y en contra del inmovilismo, a favor de los que pintan un futuro en colores y en contra de los que se quedan en el blanco y negro.

Los que han intentado bloquear o cuestionar el proceso constituyente han sido castigados. Daniel Jadue paga cara su denuncia del acuerdo del 15 de noviembre, que la mayoría ciudadana respalda. En cambio, Boric está recogiendo los frutos de haberlo firmado, contra su propio partido y contra las funas de los ultrones. La señal es nítida, y ahora Boric tiene 1 millón de votos en su mochila para convencer a los que atornillan al revés en su propio sector.

Los triunfos de Boric y Sichel son incuestionables. Ambos son jóvenes, ambos carecen de máquinas partidarias, y ambos ganaron en las 16 regiones del país, y en comunas de todos los estratos: triunfaron en Las Condes y La Granja, en La Florida y Providencia, en Puente Alto y Maipú.

Tal como ocurre en la Convención Constitucional, el Frente Amplio se ha convertido en el nuevo eje de la política chilena. Sólo Bachelet en 2013 sacó más votos que Boric en una primaria legal. Ahora que está en la pole position para llegar a La Moneda, debe demostrar si tiene el talento suficiente para unificar el caos de las oposiciones en torno a su liderazgo.

La derecha sigue parapetada, condenándose a la irrelevancia con el Rechazo, su pacto con los Republicanos y su fallido “tercio de bloqueo”. Ahora, sus electores le acaban de mostrar el camino de salida: dejar de esconder la cabeza como el avestruz, y abrazar al nuevo Chile. Sebastián Sichel deberá demostrar que es más que una operación de marketing, que no está secuestrado por sus mecenas y financistas, y que realmente puede encarnar la promesa de renovación por la que apostaron sus votantes.

La señal es clara. La Moneda se decidirá en el centro, pero no en el viejo centro de la DC, sino en el centro de un sentido común social que lleva casi dos años clamando por transformaciones profundas de nuestro modelo económico, político y social, hechas en paz y unidad.

Esa es la señal que la élite, ensordecida por su propio ruido de polarización, paralizada por el miedo, creyéndole a sus analistas siempre equivocados, hasta hoy no ha sido capaz de escuchar.

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